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Haber escogido la ruta del enfrentamiento frontal al crimen organizado —desde diciembre de 2006— y mantenerla a pesar de que se han renovado los poderes públicos, ha salido muy caro al país, tanto en lo económico como en la pérdida de vidas.
EL UNIVERSAL presenta hoy datos que dan cuenta de que en el sexenio de Enrique Peña Nieto se desembolsó la mayor cantidad de dinero para la compra de armas.
El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo señala que en el periodo 2014-2018 México se ubicó en el lugar 34 de la lista de naciones compradoras de armamento, superando a Brasil como el mayor importador de pertrechos en América Latina. En 2015 el gasto en armas de México alcanzó su pico al ascender a 7 mil 700 millones de dólares. En materia de víctimas, los índices de homicidios dolosos llevan meses registrando cifras récord cada 30 días. En suma, una estrategia doblemente onerosa, con escasos resultados positivos.
Los casi 8 mil millones de dólares gastados en 2015 pudieron haber tenido otro uso —invertir en tareas de inteligencia, por ejemplo— en lugar de apostar al fuego para combatir el fuego.
De acuerdo con el reporte citado, lo adquirido por México no es equipo sofisticado, se trata en su mayoría de vehículos blindados y helicópteros, pero va en línea para combatir los cárteles de la droga y responder al tipo de armas que tiene la delincuencia organizada.
Optar por las Fuerzas Armadas para combatir al crimen desató una competencia por tener las mejores armas. Amparados en la falta de controles fronterizos y en la corrupción, los grupos delictivos se blindaron con armamento de igual o mayor poder al que emplean Ejército y Marina. En diversos ataques del narcotráfico ha quedado documentado el uso de lanzamisiles RPG, granadas y fusiles tipo Barrett calibre .50
Ayer en estas páginas Layda Negrete hacía referencia al combate al robo de combustible —que igual aplica para el combate a cárteles del narcotráfico— y exponía que se requiere menos violencia y más inteligencia, más investigaciones y menos flagrancia, pero sobre todo enfocarse a los individuos y empresas que más contribuyen al fenómeno. Dirigir la energía al engranaje clave, no al más visible, ni al más débil.
La amarga experiencia que ha vivido el país en más de una década es prueba de que apostar a la compra de armas no ha sido la solución. En el anterior sexenio se perdió una oportunidad para redirigir la estrategia. Aprender de los errores debe ser prioridad para el gobierno actual.
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