El domingo pasado, 26 de julio, Isaac del Toro subió al podio del Tour de Francia. Tercer lugar general, maillot blanco al mejor joven, una etapa ganada. Su primer Tour. Tiene 22 años. Léanlo otra vez despacio, porque no es poca cosa: es el primer ciclista mexicano en 123 años de historia de esa carrera que llega al podio.

El primer latinoamericano desde que Richard Carapaz lo hizo en 2021. Antes de él, nada más cuatro colombianos habían tocado ese lugar privilegiado en el tour: Fabio Parra, Rigoberto Urán, Nairo Quintana, Egan Bernal. Y ya.

Y aun así, siento que muy poca gente en este país realmente se enteró. O se enteró, pero como quien lee una nota curiosa entre el clima y el tránsito, no como quien acaba de presenciar algo histórico.

Vale la pena parar tantito ahí. Tres semanas de carrera, más de 3 mil 300 kilómetros, subidas que te destrozan las piernas y la cabeza, y un pelotón donde estaban Tadej Pogacar y Remco Evenepoel, los dos mejores del mundo ahora mismo. Del Toro no llegó, se quedó ahí 21 etapas, metido entre los tres primeros en cinco de ellas. Eso no es suerte. Es aguantar, etapa tras etapa, contra la élite.

Mientras tanto, cualquier jornada sin chiste de la Liga MX se lleva más minutos al aire que esto.

No es que el futbol no merezca su lugar. Lo tiene, y con público de sobra. El problema es otro: aquí el deporte parece que solo cuenta si trae un balón de por medio. Todo lo demás —ciclismo, atletismo, box, clavados, beisbol, lo que sea— vive en la nota chica, en el “ah, y también pasó esto”.

Y la ironía es que esos deportes de segunda fila, a los que casi no volteamos a ver, son justo los que más nos han dado. Ahí están las medallas en clavados. Ahí están boxeadores mexicanos que han estado entre los mejores del mundo, no de este país, del mundo. El fútbol, en cambio, lleva años con la misma cantaleta: mucho dinero, mucha cancha, mucha cámara, y los resultados no le llegan ni a los tobillos a lo que le exigimos.

Cuando no contamos estas historias, no solo le fallamos al deportista. Le fallamos al niño que ve futbol todos los domingos y nunca se le ocurre que una bici también puede llevarlo lejos, porque nadie se lo narró con esa emoción. Del Toro no salió de la nada. Viene de años de categorías juveniles, de un proceso que —con todo y sus huecos— lo trajo hasta aquí. Contar eso bien, con el mismo entusiasmo con que se narra un gol al noventa, también es sembrar algo.

No estoy diciendo que apaguen el fútbol. Estoy diciendo que abramos un poco más la cámara. El deporte mexicano da para mucho más de lo que la agenda de siempre nos deja ver. Del Toro nos regaló uno de los resultados más grandes en la historia del deporte de este país. Lo menos que merece es que nos enteremos de verdad, y que en unos años nos siga sonando tan grande como suena hoy.

@Gusocalderon

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