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León, Guanajuato. En las instalaciones del Colegio Miraflores, su hogar por cuatro días, Benedicto dejó una serie de objetos que conforman un “tesoro” muy especial. Detrás de una vitrina de dos metros y medio de largo por tres de alto están resguardadas estas “joyas”, que de acuerdo con Sor Rocío se limpian cada mes o mes y medio para su conservación.
Se trata de casullas (vestimenta, una morada y otra blanca), toallas, manteles, platos, cubierto, copas sin lavar, un shampoo traído desde Italia, el cepillo de dientes, la esponja de baño con los colores del Vaticano (amarillo y blanco), e incluso, el último bolillo pequeño que degustó Joseph Ratzinger. “No era muy panero sino se hubiera comido los dos bolillitos y sólo mordió uno y el otro está completo”, agrega la religiosa, al tiempo que señala el alimento intacto sin rastro de moho que está en un pequeño canasto con una servilleta blanca de tela.
“Su shampoo lo trajo desde Roma. No sabíamos cuál utilizaba. Nosotros le habíamos colocado en el baño el de Tío Nacho Manzanilla, pero prefirió el suyo (Pantene). En su cuarto pusimos un dulcero con chocolates y caramelos, sólo se comió todos los chocolates de leche suave”, agrega con gran simpatía la religiosa que orgullosa recorre la habitación donde se quedó el Papa emérito en Guanajuato.
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