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A los soldados del Ejército Mexicano, héroes nacionales, defensores de la dignidad y soberanía nacional.
El pasado 21 de marzo fue una efeméride muy importante, para la nación mexicana, se cumplieron 212 años del natalicio del Benemérito de las Américas, don Benito Juárez. México tiene una enorme deuda con él, y no puede explicarse sin el legado de este hombre que se agiganta con el tiempo, icono y símbolo de orgullo y dignidad. En tiempos de divisiones y traiciones levanta la bandera de la soberanía y la libertad, alma de democracia, base de la justicia y causa de toda conquista política, enarbolando el evangelio de la patria como un santo laico.
Su origen fue humilde e indígena, evoca lo más representativo del orgullo de nuestro pueblo, hombre sencillo, pero no ingenuo. No fue hijo de ningún político encumbrado ni tampoco empresario. De simple pastor de un rebaño de ovejas, su sueño fue México, digno de inspiración para la juventud actual que se encuentra en busca de valores, y requiere urgentemente a un héroe honrado y honesto. No necesitan héroes prestados, lo tenemos a la vista: Juárez. De gobernador de Oaxaca, secretario de Justicia, presidente de la Suprema Corte y finalmente Presidente de la República, en un momento turbulento lleno de traiciones, divisiones y asechanzas del exterior como hoy en día.
Navego por las olas civiles con remos que no pesan, como los brazos del correo chuan que atravesaban la mancha con fusiles (Suave Patria), acompañado de una pléyade de liberales, constructores de una nación, que impulso la creación del Estado laico, luchando en contra de una intervención armada que pisoteaba el territorio nacional, como Santos Degollado, Valentín Gómez Farías, Melchor Ocampo, Manuel Doblado, Lafragua, entre otros.
Sus nombres aparecen en los muros, testigos insobornables de la historia en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, destacándose especialmente una magnifica estatua fundida en bronce, simbolizando la grandeza del héroe de Guelatao. Esta sociedad liberal cumplirá 185 años, inspirado en la lucha por la soberanía y dignidad de México, ha sido dirigida por los artífices de nuestra diplomacia, independiente y no subordinada, me refiero a ese faro de luz que ilumina nuestro camino como fue don Isidro Fabela.
Durante la Reforma y la lucha contra la intervención observamos a Juárez sereno con su levita negra muy del siglo XIX, que impulsaría la gran obra de la Reforma. Cuya bandera podríamos definir: “La religión es inviolable en el sagrado recinto de las conciencias y dentro de los templos, pero cuando se desvirtúa queriendo convertirlo en partido político, la ley debe hacer que torne a su origen y dominio dentro de los moldes del Estado laico”.
Su legado resuena todavía en el Cerro de las Campanas. La pobreza, la persecución, la cárcel, el destierro, y las calumnias no lo intimidan, no lo doblegan, lo calan, y forjan, no se arrodilla ante ofertas de un emperador espurio para integrarse a un gobierno de traidores, que a fin de cuentas sería derrotado por las armas republicanas aquel 15 de mayo de 1867, hace 150 años. Esta fecha pocos la recuerdan, la hemos lanzado al basurero de la historia.
Ante el actual ambiente internacional de asechanzas, peligros, y tambores de guerra, deberíamos invocar la vigencia del apotegma que nos legara aquel 15 de julio de 1867, este gran mexicano por los cuatro costados, a su entrada triunfante a la Ciudad de México:
“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo
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