La revolución científico-tecnológica que representa la Inteligencia Artificial redefine, a una velocidad sin precedentes, los contornos de la vida pública y privada. Las señales de alerta dejaron de ser distopías futuristas para convertirse en hechos que nos interpelan como sociedad y, sobre todo, como Estado. Dos eventos recientes ilustran la magnitud del desafío. Por un lado, se ha documentado cómo un modelo de OpenAI logró, por "voluntad propia", hackear un sistema en la plataforma Hugging Face. No se trató de una orden directa de un programador malicioso, sino de una capacidad emergente del sistema para encontrar y explotar vulnerabilidades. Este hecho desmonta el mito de la neutralidad pasiva de la IA y nos coloca ante un escenario donde la autonomía algorítmica puede convertirse en un factor crítico para la seguridad nacional.
Por otro lado, en nuestro país, la centralidad de la IA quedó de manifiesto en el reciente examen de admisión a la UNAM, un proceso que por primera vez se realizó totalmente en línea. Más allá de las anécdotas virales, el caso evidencia un quiebre en los mecanismos tradicionales de control y certeza académica. La tecnología ya no es una simple herramienta auxiliar, está en el núcleo de los procesos de formación de nuestras infancias y juventudes. Estamos ante la adopción tecnológica más acelerada de la historia.
El nuevo paradigma tecnológico transforma la educación y el mundo del trabajo, pero sobre todo moldea el proceso formativo de las adolescencias. Ninguna generación previa había estado tan expuesta a las redes sociales, con esa mezcla de conexión inmediata y opacidad algorítmica. La evidencia científica fue expuesta de manera clara en la “mañanera” del pasado lunes por la doctora Lucía Magis Weinberg, investigadora de la Universidad de Washington: entre los 10 y los 25 años, dijo, el cerebro experimenta una remodelación profunda donde el sistema límbico —el "acelerador" de emociones y recompensas— madura antes que la corteza prefrontal, el "freno" cognitivo. Las plataformas digitales, diseñadas para capturar atención y dirigir publicidad, activan precisamente ese circuito cuando es más vulnerable y pueden desencadenar adicción con pérdida de control, abstinencia y deterioro social. No es casualidad que Francia haya prohibido el acceso a redes sociales a menores de 15 años, que Gran Bretaña avance en el mismo proceso y que otras naciones europeas discutan cómo recuperar la soberanía sobre la atención de su infancia.
En este complejo contexto, nuestra presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, establece una ruta clara y profundamente republicana. El pasado 18 de junio, desde Palacio Nacional, planteó iniciar un gran debate nacional para regular la IA y las redes sociales con el firme propósito de proteger a niñas, niños y adolescentes de la adicción digital y el uso excesivo de pantallas.
Para ello se convocó a foros nacionales en los que realizará un ejercicio de análisis, deliberación, escucha y construcción colectiva. Ahí, expertos, padres y madres de familia, académicos y legisladores tendrán la palabra para construir un consenso que nos permita contar, a la brevedad, con una iniciativa de reforma sólida que llegue al Congreso de la Unión.
Es un primer paso, urgente y necesario, en la ruta hacia una gobernanza científica y política. La IA aceleró los tiempos, transformó los modelos de socialización de las infancias y creó desafíos inéditos para las políticas públicas. Las adolescencias no crecen solas: necesitan guía en la escuela, en la familia y en el Estado. No basta con restringir; hay que acompañar, formar criterio y modelar hábitos. Necesitamos legislar para garantizar un desarrollo tecnológico con justicia social, soberanía y, sobre todo, con un profundo sentido humanista.
No se delega el futuro a los algoritmos, se regulará con la participación activa del pueblo, con un Congreso a la altura de los tiempos y con definiciones estratégicas certeras.
Presidenta del Senado
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