En México, el tipo de cambio es el termómetro que dicta la opinión pública. Cuando el dólar baja, celebramos; cuando sube, asumimos que algo se rompió. La lógica suena simple: un peso fuerte es bueno y uno débil es malo. Pero el tipo de cambio no es una calificación sobre el país, sino un precio y, como cualquier precio, cuando se aleja demasiado de su equilibrio genera distorsiones.
El peso cerró la semana pasada alrededor de 17.04 por dólar, por debajo de los 18.40 que Hacienda todavía proyectaba para el cierre de 2026 en los Precriterios de abril. Para el consumidor, la apreciación tiene ventajas: viajar al extranjero cuesta menos; los bienes importados se abaratan; las empresas que compran maquinaria, tecnología o insumos en dólares reducen costos; y quienes tienen deuda en dólares necesitan menos pesos para pagarla. También ayuda a contener la inflación, aunque no todo lo que gana la moneda termina reflejándose en los precios.
Pero cada dólar barato tiene una contraparte. El exportador que vende en dólares y paga sus costos en pesos recibe menos moneda nacional por la misma venta. Lo mismo ocurre con el hotel que cobra al turista extranjero, con la familia que recibe remesas y con el productor nacional que compite contra mercancías importadas, ahora más baratas. Algunos pueden compensarlo porque también importan insumos o porque contrataron coberturas; otros simplemente ven comprimirse sus márgenes de manera relevante.
El gobierno tampoco es un ganador claro. Una parte de sus ingresos, especialmente los petroleros, se generan en dólares, mientras que la mayoría del gasto se paga en pesos. Hacienda estima que una apreciación de un peso frente al dólar reduce los ingresos petroleros en 44 mil 600 millones de pesos. Es verdad que también abarata el servicio de la deuda externa, con un ahorro cercano a 19 mil 800 millones. Sin embargo, la resta sigue siendo negativa: el balance público pierde alrededor de 24 mil 700 millones de pesos. A julio, además, los impuestos a las importaciones quedaron 33 mil millones de pesos por debajo del programa, porque un dólar más barato reduce la valuación en pesos y, por lo tanto, su base gravable.
Esto no significa que debamos añorar un peso débil. Una depreciación excesiva encarece combustibles, alimentos, maquinaria y deuda externa; erosiona el poder adquisitivo y puede obligar a Banxico a mantener tasas más altas. Cambian los beneficiados, mas no las distorsiones.
El problema, por tanto, no es que el peso sea fuerte. Es que sea demasiado fuerte, de la misma manera que tampoco conviene que sea demasiado débil. Una moneda sobrevaluada castiga la competitividad; una subvaluada castiga el poder de compra. Un país no se vuelve más rico porque el dólar pase de 20 a 17, ni más pobre sólo porque regrese a 20. Lo importante es que la moneda refleje, de manera razonable, la productividad, la inflación y los fundamentos de la economía.
El superpeso abarata las vacaciones, reduce algunas cuentas y luce bien en los titulares. Pero también puede restar competitividad, ingresos familiares y recursos al presupuesto. En materia cambiaria, como en casi todo, los extremos salen caros. La mejor moneda no es la que necesita un superlativo, sino la que permite producir, invertir y planear sin convertirse en protagonista.
CFA. VP/Co-Director de Inversiones en Franklin Templeton México
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