Qué difícil es no hablar de nuestro país cuando vemos de frente los contextos que lo avasallan. Me refiero a la gente y a sus realidades, a sus verdades cotidianas que ningún informe de gobierno captura del todo. Opinar sobre México es, antes que nada, un acto de humildad: operamos siempre desde la suposición, desde los fragmentos que alguien más procesó antes de entregárnoslos. Para comprender un país hay que entender primero sus contextos. México no es una sola nación en su entereza. Los contextos y realidades del norte, del noroeste, del centro, del noreste y del sureste son tan disímiles que resulta absurdo querer explicar la realidad del país de un solo trazo. Y entre compatriotas se generas las distinciones.
Las culturas originarias del país merecen reconocimiento genuino. Sin embargo, resulta llamativo cómo desde las huestes del gobierno federal se ha querido solventar el poderío cultural del pasado con símbolos que no representan a todas las regiones del país, ni a todas sus tradiciones. No es una negación: es la advertencia de que generalizar en cuanto a qué es un país produce distorsiones. Me parece cuestionable que los huipiles y toda variante de vestimenta indígena se cataloguen como la media cultural cuando son apenas un símbolo utilitario que se torna político. No desestimo que existan personas que se acercan de corazón a las culturas originarias. Pero no todos lo hacen bajo esa lógica, y distinguirlo es necesario.
México se ve dividido y contrastado por los contextos, empero, la política invita a pensar en un proyecto que marcha viento en popa. Una porción considerable de la sociedad percibe que el país va mal. La economía no invita al optimismo simple: el PIB y la inflación muestran señales administrables, pero el endeudamiento por encima del 50 por ciento mantiene focos rojos. Una parte de la sociedad ideologizada acepta que el país marcha sin importar los pormenores de violencia, siempre que los apoyos del gobierno continúen. Otra parte sufre los cambios políticos que la dejan fuera de la jugada; y la pregunta que ninguno responde del todo es cuál es la realidad, por lo menos la aparente.
Hay una crisis de seguridad y sus avances. Eso es innegable y lo demuestra el propio gobierno federal al presentar los números de desaparecidos y de asesinados: es nuestro contexto y no admite eufemismos. También existe una población que ha salido de la pobreza, y esa parte importa porque la pobreza tiene matices que conviene no ignorar. Decir que no existe la pobreza extrema en muchos casos se mide como aquella que se elimina cuando la gente puede comer un par de veces al día y trasladarse del punto A al punto B. No entremos en la trampa de esa definición mínima como si fuera un logro suficiente pues la pobreza como concepto es también un tecnicismo.
El contexto político con el que más de 30 millones de mexicanos votaron se contrapone contra el de una oposición que apenas respira y que necesita urgentemente voces que entren al duelo político con argumentos. Pareciera que existe un pasmo conceptual en quienes no comulgan con Morena como partido ni como gobierno. Siguen intentando disputar la arena política sin entender el escenario. Los contraargumentos que Morena misma como partido les otorga ya están puestos: solo es cuestión de cambiar el discurso. No obstante, el miedo a perder lo poco que se tiene paraliza a la oposición, aunque la trampa de la democracia misma no permitiría que la oposición desapareciera del todo.
Hace unos días abordé un taxi conducido por un señor cubano, negro, de la tercera edad. El color de su piel viene a colación porque me comentó que durante años estuvo en el Congo, que participó en guerrillas y luego estuvo en Angola. Me dijo también que el peor lugar para vivir es Francia, luego Estados Unidos, y que México era, por mucho, el mejor país del mundo, luego de abonarle una senda crítica a Cuba. Dijo: aquí el que quiere trabajar puede hacerlo, y aquí hay libertad. He viajado lo suficiente como para coincidir en que México, mi país, es un gran lugar para vivir. Nunca he tenido esa pasión extranjera por vivir en otros espacios. He estado por largas temporadas en Europa y otros países, y no me generan esa pasión extrema que nubla realidades. No desearía vivir hoy en Inglaterra, donde podría ir a la cárcel por escribir estas palabras, de la misma forma que no desearía vivir en España en medio de su guerra de teoría de género y la legalización de la estupidez a partir de las nuevas religiones mentales y la transformación del cristianismo hacia el Islam, aunque como país para allá vamos. Del señor taxista me interesa su contexto: un migrante cubano que habla de libertad con la autoridad de quien sabe lo que es su ausencia.
