Trump y el caso del periodista saudí Khashoggi

Mauricio Meschoulam

“America First!”. Estados Unidos primero. Luego los demás. Y luego, lo demás. Esto define una de las mayores líneas de acción política de Trump y uno de los pilares discursivos que mejor conectan con su base. Es sobre esta concepción que el presidente ha elegido desconocer los hallazgos de la CIA que inculpan de manera directa al príncipe heredero saudí, Mohammed Bin Salman, por el asesinato del periodista Khashoggi en el consulado de Riad en Estambul y privilegiar, en cambio, sus buenas relaciones con Arabia Saudita. Contra esta idea, hoy parece estar brincando toda clase de actores en Estados Unidos, incluidos varios legisladores republicanos que forman parte del grupo que más le apoya. Sin embargo, dejemos de lado a Trump y su “America First” por un momento. En su libro “¿Qué es populismo?” Jan-Werner Müller dice: “El populismo, según Arditi, se asemeja a un invitado borracho en una cena: no respeta los modales en la mesa, es grosero, incluso podría comenzar a coquetear con las esposas de otros invitados. Pero también podría estar escupiendo la verdad sobre una democracia liberal que se ha olvidado de sus ideales fundacionales […]”. Así que hoy vale la pena preguntarnos: ¿Son realmente las consideraciones morales las que mueven la política exterior de una superpotencia? ¿Washington, hasta antes de Trump, basaba sus decisiones en los ideales democrático-liberales? Y entonces, ¿qué es lo que hay detrás del caso Khashoggi y por qué su historia parece tener otro impacto que el de muchas otras historias de periodistas y no periodistas cuyos derechos humanos han sido vulnerados o quienes también han pagado con su vida por expresarse contra gobiernos aliados de EU?

En efecto, el presidente quiso traducir la idea de “America First” en cuanto al caso Khashoggi más o menos de la siguiente forma: nuestro verdadero enemigo no es Arabia Saudita, sino Irán. Por el contrario, los saudíes nos ayudan a combatir al terrorismo y a los intereses de Teherán en la región. No solo eso, los saudíes son aliados económicos que nos brindan inversión, ganancias, y empleos, además de otros resultados palpables. Sobre los bombardeos saudíes en Yemen, pues sí, el mundo es un mundo peligroso. Y en cuanto a Khashoggi, “nunca en realidad sabremos qué pasó”. Así que, ¿por qué golpear una alianza que brinda tantos réditos a Estados Unidos? No. Primero estamos nosotros y los beneficios reales y tangibles que nuestras relaciones internacionales produzcan. Todo lo demás pierde interés y relevancia. Así, en solo unos minutos, el presidente definió la naturaleza transaccional de su visión acerca de los vínculos de Washington con los otros países del mundo.

Sin embargo, como dije, mucho más allá de Trump, es indispensable considerar que la mayoría de los estados y en especial las potencias, toman sus decisiones no a partir de principios morales o a partir del respeto a los derechos humanos. Somos los ciudadanos, las organizaciones, las sociedades civiles, la academia y los medios de comunicación quienes durante décadas hemos empujado medidas para intentar regular, limitar y contener la acción de los estados en esa materia. Es decir, tanto a lo largo de la historia como en la actualidad, podemos observar alianzas políticas muy cercanas, así como transacciones económicas y comerciales de las llamadas democracias liberales con todo tipo de regímenes, varios de los más autoritarios o señalados fuertemente por sus antecedentes de violaciones a derechos humanos.

