Como es bien sabido, las remesas son las transferencias de dinero que una persona residente en el extranjero hace a una persona residente en México, por lo general un familiar o una persona cercana. Por ello, más allá de representar una entrada de divisas que incide en el mercado cambiario y en otras variables macroeconómicas, las remesas funcionan como una red informal de protección social, pues en algunos casos complementan el ingreso de gran número de hogares y, en otros, constituyen su principal o única fuente de recursos para cubrir necesidades esenciales de alimentación, educación, salud y vivienda.
Las remesas juegan un papel relevante en la mitigación de la pobreza y en la dinamización de las economías regionales. Como fortalecen significativamente el consumo en gran número de municipios de arraigada cultura migratoria, los comercios y las empresas locales se benefician de mayores ventas, lo cual estimula la actividad económica y la creación de empleos en esas comunidades.
Los países pueden registrar tanto ingresos como egresos por concepto de remesas y México no es la excepción: muchos residentes en el país también envían periódicamente dinero a familiares que viven en otras naciones. Sin embargo, las remesas que ingresan a México son mucho mayores que las que salen y tienen un fuerte peso específico en la economía nacional. De acuerdo con cálculos propios basados en datos del Banco de México y del Banco Mundial, dos conjuntos de cifras ayudan a poner las remesas en perspectiva y a dimensionar su importancia:
- Durante el período comprendido entre enero de 2019 y junio de 2026, por cada dólar enviado al exterior en forma de remesas ingresaron casi 57 dólares al país.
- En el período 2019-2025, los ingresos por remesas representaron, en promedio anual, 3.6 % del Producto Interno Bruto (PIB), con un mínimo de 2.9 % en 2019 y un máximo de 4 % en 2021 y 2022. Asimismo, existen entidades —como Michoacán, Zacatecas y Oaxaca— donde las remesas, como porcentaje del PIB estatal, superan ampliamente el promedio nacional referido.
En este contexto, la elevada importancia de las remesas refleja una enorme debilidad estructural de la economía mexicana: su persistente incapacidad para generar suficientes empleos no solo formales sino también estables y relativamente bien remunerados. La escasez de oportunidades laborales orilla, a su vez, a una parte de la fuerza de trabajo mexicana a abandonar el país en busca de mejores opciones de empleo en el exterior.
La dependencia resultante de los ingresos devengados por trabajadores mexicanos en otros países, fundamentalmente en Estados Unidos, expone a las familias receptoras de remesas y a la economía nacional en su conjunto a los efectos de al menos tres clases de perturbaciones externas. La primera corresponde a las caídas en la actividad económica estadounidense, que tienden a castigar a sectores intensivos en mano de obra, como el campo, la construcción y los servicios, provocando que los migrantes pierdan su empleo o sufran recortes en las horas laboradas, lo que repercute en menores envíos de dinero a México.
La segunda proviene de los endurecimientos de la política migratoria de Estados Unidos, pues pueden traducirse en aumentos sustanciales de las deportaciones y en menores flujos migratorios hacia ese país, lo que aumentaría la presión sobre el mercado laboral mexicano y reduciría, simultáneamente, el ingreso de remesas.
Finalmente, la tercera perturbación opera a través del canal cambiario. En particular, una apreciación del peso frente al dólar erosiona la capacidad de compra de las remesas en México e incide negativamente en el bienestar de numerosas familias mexicanas. De esta manera, el poder adquisitivo de las remesas puede verse mermado tanto por movimientos desfavorables del tipo de cambio como por aumentos de precios en el país.
En este contexto, para analizar lo que ha ocurrido con las remesas no basta con observar su comportamiento en dólares; es indispensable evaluar la evolución de su poder de compra a la luz de las fluctuaciones del tipo de cambio, de la inflación interna y, muy especialmente, del aumento en los precios de los alimentos.
De acuerdo con estimaciones propias basadas en datos del Banco de México y del INEGI, el boom reciente de las remesas se dio durante el periodo 2020-2022, los años centrales de la pandemia de COVID-19. Para 2022, las remesas, expresadas en millones de dólares, habían crecido poco más de 58 % respecto al nivel registrado en 2019, mientras que 2021 fue el año de máxima expansión, con un crecimiento de 26 %. Esto obedeció, en lo fundamental, al extraordinario paquete de estímulos fiscales de Estados Unidos —que incluyó transferencias monetarias directas a la población, de las que también se beneficiaron trabajadores de origen mexicano—, a la rápida recuperación del empleo en ese país a partir del segundo semestre de 2020 y a la solidaridad de los migrantes mexicanos con sus familiares en México.
Es interesante destacar que la magnitud del boom se reduce notablemente cuando las remesas se convierten a pesos —utilizando el tipo de cambio promedio de cada año— y se descuenta el efecto de la inflación en México. Aun cuando el incremento acumulado de las remesas en dólares entre 2020 y 2022 fue de 58%, las remesas expresadas en pesos constantes —es decir, una vez hecha la conversión y descontada la inflación general medida por el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC)— aumentaron solo 40%.
Asimismo, si en lugar de la inflación general se descuenta específicamente el aumento en los precios de los alimentos, que subieron más rápidamente que el nivel general de precios, el incremento acumulado fue mucho menor: 28%. Esto es relevante porque una proporción considerable de las remesas se destina a cubrir necesidades básicas de los hogares.
No sólo el boom de las remesas aparece sobredimensionado si se atiende exclusivamente a las cifras en dólares, sino que además entre 2023 y 2025 se registró un retroceso real, debido tanto a la apreciación del peso como a la evolución de los precios internos. El contraste durante el periodo 2023-2025 es marcado. Las remesas en dólares tuvieron un crecimiento acumulado mucho más bajo: apenas 6.1 %. Ahora bien, una vez expresadas en pesos y descontados los efectos de la inflación general, registraron una caída de 11.7 %.
El deterioro es todavía mayor si se descuenta específicamente el efecto del aumento en los precios de los alimentos, pues en ese caso la caída alcanza 14.9 %. Es decir, aunque en términos de dólares las remesas continuaron creciendo entre 2023 y 2025, una vez consideradas las variaciones del tipo de cambio y el comportamiento de los precios, se observa una pérdida significativa de su poder de compra en México.
En suma, las remesas involucran al menos tres grandes bemoles. El primero es que no se trata simplemente de cuántos dólares ingresan al país, sino de cuánto se puede comprar con ellos en México, considerando las fluctuaciones cambiarias y la inflación doméstica. El segundo es que su comportamiento depende del ciclo económico de Estados Unidos, por lo que —en ausencia de estímulos fiscales excepcionales como los promovidos durante la pandemia— pueden disminuir de manera sensible durante las recesiones. El tercero es que los endurecimientos de la política migratoria estadounidense pueden conducir a mayores deportaciones y menores flujos migratorios, poniendo en entredicho una importante fuente de subsistencia de numerosos hogares mexicanos.
Profesor-investigador de la UAM-Azcapotzalco e Investigador Nacional Nivel III
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