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El descongelamiento del sistema de partidos

10/07/2018
02:11
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Las recientes elecciones del 1 de julio han marcado el descongelamiento del sistema de partidos en México. Desde los comicios de 1988 en que nació un sistema de tres partidos (Frente Democrático Nacional (después Partido de la Revolución democrática), Partido de Acción Nacional y Partido Revolucionario Institucional) hasta ahora, es decir, durante tres décadas, el electorado permaneció en un espacio político congelado: el espacio del centro derecha. Prueba de esto fue la continuidad de las políticas económica y social. En verdad, desde los años 80, el bloque político dominante en México fue inalterable a nivel nacional. La trascendente alternancia del 2000 fue importante, porque por primera vez el partido hegemónico (y dominante desde el 94), perdió y cedió la presidencia a otro partido. Pero en términos de sistema de partidos, se trató sólo de una variación dentro del mismo espacio ideológico.

En las recientes elecciones pasadas la opción de centro izquierda se ha concentrado en un solo partido. Lo que pareció un riesgo de división, fragmentación y debilidad de la izquierda, con la creación de MORENA, ha tenido por el contrario un efecto de multiplicación: por primera vez el centro izquierda alcanza mayoría propia. Obtener casi el 53% de los sufragios en un sistema de tres partidos es un resultado de gran magnitud, para el ganador y para los partidos perdedores. Sin embargo, la relevancia de esta elección no radica en la proporción del triunfo electoral, sino en el cambio del espacio político dominante. Si se presta atención a la evolución de las preferencias medidas por partido y bloque político se ve que en la elección de 1994, el bloque de centro derecha (PRI/PAN) sumó alrededor del 75% de las preferencias, mientras el bloque de centroizquierda (PRD) poco más del 16 %, cifras muy similares a las del 2000 (78% del bloque PRI/PAN y poco más del 16% del PRD). Las elecciones de 2006 fueron una clara disputa entre el centro derecha y el centro izquierda, y si se piensa en términos de partidos, el país quedó dividido en dos mitades entre los dos primeros partidos, pero si se piensa en términos de bloques políticos, el centro derecha (PAN/PRI) obtuvo cerca del 60%. En esa elección del 2006 fue claro el crecimiento de la opción de centro izquierda (del 16 % alcanzado en las elecciones de 1994 y 2000, a cerca del 40%), aunque en la siguiente elección presidencial (2012) el centro derecha encabezado por el PRI, reuniera a más del 60 % de apoyo electoral duplicando al centro izquierda (con poco más del 30%). La etapa de congelamiento de tres décadas ha tenido como beneficio la estabilidad y como costo el estancamiento en la solución de los problemas de México.

El abrupto deterioro de la seguridad pública desde mediados del 2000, así como la percepción de cinismo y creciente impunidad de la clase política en el gobierno, depreciaron el valor de la estabilidad y produjeron el hartazgo de los electores. La idea de cambio dominó en esta última campaña política, a tal punto que, de modo insólito la totalidad de los contendientes (partidos de gobierno y oposición) propuso “el cambio político”. Ese mismo cambio que en las campañas presidenciales de 2006 y 2012 indujo temor cuando no espanto, en 2018 fue percibido como una oportunidad de mejora. En un segmento del empresariado (después de testeos de garantía) el cambio fue visto como una necesidad para reconsolidar el sistema de mercado; y en los ciudadanos y la clase política de mejor vocación ciudadana, como una necesidad para mejorar y fortalecer la democracia.

El descongelamiento del sistema de partidos implicó además un desplazamiento de todos los partidos hacia la izquierda republicana, como lo evidencia la común promesa de priorizar el gasto social, y una mayor rendición de cuentas. En tal sentido, el populismo (como antinomia del republicanismo) estuvo ausente en estas elecciones (el único contendiente que pudo acreditar tal calificativo fue el Bronco, pero su papel fue de entretenimiento más que de competencia política).

El descongelamiento en este proceso electoral no sólo involucró la relación electores/ partidos, también erosionó las fronteras de los propios partidos. El PRD, protagonista desde 1988, se diluyó entre una alianza de sellos con el PAN, y una fuga importante de dirigentes hacia Morena, y hoy su futuro es incierto. El PAN, redefinió el programa incorporando aspectos del PRD, que lo alejaron de sus tradicionales banderas conservadoras, con el costo de conflicto interno y desmovilización de militantes. El PRI no defendió claramente los aciertos de su gestión y se enajenó en propuestas de empleo y transparencia que en su presente sexenio siempre esquivó.

