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Fue un abrazo esperado. Aunque el origen para nadie entrañable. Y la solución perdida en sus rostros. Esta semana cerraron filas el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su par de Francia, François Hollande. Ambos reafirmaron la alianza y prometieron “combatir al terrorismo del Estado Islámico (EI)” mediante el fortalecimiento de una alianza de 65 naciones que, por el momento, no considera incluir a Rusia, pese al derribo de un avión ruso en Turquía. “Esto ha sido un ataque contra el mundo entero. […] El EI no debe ser tolerado. Tiene que ser destruido”, se le escuchó decir a Obama al ofrecer el respaldo de EU a las represalias que ha emprendido Francia contra objetivos del EI en Siria, tras los trágicos atentados que dejaron 130 personas muertas. “Bashar al-Assad no puede ser el futuro de Siria”, secundó Hollande. Declaraciones de idea y vuelta para el mundo, en busca de una solución, sin aparente control. La imagen de dos hombres con la carga de la incertidumbre a sus espaldas.
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