En estos momentos, que recordamos los 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y como sobreviviente del mismo en lo que se conoce hoy como “la zona cero”, no puedo hacer más que una reflexión sobre estos acontecimientos y de su impacto.
Desde luego, el primer pensamiento es de agradecimiento por estar escribiendo estas líneas, por la oportunidad de volver a estar en mi casa, con mi familia, con mis amigos, con mi red de pertenencia, por haber renacido y haber tenido una segunda oportunidad. Por esa luz que se sigue filtrando cada mañana desde mi ventana y que me sigue animando a seguir adelante, con voluntad, con propósito, con alegría.
Yo estaba en la segunda torre, la Sur, y cuando el primer avión pegó en la torre Norte, me asomé desde mi cuarto de hotel (piso 17) y lo que vi fueron cosas de oficina volando sobre todo papel, como una nevada sucia. Aturdida y confundida sobre lo que estaba pasando fuimos ordenados a quedarnos ahí donde estábamos. Pero un sexto sentido nos impulsó, a mi amiga y a mí, a no permanecer ahí, a escapar. El edificio no dejó de moverse, todo crujía, el acero gritaba con un llanto desgarrador.
En el camino desde que salimos del recinto hasta que fuimos recogidas por un barco en el Hudson, el día más largo de nuestra existencia, lo vimos todo, lo sentimos todo y el olor a combustible y el hedor a muerte inundó nuestro ser.
Y en ese transcurso que fueron poco más de dos horas interminables, pasó de todo: alguien rezaba por nosotras, alguien imploraba que regresáramos a kilómetros de distancia, un exsoldado nos daba instrucciones para taparnos la nariz y boca con un calcetín e inhalar el poco aire fresco que ventilaba desde el Hudson, algún otro me dio la instrucción para poder salir del complejo y un marine tomó de mi brazo y previno mi caída para subir a un barco que me atravesaría a New Jersey. Y éramos muchos, pero en ese momento éramos solo uno.
Y luego, vino la pregunta ¿y por qué tanto odio? ¿y por qué me pilló a mí? Y he decido, en contrapartida, no odiar, porque la oscuridad, confunde, la luz es la que ilumina, la que da certeza.
El odio construye torres, para luego tirarlas. El amor construye escaleras para que se pueda subir y extender la mano al que no puede hacerlo.
El odio no tiene ganadores, todos pierden: los que se mueren y los que matan y se corroen por dentro después en una muerte larga y agonizante. Y yo decidí renacer y no por ellos, sino por mí.
En el 9/11 la guerra no pasó lejos, entró por mi ventana, mi cuarto, mi vida. Y nunca se fue, está ahí instalada en el miedo, en la sospecha, en lo incomprensible que pueden ser los actos humanos.
Y, sin embargo, también quedó la luz, esa que también vi en mi trayecto de escape; el que donó sangre, el que fue a socorrer entre los escombros, la mano que me dio fuerza, la oración que me acompañó y empoderó.
La luz de ese día, de ese momento, está todavía en todos y cada uno que quienes prefieren no llegar primero sino ayudar al otro a lograrlo, que no compite con denostaciones, dividiendo o poniendo el pie, que no prefieren subir rápido para solo destruir.
* Catedrática de la Anáhuac Graduate School of Business de la Facultad de Economía y Negocios en la Universidad Anáhuac México.
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