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No faltan a clases... por la comida

Estados 30/11/2015 03:20 Luis Fierro / Corresponsal Actualizada 08:45

Niños tarahumaras son alimentados en escuelas-albergues, sin embargo, los menores de 5 años sufren desnutrición

La ración es pequeña y no lleva guarniciones, pero al menos comerán sanamente, tal como ocurrió en el desayuno y por la noche la cena.

“Aquí no hay niños desnutridos, siempre les damos buena comida, comentó Enrique Manuel Parra, director del albergue, quien también es de origen indígena y hace unos 20 años en el propio albergue cursó la primaria.

En un recorrido realizado por EL UNIVERSAL se constató que maestros rurales de los municipios de Bocoyna y Urique coinciden al señalar que en las escuelas-albergue para niños indígenas el ausentismo es mínimo, rara vez faltan a clases.

“Si les interesa estudiar, son muy buenos alumnos, ordenados e inteligentes, pero hablando con franqueza: vienen a la escuela por la comida, no por las clases.

Tres comidas en un día es un “lujo” del que muy pocos alumnos de jardín, primaria o secundaria indígena podrían disfrutar si vivieran con sus padres, por eso la mayoría duerme aquí de lunes a viernes

Incluso los que son originarios de comunidades cercanas llegan temprano todos los días para almorzar, y se regresan hasta después de comer.

Es la Sala #1 de pediatría en la Clínica Santa Teresita, hay otra historia, pues una enfermera cuida de una pequeña indígena originaria de Pamachi a la que la piel se les desprende del cuerpo debido a la desnutrición crónica que padece

En dos días su cuerpo perdió dos kilos de peso tras comenzar a recibir alimento por vía intravenosa, cuando una brigada médica la trajo a recibir tratamiento estaba al borde de la muerte.

Mientras, a 50 kilómetros, en Mogotavo municipio de Urique, Luis Antonio, otro niño tarahumara vive lejos de sus padres, a cambio de una buena alimentación y estudios.

En las tres salas para niños con que cuenta el centro de salud atendido por médicos y religiosas están internados 32 tarahumaras, todos padecen desnutrición, reveló el director general, sacerdote Miguel Quintanilla. 

Aproximadamente el 90% de los niños indígenas que son internados sufren de algún grado de desnutrición, desde moderado a crónico.

Los pequeños llegan por algún otro padecimiento como diarrea, o enfermedades respiratorias, pero invariablemente el diagnostico incluye la desnutrición”, informó Quintanilla.

Creel

Es la Sala número 1 de pediatría en la Clínica Santa Teresita, una enfermera sostiene con sumo cuidado a Martha Valenzuela, una pequeña indígena originaria de Pamachi a quien la piel se les desprende del cuerpo debido a la desnutrición crónica que padece; en dos días perdió dos kilos de peso tras comenzar a recibir alimento por vía intravenosa; cuando una brigada médica la trajo a recibir tratamiento estaba al borde de la muerte. Mientras, a 50 kilómetros, en Mogotavo municipio de Urique, Luis Antonio, otro niño tarahumara, vive lejos de sus padres, a cambio de una buena alimentación y estudios.

En las tres salas para niños con que cuenta el centro de salud atendido por médicos y religiosas hay 32 tarahumaras internados, todos padecen desnutrición, reveló el director general, sacerdote Miguel Quintanilla. El problema de la falta de alimentación es tan grave que de enero a agosto de este año, poco más de mil infantes han sido atendidos, la mayor parte menores de cinco años.

“Aproximadamente 90% de los niños indígenas internados sufren de algún grado de desnutrición, desde moderado a crónico. Llegan por algún otro padecimiento como diarrea o enfermedades respiratorias, pero invariablemente el diagnóstico incluye la desnutrición”, informó Quintanilla.

