Debo decir que el diagrama IS-LM es ahora mucho menos popular conmigo que con muchas otras gentes. Éste reduce La teoría general a economía de equilibrio; no es realmente una teoría de la economía moviéndose a través del tiempo. Es mi propia opinión que ésta, la economía del crecimiento en estado sostenido, ha sido más bien una maldición; quizá será una de las ventajas de la presente crisis económica que nos enseñará a superarla, por cuanto ha estimulado a los economistas a desperdiciar su tiempo en construcciones de gran complejidad intelectual pero tan fuera de tiempo y tan fuera de la historia, como para ser prácticamente fútiles, y de hecho confusionistas” (John Hicks, 1976, citado en Jaime Puyana, 1995, Modelos macroeconómicos de crecimiento, UAM Iztapalapa, México: p. 26).

Entre los peores hábitos de las y los repetidores del pensamiento económico convencional, resalta la afición por enseñar -a lo largo de la vida- lo que se aprendió en los primeros cursos de licenciatura; es cierto que John Hicks se tardó 39 años en reconocer la futilidad de su diagrama y que, en el camino, muchas y muchos economistas han desperdiciado su tiempo, y el ajeno (el de las y los estudiantes de economía), en construcciones tan complejas como inútiles. El problema contemporáneo, es que lo siguen desperdiciando al enseñar un diagrama que recibió la severa crítica de su propio creador, que lo perpetró en un muy sobreestimado artículo, Keynes y los clásicos, recogido en el libro Dinero, interés y salario, 1989, FCE, México: pp. 101-104.

Las aficiones de Hicks, de Jacob Viner y de Roy Harrod por acercar a Keynes a la gran corriente teórica neoclásica, cabalgaban sobre argumentos tan diversos como la indispensable flexibilidad de los salarios nominales como el único camino para alcanzar el pleno empleo o en una enciclopédica ignorancia sobre el sentido con el que Keynes -autor de un Tratado de Probabilidad, en 1921- entendía el concepto fundamental de incertidumbre, un elemento inextirpable de una economía monetaria de la producción, como aspiró a titular a lo que sería finalmente la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.

El primero y el tercero, Hicks y Harrod, obtuvieron por tan extrañas hazañas, y como obsequio de la señora Joan Robinson, el discutible honor de encabezar al keynesianismo bastardo, que desnaturaliza las convicciones de Keynes sobre la rigidez inalterable de los salarios monetarios y el peso inescapable de la incertidumbre en una economía monetaria. Para efectos de la situación actual, Harrod juzgó al original capítulo 26, terminaría siendo el 23, de la Teoría general, en el que Keynes hace una sólida defensa del pensamiento y, muy especialmente, de la política mercantilistas, como un intento por reivindicar imbéciles. Si viviera en nuestros días de vigoroso neomercantilismo, otro gallo le cantara.

A noventa años de la primera edición de la Teoría general y a ochenta del fallecimiento de Keynes, sus ideas y políticas recuperan una actualidad imposible de exagerar. Toda joven y todo joven interesados en las ciencias humanas, no solo en la economía, con una mente poderosa y una intuición perceptible, hará muy bien en sumarse a la celebración nonagenaria de la obra y a la conmemoración del fallecimiento de quien, sin proponérselo, ganó las grandes batallas contra la depresión y perdió las pequeñas contra la inflación.

A INSCRIBIRSE EN EL AÑO DE KEYNES, ORGANIZADO POR LA UAM XOCHIMILCO Y LA UNAM. En el largo plazo… Keynes vive en nuestra pasión por lo posible y en contra de la desesperanza (Hirschman dixit).