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Lilia Angélica es una mujer de trato suave. Sutil en sus gestos, mueve las manos y el cuerpo como la bailarina que es. Tiene 21 años, los cumplió el 20 de abril. “Fue mi primer cumpleaños en la cárcel, pero también será el último”, confía.

A partir del pasado 1 de enero, día en el que fue trasladada al Cefereso de Tepic, Nayarit, acusada de tráfico de drogas, dejó de tener un nombre propio y comenzó a ser la presa número 19-32.

Fue ingresada a una celda en solitario durante tres meses. La 19-32 sólo recibía un plato de comida por la mañana, tarde y noche, a través de una rejilla, por la cual no podía ver ni comunicarse con a nadie. Perdió la libertad para expresarse, para mirar; si acaso podía escuchar, eso sí. “Pero todo eran gritos hacia mí”.

No podía mirar hacia arriba en lo absoluto: debía permanecer todo el tiempo con la vista puesta en el suelo. Permaneció incomunicada y sin derecho a hablar con nadie que no fueran las guardias. Únicamente recibía órdenes, y a todas debía obedecer con la mirada puesta en el piso, las manos hacia atrás y sólo podía decir dos palabras: “Sí, señor”; aunque sus guardias fueran mujeres.

La 19-32 dejó de mirarse al espejo durante tres meses, y sólo pudo volver a hacerlo cuando fue transferida a otra celda con otras tres mujeres. “Me miré al espejo 90 días después de haber sido aprehendida como la peor de las delincuentes y no me reconocí. Decidí no mirarme más. No me gustó lo que vi”.

Volvió a tomar un espejo hasta que llegó al penal femenil de Santa Martha Acatitla. “Aquí he comenzado a reconstruirme poco a poco a través del baile; mi cuerpo cambió, mi semblante también; pero sé que aún debo trabajar mucho por volver a ser la que algún día fui antes de este terror que he vivido”.

Mientras tanto, Lilia Angélica López Negrete se pregunta: “¿Cuánto tiempo más tengo que esperar para que se haga justicia? El próximo 2 de septiembre será apenas mi primera audiencia. ¿Porqué he tenido que esperar tanto tiempo?”.

Lleva colgada una cadena con la sílaba sagrada OM, también lo lleva tatuado en su antebrazo derecho. Ese símbolo representa una frase de Buda, que ella repite todos los días: “El universo siempre confabula a favor de las mentes positivas”.

Le quitaron el collar en la PGR, su madre lo recuperó y se lo llevó al penal de Santa Martha Acatitla; desde entonces lo porta.

Angie (como la conocen en el penal) aún no entiende lo que le ocurrió. Explica que el 31 de diciembre de 2014 tomó un vuelo que la llevó a Armenia, Colombia. “Ahí revisaron mi equipaje, pasó por rayos X; revisan mis cosas; me sellan mi pasaporte; documento mi maleta; abordo el avión. Llegamos a la escala en Bogotá. Ahí nos informan que debemos bajarnos del avión, transbordar. Ya no veo mi maleta. A las dos horas subo a otro avión rumbo a México”.

Relata que “llegamos al aeropuerto de la ciudad de México. Mi maleta demora mucho en salir de la banda; es la última en salir. Un hombre se acerca y me pide que lo acompañe, dice que mi maleta es sospechosa. Me llevan a un cuarto de revisión; y después de seis horas contra la pared y con las manos esposadas, vuelvo a ver mi maleta, pero esta vez puesta en una mesa y al lado de ella con paquetes que me dicen que son de droga. ‘Ya valiste’, me grita un hombre”.

Después la remitieron a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO) en un separo, incomunicada; luego voló más de ocho horas hacia el penal de Tepic.

Esposada y con los ojos vendados, rodeada de federales encapuchados, “como la peor delincuente, gritos, violencia sicológica. Todo el vuelo recargada con la cabeza puesta en el asiento de enfrente”, describe Lilia Angélica al recordar.

Hoy asegura: “Me parece imposible que haya pasado tantos filtros de seguridad antes de llegar a la ciudad de México y que no me hayan detectado nada. Y que llegando a México argumentaran que tráfico con droga, cuando ni siquiera pasé el famoso semáforo”.

“Han sido ocho meses de terror. Sé que soy inocente y la verdad siempre sale a la luz. Voy a salir de aquí con la cara en alto, con mi nombre limpio. Yo soy una víctima de tráfico de drogas y los protocolos en los aeropuertos y en las aerolíneas tienen que cambiar”, concluye mientras abraza una y otra vez a su padre.

jram

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