Al lado de Martha, en la cuna de enseguida duerme Alicia Maceyra, cuya familia radica en San Ignacio, su talla es la de un niño de un año cuando está por cumplir los tres. Fue diagnosticada con desnutrición grado dos. Junto a ella llora Corpus Moreno, de la comunidad de Bitorachi, a sus nueve meses sufre de desnutrición crónica tipo marasmo, es decir, se mantiene hinchado del cuerpo. “Este tipo de enfermedad es como la que padecen los niños de Somalia, que parecieran gorditos, pero en realidad su cuerpo retiene cantidades elevadas de líquidos”, apunta el sacerdote.

Ahí mismo se atiende a Luis Armado, Tomás y Javier, de Recohuata, Areponapuchi y Pamachi, respectivamente, los tres reflejan menos edad, la piel apenas les cubre los huesos, al respirar se les marcan las costillas, todos fueron “rescatados” por brigadas médicas y monjas que peinan una vasta región de la Sierra Tarahumara buscando casos similares.

No son las clases, es la comida

El reloj marca las 13:00, y los 72 niños que estudian el jardín y la primaria en el albergue indígena de Mogotavo se forman para ingresar al comedor, en orden pasan por grupos y en menos de dos minutos ya todos disfrutan de un plato de espagueti con pollo y una tortilla de maíz. La ración es pequeña y no lleva guarniciones, pero al menos comerán sanamente, como ocurrió en el desayuno y por la noche en la cena.

Tres comidas en un día es un “lujo” del que muy pocos alumnos de jardín, primaria o secundaria indígena podrían disfrutar si vivieran con sus padres, por eso la mayoría duerme aquí de lunes a viernes.

“Aquí no hay niños desnutridos, siempre les damos buena comida. Los casos que detectamos son siempre al inicio del curso, cuando vienen de sus casas, sobre todo cuando llegan por primera vez para entrar a primer grado”, comenta Enrique Manuel Parra, director del albergue, quien también es de origen indígena y hace 20 años en el propio albergue cursó la primaria.

En un recorrido realizado por EL UNIVERSAL se constató que maestros rurales de los municipios de Bocoyna y Urique coinciden al señalar que en las escuelas-albergue para niños indígenas el ausentismo es mínimo, rara vez faltan a clases.

“Sí les interesa estudiar, son muy buenos alumnos, ordenados e inteligentes, pero hablando con franqueza: vienen a la escuela por la comida, no por las clases. Al menos 70% apenas come maíz y frijol con sus padres, y eso una o dos veces al día”, señaló Ana Patricia Lozanía, docente de segundo grado.

Problema de edades o de “dietas”

La versión del encargado de la clínica coincide con la de los maestros indígenas: mientras los raramuri que tienen menos de cinco años y habitan en sus comunidades padecen desnutrición, a partir de esa edad dejan el hogar paterno para vivir en albergues que les garantizan buena alimentación.

En contraste, el titular de la Coordinadora Estatal de la Tarahumara, que es el organismo del gobierno del estado de Chihuahua para atender las necesidades de dicha etnia, señala que se debe definir bien el contexto del problema de desnutrición.

“Los términos ‘hambre’, ‘hambruna’ y otros que se vinieron manifestando durante mucho tiempo, habrá que definirlos, habrá que ubicarlos en su contexto total; nuestras culturas son muy diferentes, mientras que para nosotros (mestizos) nuestra dieta alimenticia está compuesta por la variedad de alimentos propios de la canasta básica, en la cultura indígena a veces no lo es tanto, a veces es menor el requerimiento que tienen ellos comparado con el nuestro, los términos de ‘hambre’ y ‘hambruna’ pudieran aplicarse o no aplicarse en la sierra de Chihuahua, porque su dieta alimenticia regularmente la tienen cubierta con sus propios cultivos”, dijo el funcionario Miguel Ángel González.

