Miles de centroamericanos de la Caravana Migrante han llegado a la ciudad de Tijuana para intentar cruzar a EU. Esta ciudad, “donde empieza la patria”, según su lema oficial, se ha vuelto un escenario fértil para entender el fenómeno migrante y las posibilidades al futuro.

La verdad es que Tijuana es una ciudad que siempre ha dado una buena bienvenida a los migrantes, de hecho, es una ciudad construida en las últimas cuatro décadas por migrantes mexicanos y extranjeros que han llegado y por sus hijos.

Me tocó vivir casi seis años en Tijuana en los años 90, en mis días mozos, y es una ciudad que visito frecuentemente y con mucho afecto. Es una ciudad que ha recibido no sólo mexicanos de todos los estados de la República, sino muchos estadounidenses, centroamericanos, cubanos y más recientemente haitianos, quienes se han vuelto otra parte exitosa del tejido social.

No tengo dudas que muchos de los centroamericanos que llegaron en las caravanas terminarán quedándose en Tijuana, valiéndose de las oportunidades de trabajo que existen ahí y de la hospitalidad que muestra la mayoría de residentes de la ciudad, a pesar de unos cientos de manifestantes hostiles y unos políticos poco amables con su llegada.

Pero Tijuana también es un laboratorio de los conflictos que vienen en México en el tema migratorio. Es una llamada de atención de la necesidad de empezar a pensar creativamente sobre cómo abordar la migración en México para que se dé de forma regular, legal y ordenada.

Afortunadamente el gobierno entrante de Andrés Manuel López Obrador ha dado señales de que quiere políticas sensatas en el tema migratorio, y ha nombrado en el Instituto Nacional de Migración a un gran académico y líder tijuanense, Tonatiuh Guillén, quien conoce de primera mano la migración y las lecciones de Tijuana para el resto del país. Ahora viene el reto de diseñar las políticas migratorias de acuerdo con las necesidades reales del momento —y lidiar con un gobierno del país vecino que va cambiando sus propias políticas migratorias a cada rato con graves consecuencias para México.

México puede —y debe— fortalecer las vías legales para que los migrantes lleguen por oportunidades de trabajo y por protección de la violencia. Eso requiere fortalecer el sistema de asilo para los que huyen de la violencia en Centroamérica y Venezuela, con el fin de darles la protección que las leyes mexicanas, y también diseñar una política de migración laboral que responda a necesidades de mano de obra en ciertas regiones del país. Hay ciudades en México donde existe demanda laboral, como Tijuana, Monterrey y Saltillo, donde un programa de migración temporal podría ser muy útil, y mejor aún si se complementa con un programa de trabajo similar para los mexicanos, quienes estarían dispuestos a migrar por periodos de las partes más pobres del país a los lugares donde el trabajo bien remunerado sí existe. Lo ideal es que estos programas beneficien a mexicanos y extranjeros por igual.

Estos esfuerzos tendrán que ir acompañados de otros para modernizar y profesionalizar a las agencias encargadas de la migración, para que puedan ejercer un control sofisticado de quién entra al país y canalizar a los que entran por la vía legal, así como eliminar a los elementos que ahora se benefician de la miseria de los migrantes, aliándose con grupos criminales.

Hay soluciones para evitar las caravanas de migrantes desesperadas, que pueden generar reacciones negativas y contrarias como hemos visto en Tijuana, si se ordenan los flujos y se apuesta por la legalidad.

Sin embargo, la nueva administración también tendrá que lidiar con un vecino poco predecible. La administración de Donald Trump hace dos semanas intentó eliminar la posibilidad de que los migrantes pidan asilo entre los puertos de entrada, canalizando así a todos por las garitas. Un tribunal en Estados Unidos acaba de bloquear esa decisión, por lo que la administración ahora quiere dictaminar que todos los que pidan asilo en las garitas tienen que quedarse en México mientras esperan su decisión, efectivamente creando incentivos para que mejor pidan asilo entre los puertos de entrada, cruzando a Estados Unidos por el río o el desierto. Es altamente probable que los tribunales también bloqueen esa decisión, pero lo que es evidente es que el equipo de Trump cambia de estrategia fronteriza a cada rato.

Ahí quizás el gobierno mexicano puede ayudar también, aunque no es del todo seguro que tenga éxito con el gobierno vecino. Si el gobierno mexicano está dispuesto a generar una migración legal, regular y ordenada dentro de México, también tiene credibilidad para exigir al gobierno de Estados Unidos que haga lo mismo y que juntos traten de buscar formulas que son más efectivas y más justas para los migrantes. Si México está dispuesto a crear vías legales para los migrantes, también podrá exigirle a Estados Unidos no sólo que le ayude a hacerlo, sino que también haga lo mismo, para que ambos países empiecen a tener un flujo mucho más ordenado y predecible de migrantes centroamericanos.

De cualquier modo México puede hacer esto en su propio bien, para asegurar que la migración beneficie al país y no empiece a generar un rechazo social, pero en una de esas también logra que Estados Unidos haga lo mismo.

Presidente del Instituto de Políticas
Migratorias

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