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Son las 11:00 de la mañana y Edmeé Aguirre de 58 años lleva 15 minutos en los escalones de la puerta del edificio donde vive. Tiene discapacidad motriz y espera a que una persona le ayude a sacar su silla de ruedas para ir al médico. Esa es su primera difucultad al salir a la calle.

Vive sobre Eje 3 a la altura de Centro Médico y para ir a la clínica del Seguro Social ubicada a cuatro calles del Metrobús Obrero Mundial tarda una hora y media, en un recorrido que podría hacerse en 40 minutos.

Ella es una de las 500 mil personas que viven con alguna discapacidad en la ciudad, de acuerdo con datos de Instituto para la Integración al Desarrollo de las Personas con Discapacidad (Indepedi). Iztacalco, Gustavo A Madero y Coyoacán son las delegaciones que concentran poco más de 43% de esta población y en orden de frecuencia, las discapacidades motrices ocupan el primer lugar, seguidas de las visuales.

Cruceros peligrosos, banquetas en mal estado, ausencia de rampas de acceso, falta de transporte y hasta discriminación son algunos de los obstáculos por los que Edmeé pasa cada que quiere salir de casa. Y aunque se considera una persona independiente porque hace sus cosas sola, asegura que la ciudad de México “es una tortura para quienes tienen alguna discapacidad”.

De acuerdo con el arquitecto por la UNAM Julio César Hernández, a la ciudad de México le hace falta mucho para ser totalmente incluyente. “Por ahora es parcial o por lo menos ha habido esfuerzos para hacerlo; sin embargo, para las personas, sin importar el tipo de discapacidad que tengan, no es fácil desplazarse con libertad”, explica.

En la capital las opciones de movilidad para las personas con discapacidad son insuficientes, a pesar de que servicios masivos como Metro y Metrobús han modernizado sus instalaciones para hacerlas más accesibles éstas no responden a las necesidades de las más de medio millón de personas en diferentes condiciones de discapacidad, lo que les dificulta llevar una vida normal.

Tiempos de traslado, tres veces más largos

De acuerdo con la más reciente Encuesta de Origen Destino elaborada en 2007 por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (Inegi), una persona con discapacidad puede tardar hasta más de dos horas en conseguir un medio de transporte, lo cual les impide cumplir con obligaciones académicas, profesionales y personales.

Edmeé lleva cinco años en silla de ruedas y domina por completo su vehículo. Sube y baja escalones, rampas y atraviesa avenidas principales, dice que sus manos y brazos están muy lastimados por el esfuerzo, pero no cuenta con los recursos para pagar transporte particular.

Pasadas las 11:30 horas la mujer de 58 años ingresa al Metrobús. Asegura que este sistema es el más inclusivo y eficaz que existe, ya que tiene hasta un protocolo de aviso al chofer para que mantenga las puertas abiertas por más tiempo cuando una silla de ruedas va a ingresar.

Se acerca al andén, toca un botón azul que da aviso. A la llegada de la unidad la aborda y grita “entra silla”, porque mucha gente se coloca en el área reservada y a veces no se quiere mover. Una vez adentro se coloca los cinturones de seguridad y se aferra del tubo hasta llegar a su destino. Para descender, nuevamente grita “baja silla”, esta vez para darle aviso al chofer.

Sin embargo, es casi medio día, faltan cinco calles y apenas inicia el trayecto más difícil: el que tiene que rodar.

Banquetas intransitables

Sobre avenida Puebla, en la colonia Roma, las banquetas carecen de rampas, hay escalones y bajadas sin razón y salidas de estacionamiento de hasta un metro sobre el nivel del piso, lo que impide por completo el tránsito de la silla de ruedas.

En una acera resquebrajada la silla de Edmeé se atora. Respira, se hace para atrás y de un tirón supera el desnivel de casi cinco centímetros. En el caso de los escalones, dependiendo la altura, puede subir y bajar sola o debe esperar a que alguien la pueda ayudar.

El especialista en temas urbanos Julio César Hernández sostiene que entre las principales dificultades para las personas con discapacidad está la falta de mantenimiento de las calles, pues eso les impide tener control al transitar: “Lo más grave es que se trata de un tema básico, pues con los baches y hoyos seguramente todos hemos sufrido una caída o un golpe; entonces, para las personas con discapacidad, los riesgos aumentan hasta en un cien por ciento”.

Para subir una banqueta de propia mano, Edmeé tiene que hacer palanca con sus pies, luego, con un pequeño salto, sube las llantas delanteras para poder impulsarse. De no calcular correctamente la altura la silla podría voltearse.

“Es una situación inhumana la que vivimos porque no podemos ser autónomos por más que nos esforcemos. Vivo con una tía de edad avanzada que no puede estar conmigo todo el tiempo, yo tengo que hacer mis trámites o simplemente salir para despejarme y no concibo que no pueda hacerlo sola”, lamenta.

Comenta que también hace falta conciencia social, pues aunque hay gente que los apoya cuando no pueden trasladarse, la mayoría les saca la vuelta. “Estamos conscientes de que no se les puede obligar, hay quienes no nos aguantan o tienen alguna imposilidad para ayudarnos; sin embargo, es una realidad que otros nos ignoran. Casi igual que los que se sientan en lugares reservados y prefieren hacerse los dormidos”, acusa Edmeé.

Unas calles antes de llegar al médico, un conjunto de departamentos construyó una rampa para facilitar la salida de los automóviles, pero está a un metro de la banqueta, por lo que cualquier esfuerzo de cruzar tiene que hacerse por el arroyo vehicular exponiéndose a un atropellamiento.

Al llegar a su cita médica, mira el reloj y dice con sobresalto: “Son 12:30, hicimos una hora y media, pero algo que no se puede medir es el agotamiento físico”.

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