No estoy de acuerdo con el contexto de desorden que se vive en México. Existe un desaseo político bastante fuerte que debilita al Estado mismo en su discurso y en su proceder. Los logros, ciertos o no, del sexenio pasado y del que corre se ven opacados por el proceder de la masa política que los arropa. El sentimiento de falta de control que se percibe desde fuera del Poder Ejecutivo es preocupante. La agenda del gobierno es reactiva: durante los últimos meses hemos visto una avanzada de desorden generada por gobernadores, senadores y secretarios de Estado que participan del gobierno que dan pena, por decirlo educadamente.
El contexto de quienes marcharon con Andrés Manuel López Obrador bajo la ideología de izquierda es uno, y el de quienes vieron oportunidades económicas o políticas es otro. Debe ser difícil para quienes, desde su propio contexto como ciudadanos, creyeron en los primeros, ver cómo hoy los protagonistas de la transformación son acusados de un sinnúmero de crímenes económicos y otros más; no obstante, no todos son malas personas. El caso de Rubén Rocha Moya es absurdo: acusado por el gobierno estadounidense de varios delitos, primero pidió licencia, regresó al cargo y volvió a renunciar, dejando la sospecha de una confrontación entre la presidenta Claudia Sheinbaum y su predecesor. Eso es elucubración, pues no estamos en las entrañas del poder para saber la realidad. Todo es suposición que en muchas ocasiones se corrobora. Pero: si durante bastante tiempo el gobierno federal y su titular se preocupó por el gobernador reclamando pruebas, ¿por qué no dejarlo gobernar si no tiene nada que ocultar, si las pruebas nunca se mostraron por parte de Estados Unidos y no hay delito que perseguir? Esa incoherencia en el discurso del gobierno federal se torna absurda, desarma y desnuda a Morena, y le da la razón al país vecino.
Viene bien aquí lo que Fiódor Dostoyevski escribió en Los hermanos Karamázov: “ante todo, no te mientas a ti mismo, porque el hombre que se miente y escucha su propia mentira llega a un punto en que no puede distinguir la verdad dentro de él ni a su alrededor, y así pierde todo el respeto por sí mismo y por los demás, y sin respeto deja de amar”. Esa advertencia aplica con rigor a la clase política mexicana en este momento, que ha construido un sistema de autoengaño tan sofisticado que ya no distingue entre el relato que produce y la realidad que administra.
Si analizamos el contexto desde afuera, se percibe sin problema una descomposición fuerte por parte del aparato del poder y del partido. El contexto desde el poder es complicado porque aceptar que el movimiento está corrompido es aceptar un fracaso que también involucra a todos los civiles, los empresarios, los ideólogos, los artistas, científicos y las personas de a pie que confiaron en él. Es la descripción de una trampa real en la que personas bienintencionadas están atrapadas.
México es un gran país. Con miles de contextos e intereses regionales que confluyen, se quiera o no, en un solo discurso de nación, con una energía social que ninguna crisis política ha logrado extinguir. Se puede argumentar que el país marcha bien y que todo son exageraciones. Muy bien, creamos en ese contexto. Pero los hechos muestran un desorden, aclaro: un desorden, producido por el “hambre extrema” de algunos actores políticos que se han encargado de generar un caos por ideas políticas de liberación que, si bien no son obsoletas, han sido demasiado manoseadas a lo largo del siglo XX como para presentarlas como novedad.
La política se hace en consensos y con acciones claras. Hablo del presente, porque traer a colación el pasado como argumento político es la tesis más barata que existe. No importa si el caos es heredado, si lo reclamaste para ti acepta sus consecuencias y esto aplica en la vida como en la política.
La pregunta queda abierta: ¿qué ruta debe tomarse? La presidenta debería desacelerar el ritmo político y no permitir que nadie intente posicionarse como candidato a nada, luego de la selección aguerrida, corrompida y desgastante de los 17 posibles gobernadores para el 2027, sino hasta marzo del próximo año. El desgaste para la sociedad es considerable, y para el proyecto mismo que mueve al país en este momento es mayor aún.
El señor cubano que concluyó que México es el mejor lugar del mundo para vivir, tiene una ventaja sobre nosotros: no ha sido anestesiado por la normalidad del desorden. Quizá esa es la mirada que hace falta. Dostoyevski también escribió que una bestia nunca puede ser tan cruel como un ser humano, tan artística y pictóricamente cruel. La crueldad que México padece no es la de las bestias sino la de los hombres, y eso la hace más difícil de combatir porque tienen nombre, tienen cargo, tienen fuero y tienen cuenta bancaria. ¿Acaso es tan difícil ponerse a trabajar para que al país le vaya bien? Urge limpiar la casa. Urge gobernar con la seriedad de los adultos: ser mujeres y hombres de estado que hace tiempo debieron dejar el espíritu de las asambleas universitarias donde todo es ideología sin rumbo.
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