En el 2000 se produjo la alternancia: un cambio de gran envergadura, si se piensa en la continuidad del partido estado PRI, desde hacía setenta años. Sin embargo, se trató de una alternancia acotada, un cambio de partidos, no de bloque político. El centro derecha reina desde hace décadas en México y ese reino no se modificó con la alternancia del 2000. En el 2000 el electorado puso una prueba de fuego al orden político anterior con la alternancia de partidos, pero en términos del carácter de los intereses, la prueba de fuego al orden político y social, se ha puesto en la reciente elección de 2018 con la alternancia de bloque de partidos. A diferencia de lo que aconteció en otros paises (por cierto también de cambio continuo) como España (con el triunfo de los socialistas) o Chile (con el triunfo de los demócratas cristianos) la alternancia ha supuesto y supone todavía, giros (sin riesgo para la democracia) de espacio ideológico derecha/izquierda. Esto implica la construcción de democracias sobre un contrato social a favor de reglas y de ciertas políticas de estado.

En México, el contrato democrático era incompleto, pues un firmante estuvo hasta ahora ausente. Es de esperar que la legitimidad y el servicio de la democracia sean ahora mayores para el conjunto de la sociedad. López Obrador se presenta como un líder de izquierda que propone fortalecer la república: sus principal bandera es el combate a la corrupción. Asumirá como presidente (si se cumplen los tiempos previstos) en cinco meses. Hasta entonces veremos acciones extragubernamentales del candidato electo que impactarán en el nuevo gobierno. Lopez Obrador ha logrado un enorme apoyo, pero es al mismo tiempo un candidato que polariza. Por ello su primer desafío es lograr que la etapa de gobierno dividido que México dejará atrás no se convierta en una nueva etapa de sociedad dividida con proyectos polarizantes. Por ello su esfuerzo estará centrado, como anunció, en lograr un gran consenso nacional sobre la nueva dirección política del próximo sexenio.

La otra transformación deriva de las consecuencias del descongelamiento del sistema de partidos. Entre los escenarios, es probable que el PRD avance en su pulverización, pues los escasos lugares ganados resultan insuficiente oxigeno para sobrevivir, y la existencia de Morena le quita sentido a su misión originaria. El PAN, fragmentado, retornará a su cauce conservador, después del fallido reposicionamiento en el centro propuesto por Anaya; y el PRI ,estará en el dilema de refundarse (para recuperar sus banderas de defensa de la soberanía nacional, así como de la representación social), o acercarse al líder emergente, que le recuerda logros históricos compartidos.

¿Cambiará México? Desde que inició la ola de democratización en la región, a mediados de los ochenta en el Cono sur, México fue uno de los países de mayor continuidad política. Cambiar siempre que sea muy gradual y cambiar muy poco, parece ser lo que mejor describe el proceso de cambio político mexicano. Es un lema parecido al gatopardismo de Lampedusa (cambiar todo para que nada cambie), pero con la excepcionalidad mexicana. México cumple y no cumple con Lampedusa, como corresponde.

La oportunidad y por supuesto también el riesgo, está en manos ahora del centro izquierda: reconstruir el Estado democrático, devolviendo la legitimidad y la confianza (en un país con el 97 % de delitos no denunciados); sensibilizar a las élites respecto de una democracia para todos (en un país con una de las primeras quince economias del mundo y con un 60 % de pobres); reconfigurar un vínculo de respeto mutuo con Estados Unidos (en un país donde la migración es la válvula de escape de la ineficacia de las políticas públicas), para mencionar sólo algunos; en fin convertir a México en una democracia social con ciudadanos plenos, son desafíos de una envergadura ciclópea. ¿Podrá esto lograrse avanzarse en el próximo sexenio?

Imaginando viento a favor (lo que Maquiavelo llamaba la fortuna) y frecuentes aciertos en las decisiones del próximo gobierno, mucho se habrá logrado si se alcanza (no el logro pleno de los objetivos señalados) sino hacer del nuevo rumbo una política de Estado.
 

Doctor en Ciencia Política por la Universidad
de Florencia, miembro del Sistema
Nacional de Investigadores
Juan Russo
Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Florencia, Italia, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y profesor de la Universidad de Guanajuato, México
 

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