Hace algunos días reflexionaba en torno a por qué necesito escuchar ruido a la hora de escribir. Quizá tiene que ver con la solitaria infancia que llevé, cuando el televisor y la radio eran mis compañeros durante los largos días luego de la jornada escolar. Por mi contexto fronterizo, escuchaba las películas en inglés pero las telenovelas siempre en español, no me apena decirlo. Recuerdo comer con la televisión encendida o escuchando la música que mi nana ponía en su mueble tocadiscos. También repaso una y otra vez las decenas de películas que casi podría recitar de memoria. El tema de estos recuerdos lo limito a que fui un heredero de la radio; por tanto, necesito del ruido de las melodías, los diálogos o el ruido blanco.

Evoco bien las repeticiones de La tremenda corte, Kalimán, Chucho el Roto, amén de otras. Esa es parte de mi herencia cultural, no lo niego. Me define ese momento infantil que lo mismo me generó una inquietud por la creación que una visión crítica del mundo a esa edad. Me dio identidad bajo ese contexto fronterizo, entre dos lenguas, culturas y vaivenes políticos. Así, mientras cursaba la maestría en Comunicación Política Estratégica en la FLACSO, discutíamos acerca de la historia de México. Atinadamente, la profesora del curso comentaba la dificultad de generar unidad nacional, una historia común, cuando la historia misma del país, en sus raíces, era tan variada y lejana a nuestra concepción del mundo.

Varios compañeros estuvieron en contra de esa propuesta, pues revaloraban el pasado indigenista del país, lo cual en sí mismo no es un error. No obstante, cerrarse a la concepción de una nación moderna sin ese pasado es también un error. Me explico sin generalizar: en lo personal, las culturas del sureste de México no significan nada en el entramado identitario de la herencia que llevo a cuestas. No me refiero a creerme extranjero sino a ser un mexicano alejado de esa cosmovisión arraigada al sureste, lo cual, como originario del norte del país, de una ciudad como Tijuana con apenas cien años de historia y surgida en la arena, no suma demasiado al imperativo de nación. Aunque sí importa. Porque hasta la fecha no he escuchado en este nuevo régimen menciones que vayan más allá del ámbito indigenista so pretexto del sufrimiento histórico de los pueblos. No minimizo con estas palabras ese pasado, pero reflexionemos respecto a que sus culturas se han tornado utilitarias al discurso político moderno.

Aquí los matices: una cultura originaria como diversas en el norte de México apenas roza los 130 años como promedio; la independencia de la nación ahora llamada México con sus 200 años, y la Revolución ya en su centenario, nos enmarcan, si somos críticos, en otro tipo de discusión histórica de orígenes y destinos. No entraré aquí en el entuerto del nombre del país, que nos puede mandar hasta el siglo XIV, porque nos quedaríamos atrapados en eso. Tampoco sumaré a la discusión si desde 1813 se adopta el nombre por completo, porque para el argumento seguiríamos enfrascados en arcaísmos históricos. Ese tiempo, esa historia, es ajena a la nuestra. Por eso se necesita redefinir al país como concepto que sea viable, reconocible y fundacional para las nuevas generaciones.

Estamos viviendo, guste o no, con la llegada de Morena como proyecto político una retransformación que tiene como modelo la renovación institucional de la Revolución Mexicana, por lo menos en su discurso. El movimiento que encabezó en su momento Andrés Manuel López Obrador retomó del pasado la recomposición de un país basándose en los símbolos y héroes patrios y, en una segunda fase, incorporó a las culturas originarias: las convirtió en argumento de legitimidad cuando el discurso lo requirió. Por otra parte, Lázaro Cárdenas, quien gobernó de 1934 a 1940, sentó las bases políticas, sociales y económicas que permitieron el inicio del periodo conocido como el milagro mexicano, aunque es un tema a discusión, ya que hay quienes ubican el periodo del 54 al 70 y otros más del 58 al 70. El tema es la construcción de un concepto de nación que surge con la Revolución misma y, por tanto, nuestra historia moderna: aquella que podemos enseñar a nuestros hijos sin someterlos a identidades fuera de su realidad, pues en la medida en que forzamos la cultura generamos rechazo o desinterés por nuestro país. Y no se trata aquí de borrar el indigenismo sino de darle su lugar originario, no más.

