Égar, Juan, Juana, Christopher, Derek, Víctor y Jesús son los nombres de siete adolescentes mexicanos que tienen en común haber sido detenidos o abatidos por las fuerzas del orden. El primero de ellos, reclutado a los 11 años y arrestado a los 14 en 2010, confesó haber participado en homicidios; otro murió acribillado unos segundos después de asesinar a un alcalde; el más reciente, de 15 años, perdió la vida en un operativo en agosto pasado, aparentemente cuando se desempeñaba como guardaespaldas de un jefe criminal.

Al momento en que la prisión o la muerte alcanzó a estos jóvenes, estaban del lado del crimen. ¿Cómo llegaron hasta allí antes de cumplir siquiera 18 años? La tragedia, que alcanza a muchos menores de esa edad, nos obliga a preguntarnos qué hace posible que se reproduzca el drama de los adolescentes victimarios, que necesariamente son víctimas también.

¿Su incorporación a la delincuencia fue producto de una decisión individual y, en todo caso, fue por necesidad, parentesco, desesperación, ambición, soledad, imitación? Las respuestas importan.

¿Se debió al entorno familiar, los amigos, la escuela, la presencia de organizaciones criminales en su pueblo, en su barrio o en las redes? ¿Fue porque, de tan cotidiano y a la vista, el delito comenzó a ser una vocación posible?

¿Fue a causa de una condición precaria, problemas familiares, abandono, violencia, carencia de oportunidades? ¿Fue porque en casa no había dinero y afuera no había trabajo? ¿O porque de los posibles empleos para un adolescente el único que representaba una aventura y a la vez una promesa de dinero rápido era el de la delincuencia? ¿Y si el espejismo no solo era dinero sino también sentido de importancia, reconocimiento o pertenencia?

¿Y si fue por un amigo o por el primo que siempre trae dinero o el padrino que alardea de poder y de opulencia? ¿O si fue porque los héroes de aquella serie lucían invencibles y avanzaban a punta de homicidios y negocios deslumbrantes? ¿O porque alguna vez apareció en redes ese muchacho jactancioso que exhibía dólares y armas, posaba con ametralladora y presumía orgullo criminal y dominio sobre el mundo? ¿Y si alguien les dijo que había una vida corta, pero mejor, en la que se escalaba con un poco de suerte y unos cuantos muertos?

¿Y cuántos casos más habrá, como los hay documentados, de jóvenes que directa y brutalmente fueron o son víctimas de ciberacoso, amenazas, engaños, trampas o raptos para someterlos a reclutamiento forzado? Las respuestas son diagnóstico. Afortunadamente ya hay personas e instituciones que analizan estos procesos.

Sin descartar la culpabilidad de los reclutadores criminales ni otras responsabilidades asociadas a la tragedia, estamos obligados a reflexionar cuánto peso tiene en ella nuestra indiferencia de años, nuestra ceguera voluntaria o nuestro cómodo silencio.

El infortunio de los adolescentes que se incorporan a las bandas delincuenciales tiene que dolernos como si fueran nuestros, que lo son en más de un sentido, como parte del país que somos. Pareciera que al registrar sin alarma la frecuencia de estos casos, los aceptamos como anomalías menores. Y no. Se trata de hechos de imposible normalización, que siempre debemos rechazar y condenar.

Especialista en derechos humanos.

@mfarahg

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