El sábado, el América y las Chivas demostrarán que el futbol mexicano conserva algo que sus dirigentes no han sabido cuidar: La pasión de la gente. El Estadio Azteca se encenderá, las familias se dividirán y un gol podrá cambiarle el humor a medio país. No por una campaña publicitaria. Por una historia construida en la cancha y en la memoria de los aficionados.

Los dueños conocen el valor de esa pasión. La venden bien. La convierten en boletos, anuncios y derechos de transmisión.

Lo que cuesta encontrar es la misma ambición cuando toca construir una Liga más competitiva. Para eso, siempre aparece una excusa, un plazo o un reglamento hecho a la medida de quienes ya están dentro.

Una Liga sin ascenso deportivo le dice a los clubes de abajo que ganar no basta. Un torneo que cambia de formato, según la conveniencia de sus propietarios, les pide a los aficionados aceptar reglas que ni sus dirigentes respetan como principio.

Y luego hablan de grandeza, como si pudiera comprarse en una campaña de promoción.

El Clásico es su coartada perfecta. Mientras el América y las Chivas llenen estadios y acaparen conversaciones, pueden presumir que el negocio funciona. Pero una taquilla llena no absuelve una mala gestión.

Que el público siga llegando, no demuestra que esté satisfecho, demuestra que ama este juego más de lo que sus administradores lo respetan.

A los futbolistas, también les toca responder. Nadie les exige un partido impecable, pero sí uno a la altura de la expectativa que cargan sus camisetas.

Se vale perder; sin embargo, no vale refugiarse en el peso del escudo para disimular la falta de juego o carácter.

El sábado, millones de personas seguirán cada jugada. Los dirigentes volverán a contar esa atención como un éxito propio.

Conviene recordarles que no la crearon ellos. La heredaron. Y cada vez que anteponen la comodidad del negocio a la competencia, la ponen en riesgo.

El Clásico no le debe nada a los dueños. Son ellos quienes le deben un mejor futbol a la gente.

@elmagazo

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