Los últimos datos del Producto Interno Bruto parecen traer buenas noticias para la economía mexicana. Durante el segundo trimestre de 2026, el PIB creció 1.4% respecto al trimestre anterior y 1.9% en comparación con el mismo periodo del año pasado. Son cifras positivas, sobre todo porque revierten el débil desempeño observado al inicio del año. Las cifras muestran una economía que crece; la pregunta es cuántas personas pueden realmente sentir ese crecimiento.

Detrás del dato nacional existen diferencias importantes. Durante el segundo trimestre, el mayor dinamismo provino de las actividades primarias y terciarias, que crecieron 4.8% y 2.3% anual, respectivamente. Las actividades secundarias —donde se encuentran la construcción, la minería y las manufacturas— avanzaron apenas 0.9%. En ese sentido, los datos muestran que el crecimiento no está llegando con la misma fuerza a todos los sectores de la economía.

El panorama resulta todavía más revelador cuando ampliamos el periodo. Al llegar a la mitad de 2026, el PIB nacional acumulaba un crecimiento de 1.2%, pero las actividades secundarias prácticamente permanecían en el mismo lugar: durante los primeros seis meses del año crecieron apenas 0.1%. En otras palabras, una parte importante de la economía mexicana llegó a mitad de año prácticamente sin crecimiento.

Y esto importa porque la industria manufacturera no ocupa un lugar menor en nuestra economía. Genera alrededor de una quinta parte del PIB nacional y durante décadas ha sido uno de los principales motores de las exportaciones, la inversión y el empleo en distintas regiones del país. Por eso, cuando la manufactura se debilita, sus efectos pueden sentirse mucho más allá de las fábricas y llegar directamente al empleo y a las oportunidades de miles de familias.

Las señales recientes no son particularmente alentadoras. En junio, el volumen de la producción manufacturera, es decir, es decir, cuánto están produciendo las fábricas, cayó 2.4% respecto al año anterior. El personal ocupado disminuyó 1.5% y las horas trabajadas también se redujeron 1.5%. Es decir, mientras observamos una recuperación del PIB nacional, uno de los sectores con mayor peso económico está produciendo menos y empleando a menos personas.

Hay, además, un elemento que vuelve particularmente relevante observar estos datos durante los próximos meses: la debilidad manufacturera que hoy registran las estadísticas se presentó antes de conocer plenamente el rumbo que tomará la relación comercial de Norteamérica. Esto significa que la industria llega al siguiente capítulo del T-MEC con señales de desgaste que ya estaban presentes.

Por eso resulta difícil justificar el triunfalismo con el que suelen recibirse algunos indicadores económicos. El crecimiento del PIB es una buena noticia y debe reconocerse como tal. Pero celebrar el dato sin mirar lo que ocurre detrás de él ofrece una visión incompleta. Una cifra positiva del PIB difícilmente puede convertirse por sí sola en motivo de celebración para quienes están perdiendo horas de trabajo o encuentran menos oportunidades en las industrias de las que dependen sus familias.

A mitad de 2026, los resultados todavía obligan a ser cautelosos. El PIB acumuló un crecimiento de apenas 1.2% y las actividades secundarias prácticamente no avanzaron. Esto no significa que las políticas económicas hayan fracasado ni que México se encuentre frente a una crisis. Significa que todavía existe una distancia importante entre los resultados que se celebran y el crecimiento que el país necesita.

Quizá ahí debería estar la discusión económica de los próximos meses. No en decidir si un trimestre de crecimiento demuestra que México “va bien” o “va mal”, sino en preguntarnos qué estamos haciendo para que esa recuperación pueda sostenerse y, sobre todo, llegar a más personas.

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