Considere usted este ejemplo: hace unos meses, mucho antes de que el caso Khashoggi ocupara la agenda, un país como Canadá se atrevió a denunciar abiertamente a Arabia Saudita por su lamentable historial en materia de derechos humanos y por su trato a la disidencia. El reino saudí respondió con todo su peso. De inmediato expulsó al embajador canadiense y canceló contratos comerciales y de inversión con Canadá. Ottawa buscó respaldo en sus aliados occidentales, pero se encontró completamente aislada. No solo Washington, sino otros países como Reino Unido, Francia, Alemania o Italia tienen acuerdos de venta de armamento con Riad que valen millones y que nadie quiso poner en riesgo. ¿Dónde estaban las voces de republicanos como las de Lindsey Graham o Rand Paul quienes hoy se dicen absolutamente consternados por la conducta saudí y por el cobijo que Trump brinda a Bin Salman? ¿Por qué cuando la Casa Blanca respondió que el conflicto entre Canadá y Arabia Saudita no era de su competencia no hubo presión hacia Trump en el Congreso? Es más, vayamos hacia atrás: ¿por qué un presidente completamente distinto a Trump como Obama terminó mirando hacia el otro lado cuando en 2011 el rey de Bahréin reprimió brutalmente a su población durante la Primavera Árabe? ¿Por qué no hubo sanciones contra Bahréin o contra Arabia Saudita, su mayor sostén? ¿No será quizás porque justo en Bahréin, Estados Unidos tiene estacionada a su Quinta Flota, la cual vigila el sitio por donde transita el 20% del petróleo del planeta y porque no es conveniente para nadie la inestabilidad en esa parte del mundo? ¿En qué se diferencia, entonces, el caso Khashoggi?

Una hipótesis, quizás la más evidente, tiene que ver con la visibilidad que el caso adquiere, visibilidad que es potenciada gracias a un inteligente manejo de la comunicación por parte de Turquía quien se ha encargado de ir dosificando las filtraciones de manera que el tema se mantenga con vida en los medios ya durante siete semanas. Esta visibilidad consigue, como lo explica Max Fisher en el New York Times, contar una historia, una que no es la única existente, pero que es muy poderosa, y que se convierte en un drama con un protagonista y un antagonista con sus cómplices, lo que termina volviéndose un relato que es mediáticamente muy atractivo, que conmueve a una opinión pública que apenas ahora demanda castigo y que recién ahora empieza medio a echar un vistazo a lo que ocurre en Yemen con los bombardeos saudíes, con el hambre y las masacres de civiles, o bien, con otras violaciones a derechos humanos como la libertad de prensa y de expresión en el reino saudí. En otras palabras, se puede entender perfectamente el por qué los políticos republicanos hoy con el caso Khashoggi estén saltando como no lo han hecho bajo otras circunstancias.

Pero se puede también entender por qué el establishment en Washington hará todo cuanto pueda por conservar su alianza con Arabia Saudita lo menos dañada posible. En juego están no solamente los contratos de armas, los precios del petróleo o la eficacia de las sanciones contra Irán, sino el mismo pilar de su política para Medio Oriente y Asia Central. Estos son factores que los saudíes entienden bien. Quizás eso es en parte lo que hizo sentir a Bin Salman lo suficientemente intocable como para haber ordenado tan atrevidamente el asesinato de un periodista en un vigilado consulado ubicado precisamente en Turquía, un país al que apenas hace unos meses llamó miembro del “Triángulo del Mal”. Tan fuerte, inmune y protegida se siente Arabia Saudita que el rey Salman no duda en expresar abiertamente todo su respaldo a su hijo Bin Salman, respaldo que hasta ahora ha cerrado cualquier vía para sustituir al príncipe heredero y que orilla a la Casa Blanca a elegir entre enfrentar directamente al monarca y poner en riesgo su alianza estratégica con Riad, o darle la vuelta como lo hace Trump, declarando que la CIA solo se basa en “corazonadas”.

En suma, dada la flagrancia del muy específico caso en cuestión, quizás podríamos aventurarnos a decir que algún otro presidente estadounidense podría haber respondido distinto a Trump ante esta crisis. Pero esa hipótesis se mantiene solo en el campo especulativo. Lo que sí sabemos tras un examen de incontables datos y hechos de la historia y del presente, es que tanto Estados Unidos como muchas otras potencias toman sus decisiones a partir de lo que ellas entienden como sus intereses y sus agendas, no a partir de consideraciones morales o la preocupación por el respeto a derechos humanos como la libertad de expresión. Lo que tiene Trump es el descaro de reconocerlo sin la menor vergüenza. Pero no nos equivoquemos: no está solo.

Twitter: @maurimm

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios