Sheinbaum no ha logrado desterrar la percepción (para algunos, certeza) de que López Obrador sigue teniendo poder de veto dentro de Morena. De un lado están los rudos y del otro los “moderados”. Pero la división más interesante no es ideológica, es de lealtades. Unos creen y actúan como si el poder siguiera despachando desde Palenque. Otros han entendido que la Presidenta de México se llama Claudia Sheinbaum y trabaja en Palacio Nacional. En la silla presidencial no caben dos.

El episodio de Rubén Rocha Moya fue revelador. Tras 112 días de licencia regresó a querer gobernar. Sheinbaum se enteró, según ella misma, por su mensaje en redes. Duró alrededor de 34 horas. Gobernación lo llamó decisión personal; Morena se deslindó; Monreal le pidió reconsiderar y 23 gobernadores de la 4T cerraron filas con la Presidenta. Rocha volvió a pedir licencia, ahora indefinida. El Congreso local se la aprobó por unanimidad. Ni sus diputados lo defendieron.

El lunes, en la mañanera, Sheinbaum dio por terminada la era Rocha. La licencia es definitiva, dijo, y el interino se quedará hasta el relevo de 2027. Un día después, tras una sesión suspendida y horas de negociación entre las tribus de Morena, el Congreso designó a Graciela Domínguez Nava, exsecretaria de Educación del propio Rocha que en plena crisis se puso del lado de la Presidenta. Sheinbaum la avaló como “una mujer honesta”. Rocha no regresa. Y quien lo sustituye ya sabe a quién le debe el cargo.

Esto es una prueba clara de que cuando Sheinbaum decide ejercer el poder, sí puede. Falta saber si está dispuesta a hacerlo incluso contra los intereses del obradorismo.

Con 17 gubernaturas en disputa el año próximo, las candidaturas serán una guerra. Gobernadores querrán imponer sucesores, grupos nacionales buscarán ampliar territorios y los distintos clanes de Morena medirán fuerzas. En algún momento cada aspirante tendrá que responder si su lealtad está en Palacio Nacional o en Palenque.

Sheinbaum tiene una enorme ventaja para resolver el dilema. Es Presidenta de México. Controla el Ejecutivo y cuenta con las instituciones que, utilizadas conforme a la ley, pueden investigar los múltiples señalamientos que pesan sobre personajes de su propio movimiento. Ni siquiera necesita fabricar expedientes. Sobran casos que deberían de ser investigados.

El problema es que hacerlo implica romper uno de los vínculos más difíciles para ella, la lealtad a López Obrador y al movimiento que la llevó al poder. Durante casi dos años ha intentado demostrar que puede gobernar sin romper con su antecesor. La pregunta es cuánto tiempo más podrá hacerlo si quienes se sienten protegidos por Palenque sigan desafiando abiertamente a Palacio.

Ella misma ofreció la respuesta este fin de semana. Ante la crisis provocada por Rocha escribió que por encima de cualquier interés personal o de grupo están el pueblo y México. Exactamente. Si realmente lo cree, debería convertir esa frase en método de gobierno. Aplicar la ley también hacia dentro. Permitir que las investigaciones lleguen hasta donde tengan que llegar, sin importar el apellido, la amistad o la lealtad política. Pertenecer a Morena no puede seguir siendo un escudo de impunidad.

La crisis de Sinaloa le presenta a Sheinbaum una buena oportunidad para dejar claro que México tiene una Presidenta, no una regencia compartida. Rocha ya comprobó que desafiarla tiene consecuencias. De aquí a 2027 sabremos quién manda en Morena. Y, sobre todo, desde dónde, Palenque o Palacio Nacional.

Apostilla:

En Washington también han tomado nota sobre la capacidad de Sheinbaum de ejercer el poder, cuando quiere. Eso es muy valioso ante cualquier negociación con Trump, que detesta y por ello aplasta a los que percibe débiles.

@AnaPOrdorica

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