En el reciente Mundial de futbol tuvimos una exhibición rotunda de la cultura de la trampa. Desde su primer partido y hasta el último que jugó, la selección de Argentina dio una muestra nítida de lo que en México conocemos como ser gandalla, tramposo, sucio y desleal, futbolísticamente hablando. Y no fue excepcional, no fue cosa de uno o dos elementos: varios de sus jugadores, empezando por el mismísimo Lionel Messi, actuaron absolutamente alejados del llamado fair play una y otra vez. Algún amigo posteaba por ahí que ellos “sí saben jugar una Copa del Mundo”. No. Confundir la garra, la entrega, la pasión, el meter la pierna fuerte y el dejar la vida en la cancha para defender la camiseta de nuestros amores; mezclar eso con la transa y la mala leche, con la intencionalidad del daño y la artimaña, es inadmisible.
Y si además a todo ello le sumamos la ayuda injusta que le brindó la FIFA a través de arbitrajes sesgados, que gracias a la tecnología de esta época quedaron grabados y fueron exhibidos en redes sociales de todo el mundo, no tenemos más remedio que remitirnos al origen de esa cultura de la triquiñuela futbolística, retroceder hasta recordar aquel tongo descarado del Mundial de 1978, cuando la detestable dictadura militar argentina consiguió un inaudito 6-0 contra Perú, equipo ya eliminado que se dejó golear (observe los videos en YouTube) para que Argentina avanzara inmerecidamente a la final y con ello eliminara a Brasil por diferencia de goles. Para más datos, en aquella ocasión la FIFA programó el encuentro Argentina-Perú después del partido entre Brasil y Polonia, lo que permitió a los argentinos conocer previamente la diferencia de goles que necesitaban para clasificarse a la final. También fue muy polémica la visita del dictador Jorge Videla al vestuario peruano justo antes del inicio del partido. ¿Qué demonios hacía ahí? En esa ocasión, El Gráfico, aquel famoso semanario deportivo local, cabeceó “Hazaña Argentina”.
Hazaña. Vaya. Entonces hacer trampa fue (1978) y sigue siendo (2026) una admirable hazaña. Increíble. Avalar eso y además festejarlo en calidad de un verdadero orgullo nacional, festinarlo como un patrimonio para heredar a la sociedad en forma de legado patriótico, y encima hacerlo sin el menor recato, termina por generar ese sentimiento narcisista de que es válido atropellar todo con tal conseguir un objetivo que, al masificarlo y socializarlo, se purifica, se dignifica, y pierde su origen oscuro e ilegítimo. Y por ello, por todo ello, resulta que en serio te crees que eres mejor que los demás, una raza superior a aquellas nacionalidades que no hacen trampa y que en consecuencia no consiguen ser campeones.
En México engendramos en el siglo pasado nuestra propia versión, nuestro propio huevo de la serpiente con la identidad priista que se volvió política masiva en cualquier municipio: el que no transa, no avanza. ¿Moral? Eso es un árbol que da moras. La corrupción ha sido el peor problema de nuestro país porque implicó cultivar una profunda cultura de la trampa en todos los sectores de la sociedad, desde la mordida a un policía de tránsito hasta las fortunas millonarias de presidentes, gobernadores y funcionarios que contaminaron todo, absolutamente todo el aparato burocrático de la república. Lana para engrasar. “El que no roba, aunque sea poquito, es bien pendejo”, me dijo un día un diputado federal oaxaqueño en una inusual tertulia en la que un alcalde mexiquense, también del PRI, acuñó aquello de: “Confirmo”, y ambos brindaron riendo estentóreamente por aquello de “vivir dentro del presupuesto para rascarle un cachito, aunque sea un ratito”.
El odioso diminutivo de la inmundicia. El cinismo institucionalizado. ¿Qué hacen algunos jóvenes ante todo ese? Emular. Desgraciadamente, lo mismo que les inculcaron: transar, trampear. Comprar un examen. Suplantar. La IA al rescate para chingarse a alguien. ¿Estudiar? Darle una lana a alguien para engañar y abusar. ¿Por qué no? Ahí están algunos en TikTok llamando a eso, festinando eso: la estafa, el timo, la transa. Influencers del agandalle, influentes del robo. Haz trampa, incitan, o eres muy wey; me cae que eres muy pendejo si no lo haces. Corromper, dejarse corromper, da igual, el resultado de la ecuación es el mismo: joder a alguien más, al futbolista que jugó limpiamente (gracias, España, por la lección a los rufianes), joder al alumno que se mató estudiando.
Pues no. A veces con mucho sufrimiento y sacrificio, pero afortunadamente tarde o temprano la ética y la honestidad se imponen y las transas quedan no sólo nulificadas sino exhibidas con todo y sus abusivas complicidades.
AL FONDO
“El hacer trampa es algo que no solamente daña a la institución, daña a la sociedad en su conjunto, es algo que erosiona el tejido social, es una práctica que debemos desterrar”, subrayó ayer el Rector de la UNAM, Leonardo Lomelí Vanegas.
Pues eso, hay que aferrarse con todo a valores y principios, a un comportamiento ético y probo, y no caer jamás en la tentación de recurrir a ayuda fraudulenta porque eso no es otra cosa más que corrupción.
jp.becerra.acosta.m@gmail.com
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