El día de ayer, la administración de Donald Trump comunicó oficialmente su negativa a renovar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. El escueto comunicado emitido por su representante comercial, Jamieson Greer, parecería ponernos de inmediato en el escenario contemplado en el propio Tratado, en su artículo 34.7: revisiones anuales durante los próximos diez años, hasta 2036, en caso de que ninguna de dichas revisiones produzca una nueva extensión.
Hace un par de meses escribí que la no renovación era el escenario más probable por dos razones. La primera: le da a Washington la libertad para mantener la presión sobre México y Canadá en un proceso de negociación permanente, siempre con la amenaza latente de abandonar el tratado por completo. La segunda es electoral. Con las elecciones intermedias de noviembre a la vista, Washington difícilmente podía presentarse ante su base electoral con un tratado renovado por dieciséis años después de repetir durante meses que Estados Unidos no necesita ese tratado ni necesita nada de sus vecinos. La no renovación permite a Trump conservar el tratado vivo (al menos hasta 2036) y, al mismo tiempo, vender la narrativa de que se negó a renovarlo.
Hasta ahí llega la lectura previsible y, de alguna manera, la que tanto los mercados como el sector privado y muchos analistas ya teníamos como la de mayores probabilidades. Sin embargo, vale la pena detenernos un poco a analizar el propio comunicado. Su última frase contiene una ambigüedad que no me parece espontánea. Señala que el tratado “permanece en vigor a la espera de la resolución de estos asuntos (las deficiencias del Tratado y los déficits comerciales con México y Canadá) o hasta la terminación del Acuerdo”.
La palabra “terminación” puede leerse de dos maneras: como la expiración natural en 2036 contenida en la cláusula sunset, o bien como una rendija que permite la interpretación de una posible denuncia futura del Tratado bajo el artículo 34.6, que autoriza a cualquiera de los tres países a abandonar el acuerdo en cualquier momento, con solamente seis meses de preaviso y sin necesidad de expresar causa alguna.
El comunicado de Greer no invoca ese artículo, pero tampoco lo excluye. Más todavía: tampoco invoca expresamente el artículo 34.7 de la cláusula sunset. Y aunque la posibilidad de la denuncia es remota, no podemos pasar por alto las declaraciones de Trump sobre retirarse del tratado, ni las de un alto funcionario de la administración que, bajo anonimato, señaló a la prensa que el presidente se reserva el derecho de hacerlo.
Ahora bien, el mismo artículo 34.7 deja abierta también la puerta contraria. En cualquier momento entre una revisión anual y la expiración de 2036, los tres países pueden extender el tratado por dieciséis años más. El comunicado de ayer dejó al T-MEC en una especie de animación suspendida, con ventanas anuales disponibles para quien ocupe la Casa Blanca. Resucitar el tratado y renovarlo es una posibilidad real si cambia el color de la presidencia. Sin embargo, lo realmente difícil será el tramo final de la administración Trump. En dos años habrá que observar qué tanto se usa la revisión anual para darle el tiro de gracia al tratado si el oficialismo se enfrenta a la posibilidad de perder la Casa Blanca.
Un último apunte que no hay que perder de vista. Estados Unidos se reunirá con México la semana del 20 de julio para una tercera ronda de negociaciones bilaterales. Canadá, una vez más, no estará en esa mesa. Washington ha seguido negociando y pareciera buscar cerrar primero un acuerdo bilateral con México para después dejar correr el reloj contra Ottawa.
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