Mientras entrevisto al arqueólogo Gustavo Coronel Sánchez, una de las voces más autorizadas para hablar de la historia de Texcoco, cobro conciencia del lugar en el que estamos. Hay que imaginarse al poeta Nezahualcóyotl, rey del sitio, luego del triunfo de la Triple Alianza en 1465, cuando pidió como tributo a Chalco dos mil ahuehuetes para enmarcar sus jardines. Llegaron en procesión los árboles, con rituales dedicados a la tierra y al agua, elementos fundamentales en la cosmovisión mesoamericana y formaron, junto con abundantes fuentes, estanques, canales, laberintos y una gran variedad de plantas, flores y aves, un vergel, no solo para el embellecimiento del entorno palaciego, sino para la inspiración poética.

Gracias a los cronistas de la región de Texcoco, capital del señorío Acolhua, y sus descripciones de los jardines y sus ahuehuetes, los arqueólogos pudieron constatar su ubicación. Se descubrió el sistema hidráulico constituido por un cuerpo de agua de unos 160 metros limitado al norte y al oriente por un acueducto. Coronel me muestra su tesis sobre la ciudad en la época prehispánica (basada en la teoría de la antropología ecológica) y fotografías de la genialidad arquitectónica que hallaron en 2006, hoy sepultada debajo de una nueva plaza comercial.

Cuenta: “Este jardín no solo era un lugar de recreación, sino también de contemplación y contacto con la naturaleza. Estaba adornado con una gran variedad de plantas y flores, además, su diseño incluía sistemas hidráulicos avanzados, como acueductos, canales y estanques que permitían la distribución eficiente del agua (…) Las narraciones históricas, de siglos posteriores a la Conquista, destacan la belleza y el simbolismo del jardín, resaltando su amplitud y majestuosidad como un lugar amplio rodeado con ahuehuetes. Este espacio palaciego, además de embellecer la ciudad de Texcoco, era un reflejo del refinado sentido estético de Nezahualcóyotl y su visión filosófica sobre el poder y la transitoriedad de la existencia.”

Coronel recuerda a Fray Juan de Torquemada (1557-1624), misionero, historiador y cronista franciscano que reseñó la inauguración de las casas reales de Nezahualcóyotl, en lo que se conoce hoy como la zona arqueológica Los Melones, a unos metros del sitio Ahuehuetes Tetzcoco. Cuando el tlatoani convocó a sus aliados de Tenochtitlan y Tlacopan a conocer el esplendor de la obra, más allá de la fastuosidad de la ceremonia “su mensaje fue profundamente filosófico”. Cita de memoria el canto: “Entre los coposos ahuehuetes, hay frescas y olorosas flores, y aunque por algún tiempo están frescas y vistosas, llegan a la sazón que se marchitan se secan”, donde el tlatoani poeta reflexiona sobre la efímera naturaleza del poder y la vida y compara su bello jardín con la fragilidad del destino humano.

Menciona el relato de Fernando Alva Ixtlixóchitl, historiador novohispano descendiente de Nezahualpilli, último señor de Texcoco, donde se habla de los dos mil ahuehuetes, los laberintos, las aves… Y la narración de Thomas Gage (1625) en la que informa que, tras la Conquista, aún quedaban 50 ahuehuetes luego de que Cortés, según Pánfilo de Narváez, los utilizó para la construcción de sus casas. También cita a Francisco Javier Clavijero (1780) quien destacó: “Entre los jardines más famosos de la antigüedad está el de Nezahualcóyotl en Texcoco, en cuyo palacio estaban pintadas las plantas y los animales raros que había en el imperio de Acolhuacan…”

En Ahuhuetitlan, los árboles sobrevivientes, conocidos como “viejos del agua”, tienen memoria. Y la ejercen, mientras la comunidad gana un amparo contra la destrucción del sitio.

adriana.neneka@gmail.com

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