Creo que México inicia su nueva historia a partir de la concepción de las instituciones posrevolucionarias que le dieron forma y fondo a la nación. No antes. La Revolución no fue solo un conflicto armado sino el momento en que culturas, regiones e intereses dispersos a lo largo de un territorio enorme cedieron, o fueron obligadas a ceder, parte de su autonomía a un gobierno central con el mandato de nombrarlos, cuidarlos y defenderlos bajo un mismo nombre frente a los intereses extranjeros. Ese pacto fundacional es el piso real sobre el que se edifica lo que llamamos México.

Estamos, pues, en un presente histórico de reconfiguración, y el partido en el poder se confunde a sí mismo en el intento de fortalecer al país porque no lo ha conceptualizado del todo. Morena retoma los símbolos de ese pacto fundacional, los héroes, la Revolución, el nacionalismo institucional, pero los aplica sobre una realidad que ya no corresponde a ese molde. El país que Cárdenas ayudó a construir era uno; el que habitamos hoy es otro, más fragmentado, más fronterizo, más global y, sobre todo, consciente de que la nación oficial nunca fue tan homogénea como su discurso pretendía.

Si partimos desde el periodo de estabilización hasta la fecha, México es en suma un conglomerado cultural que tiene como pilar la consolidación de una nación surgida desde la concepción humanista de la Revolución Mexicana. Ese es su origen verificable. Lo que viene encima, los símbolos que cada gobierno elige para representarlo, es ya interpretación, y toda interpretación sirve a alguien. Cuando las culturas originarias se utilizan para delimitar qué es México y qué no, el país se vuelve apático porque la generalización excluye. El norteño que no se reconoce en el huipil no es menos mexicano. El fronterizo cuya historia tiene cien años no tiene menos derecho al país que quien puede rastrear su linaje hasta el siglo XIV.

Así, no se construye identidad nacional desde arriba hacia abajo sin producir exactamente el rechazo que se pretende evitar. Las generaciones que crecieron sin la cosmovisión del sureste como referente no la adoptarán por decreto ni por huipil en la mañanera. La identidad se vive antes de que alguien la nombre, y cuando el nombre llega tarde y forzado, lo que produce no es pertenencia sino indiferencia o, en el mejor de los casos, condescendencia ciudadana.

Ahora bien, el argumento que nadie en el debate político nacional quiere responder es: si el piso fundacional de México son las instituciones posrevolucionarias, ¿qué ocurre cuando esas mismas instituciones se erosionan? El IMSS, la SEP, Pemex, el IFE transformado en INE y luego reconfigurado: la historia reciente del país es en buena medida la historia del desmantelamiento gradual de ese pacto. Morena lo retoma en el discurso y lo erosiona en la práctica. No se puede invocar a Cárdenas como modelo y simultáneamente desmantelar los contrapesos institucionales que hicieron posible la estabilidad que él dejó como herencia.

La preocupación de fondo no es ideológica sino conceptual. Hacer de la victimización el principio refundacional de un país es apostar por un relato que se alimenta del agravio histórico y que, en consecuencia, necesita mantenerlo vivo para justificarse. Un país que se define por lo que le hicieron (los españoles, por ejemplo) no tiene proyecto alguno que lo enraíce. Y el resentimiento administrado no elimina los sesgos que arruinan el futuro sino que los institucionaliza. México merece un concepto de nación que no dependa de la herida para existir, sino de la capacidad, todavía intacta en su gente, de construir un país que valga la pena defender sin necesidad de que alguien más lo haya destruido primero. Lo que más le falta a este país es unidad porque la trampa política engaña a la gente y la distrae… de qué otra forma podríamos entender que las transformaciones supuestas no le brindan al Estado paz… la demagogia es, hoy por hoy, la suma herencia de una transformación a decir mexicana carente de pensamiento crítico en su justa medianía.

Y recordando el pasado: necesitamos a uno o varios José Vasconcelos aunque su discurso también indigenista era plural en su filosofía. “lealtad al deber, no a los hombres, es lo que yo grabaría en la puerta de cada escuela”, decía el filósofo… y qué difícil es esto cuando a los niños se les enseña a escribir “hombrxs” restándoles identidad desde la palabra. Así México.

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