Las últimas semanas han sido para el gobierno de Sheinbaum una especie de curso intensivo sobre aquello que el obradorismo juró durante años que no sucedería sobre su simulado mantra y descubrir que la realidad tiene la pésima costumbre de no respetar la narrativa.

Debe ser todos los días un duro golpe al ego familiar de Palenque que se vuelve patológico cuando necesita deformarla para conservarla.

Mientras se guarda un silencio cada vez más estruendoso allá por La Chingada y Washington ha decidido que la diplomacia es harto efectiva retirando visas, presentando acusaciones, filtrando información sensible y acariciando la vanidad de algunos como seducción perfecta de autoestima, crece el torbellino del caos en Morena.

La Casa Blanca administra la presión a cucharadas y la presidenta intenta sostener simultáneamente la soberanía nacional, contener la implosión del movimiento, cargar con la maldita herencia de los abrazos al crimen organizado y sonreír ante la fracturada relación con Estados Unidos que exige más cooperación que además viene acompañada de facturas cada vez más incómodas.

Y cuando parecía difícil —por decir lo menos— agregar otra escena al sainete, llegó triunfante Rocha Moya para cerrar con broche de oro el episodio; acusado por fiscales estadounidenses, de licencia en México y aparentemente convencido de que la mejor manera de demostrar estabilidad política y arroparse con fuero (no vaya a ser) era regresar intempestivamente a la gubernatura en Sinaloa.

Sin presuntamente avisar a nadie (es un decir) provocó que en Morena, legisladores, gobernadores y Palacio Nacional corrieran a deslindarse, dejaran atrás el ¡No estás solo! Y apenas 34 horas después volver a irse.

Un regreso que no fue regreso, una licencia que dejó de ser licencia para volver a ser licencia y una demostración casi pedagógica de quién manda aquí.

Claudia Sheinbaum saliendo a apagar el incendio, la familia en La Chingada fuera del cuadro y Estados Unidos observando desde la primera fila y con palomitas, expediente en mano.

El resultado es una fotografía bastante menos épica que aquella del “segundo piso de la transformación”.

La presidenta tratando de convertir disciplina partidista en autoridad presidencial.

Un fundador cuyo silencio ya produce más interpretaciones que sus antiguas mañaneras.

Un movimiento descubriendo súbitamente las virtudes del deslinde y un gobernador que consiguió la hazaña de volver al poder un viernes, y convertirse en políticamente inconveniente antes de que finalizara el sábado.

Todo muy soberano, muy unido y sobre todo muy tranquilo.

Es entonces donde aparece la suma de todos los miedos. Washington aparenta no tener prisa porque tiene algo más incómodo que la prisa. Un expediente, diez nombres y una solicitud de extradición mientras el régimen trata de ganar tiempo entre soberanía nacional y ese extraordinario talento de la política morena para descubrir que un problema quizá desaparezca si se le mira suficientemente tiempo de perfil.

Millones de mexicanos atestiguan cómo Morena se ha convertido en ese lugar encantado donde uno entra por la puerta de la soberanía, tropieza con el espejo de la no intervención, baja por la resbaladilla de que “presenten pruebas” y termina en una triple maroma en el salón de las extradiciones mientras los halcones de Trump contemplan el espectáculo adornado de última hora con la bandera cubana. Sorprende esa afición por confundir soberanía con provocación y prudencia con cobardía.

Muchachos audaces, pues.

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