Pero para los casi 90 mil indígenas del estado la pobreza y desnutrición son una realidad, no un problema de términos. En Mogotavo, los llamados pies ligeros no sólo enfrentan las carencias, también desde hace una década defienden su territorio de un grupo de empresarios que pretende, literalmente, desaparecer la comunidad para edificar un moderno complejo turístico.

En este caserío la comida se reduce a unos cuantos productos. Una treintena de casas de adobe con techo de madera alberga a unos 150 indígenas, quienes poco poseen materialmente, si acaso una mesa y una cama, pisos de tierra, poca ropa y un molino para maíz, pero se despiertan con una de las vistas más sorprendentes que puedan encontrarse en el norte de México, justo al pie de las Barrancas del Cobre. La escasez de agua contribuye a mermar la salud, sobre todo de los más pequeños, mientras los adultos sobreviven sanos más por la inexplicable resistencia física de su raza que por las condiciones sociales en las que se encuentran.

El frío llegó tarde este año y las bajas temperaturas apenas comienzan, en unas semanas algunas regiones habitadas por los rarámuri llegarán a los 15 bajo cero, lo que detonará los males respiratorios y en pueblos como Huajurana, los menores de edad serán los más afectados.

Esperan peores condiciones

La cifra de niños con desnutrición se disparará en los próximos meses, adelantó el sacerdote Quintanilla, dijo que este año se tuvieron lluvias en exceso, por lo que los cultivos de temporal de los indígenas como maíz y frijol se vieron seriamente dañados.

“Ellos viven del autoconsumo y recolección, pero en los siguientes meses no habrá suficiente alimento, esperamos que aumente notablemente el problema”, agregó.

La Clínica Santa Teresita atiende a niños indígenas de por lo menos cinco municipios, quienes son internados al menos tres semanas hasta que recuperan su peso normal y son dados de alta de la desnutrición, después se les manda comida hasta sus casa para que no vuelvan a perder peso.

El servicio que ofrece es gratuito, pero según su consejo directivo, en casi tres años tendrá que cerrar sus puertas. “Este año el gobierno del estado nos retiró su apoyo económico, bajo el argumento que hubo recorte presupuestal. Hoy estamos operando gracias a donativos de organizaciones de Estados Unidos, de empresas mexicanas y de un convenio con el gobierno federal a través del Seguro Popular, pero sin el apoyo del gobierno del estado no podremos subsistir más de tres años”, reconoció el cura.

Durante 2014 Santa Teresita atendió a casi mil 700 niños con desnutrición, aunque aún recibía subsidio estatal por 400 mil pesos al mes.

Veda afectó entrega de alimentos

Un grupo de 11 gobernadores indígenas denunció ante la Comisión Estatal de los Derechos Humanos (CEDH) que los apoyos para los comedores escolares no eran entregados a tiempo.

Según la queja, interpuesta por el presidente interino del Consejo Indígena de Chihuahua, Gustavo Fierro Ruiz, unos 250 planteles fueron afectados, a los que asisten más de 13 mil niños. La denuncia fue retomada por la senadora Lilia Merodio, quien públicamente pidió a las autoridades que se atendiera la situación a fin de evitar que los niños dejaran de recibir alimentos y que aumentaran los problemas de desnutrición.

Al respecto la CEDH señaló que se abrió una investigación, y hasta donde se tenía información, el problema había ocurrido a mediados de año, con motivos de la veda electoral.

Por su parte, la Coordinación Estatal de la Tarahumara reconoció que, efectivamente, se pudo haber presentado desabasto en algunas regiones de la Sierra Tarahumara, pero se deben primordialmente a lo disperso de las comunidades y las condiciones climáticas que en ocasiones impiden el acceso.

Agregó que los apoyos se entregan por parte de la Sedesol, la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y el propio gobierno estatal. Sobre la veda electoral confirmó que el gobierno federal suspendió varios programas, pero el DIF estatal cubrió los faltantes para que no tuvieran que cerrar los comedores escolares.

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