Another AI attack


Elon Musk (12 sep 2026)

El sábado Dario Amodei, director de Anthropic, pidió frenar el ritmo al que la industria hace más capaces a sus modelos. El ensayo se llama We Must Pace the Frontier (): marcar el paso de esa punta. En dos horas Sam Altman dijo que OpenAI está de acuerdo y abrirá sus sistemas a evaluadores independientes, con acceso de empleado. Elon Musk escribió: Dario tiene razón. Por la noche precisó: supervisión sí; el arranque, revisión entre competidores. Demis Hassabis, de Google DeepMind, dijo que la dirección es la correcta; los detalles, a trabajar. Cuatro dueños de la carrera dijeron más despacio. Ninguno anunció que iba a detener el siguiente entrenamiento.

Hoy circulará como freno y consenso. La letra chica es otra. Anthropic se compromete sola al primer paso: auditores de fuera, con gafete, adentro. Altman copia ese. Musk quiere que el rival revise al rival. Hassabis apunta a un organismo de estándares para toda la industria. El techo entre democracias y el trato con China quedan para después. Amodei pide, además, una excepción antimonopolio para coordinarse en seguridad. El ensayo lo dice sin maquillaje: aunque frenen, el progreso “seguirá pareciendo rápido”. Cuatro firmas, un auditor, el entrenamiento intacto.

México no está en esa mesa y ya paga el recibo. El 8 salió PISA: 47 de cada 100 alumnos de 15 años usan inteligencia artificial cada semana para aprender; solo 8 no la tocan para la tarea. Les pedimos que resuman el texto que deberían leer. En ciencia, 414 puntos; la OCDE, 482. Centros de datos que piden agua y luz a CFE. Un salón con dos computadoras por cada diez. Un Estado que regula tarde y compra pronto. Si la seguridad se vuelve un club de cuatro con gafete y excepción, aquí no se decide cuándo se oprime Enter (el botón de la siguiente ronda). Solo se consume.

La chispa fue Jacob Coxon, 27 años. Se fue el 8 y dijo que Anthropic y OpenAI apostaban nuestras vidas en la carrera. Su jefe de alineación, Evan Hubinger, habló de más de 10% de extinción esta década, y de que no hay plan. El sábado el director publicó el plan: no para detener el entrenamiento; para sentar al auditor. Geoffrey Irving, que dirigió la ciencia en el instituto británico de seguridad de IA, oyó adentro un organigrama más seco que cualquier cifra: un equipo alinea el próximo modelo; otro, el que sigue; nadie trabaja en los de después. Un auditor con escritorio no es el plano de ese edificio.

Dirán que asustan para regular al rival. O que algo secreto los espantó a todos el mismo día. Puede ser. Nate Silver cortó el segundo sermón: con lo que ya es público basta para alarmarse. El radar, aun así, parpadea cuando cuatro competidores piden ir más despacio y una exención para hablarse entre ellos. David Sacks, que co-preside el consejo científico de la Casa Blanca, lo dijo sin rodeos: si quieren marcar el paso, márquenlo; no pidan que les suspendan la ley para hablarse. El modo más fácil de no construir superinteligencia es ponerse de acuerdo en no construirla. Tomar el riesgo en serio y preguntar quién escribe la regla no se anulan. Rodrigo Pacheco lo midió al vuelo: el trato con China es el peldaño débil. Pekín no firma un techo porque Dario lo redacte. Trump ya dijo que no le preocupa la extinción; le preocupa perderle a China. El mismo ensayo pide no perderle a China.

La frase de siempre sigue mandando: si no lo hacemos nosotros, lo hace alguien peor. Con ella se justifica la siguiente ronda el mismo día en que se estima, en voz alta, una extinción de dos dígitos. No conozco otro oficio que aguante esa frase y abra como si nada.

La pregunta ya no es si Coxon tenía razón. El recorte dirá que sí: lo firmaron Amodei, Altman, Musk y Hassabis. La pregunta es más seca. Quién decide el siguiente entrenamiento cuando el auditor ya está sentado. Y por qué un comunicado de cuatro empresas (aunque ahora se llame plan) se lee como si fuera un tratado.

Que suene el #ruidoblanco. El recibo llega. La llave, no.

@ricardoblanco

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