Hay una razón por la que después de un crimen atroz buscamos inmediatamente una anomalía en quien lo cometió. Queremos descubrir al monstruo, al demonio, al demente. Necesitamos que exista algo visible que lo separe de nosotros antes incluso de saber quién era.

El problema aparece cuando no lo encontramos.

Cuando quien está acusado de una atrocidad no pertenecía al narco, no era un sicario, ni vivía públicamente dentro de un mundo violento. Cuando, para quienes trataban con él, parecía simplemente una persona más.

Y quizá ahí comienza la parte más incómoda: la peligrosidad no siempre parece peligrosa.

El terrible multihomicidio ocurrido la semana pasada en Atizapán obliga a mirar precisamente hacia ahí. La Fiscalía sostiene que detrás del crimen habría existido un objetivo económico, planeación previa y la intención de no dejar testigos.

Conforme han pasado los días, el principal acusado también ha empezado a adquirir otros contornos. Se movía en negocios de rentas vacacionales y hospedaje. Pero tampoco parece haber sido simplemente el empresario convencional que sugería la primera imagen del caso.

Distintos medios han documentado señalamientos previos por presuntos fraudes y conflictos comerciales. Milenio habla de al menos once casos. Algunos denunciantes describen una mecánica relativamente sencilla: generar confianza, recibir dinero y después incumplir, cancelar o dejar de responder.

Nada de eso convierte a un defraudador en homicida. Ni permite afirmar que aquellos hechos anunciaban lo que vendría después. Pero sí obliga a abandonar una pregunta demasiado simple: ¿parecía peligroso?

Tal vez estábamos mirando la parte equivocada.

No importa tanto cómo parecía una persona, sino cómo se comportaba cuando había dinero de por medio, cuando aparecía un conflicto, cuando quería conseguir algo o cuando alguien se interponía entre ella y su objetivo.

México conoce demasiado bien otro tipo de asesino. El narcotráfico ha producido miles de hombres para quienes matar forma parte de una estructura: reciben órdenes, tienen enemigos definidos, cuentan con armas, pertenecen a una organización y una subcultura que convierte la violencia en instrumento de trabajo.

Lo ocurrido en Atizapán pertenece a otro escenario. La violencia no habría nacido de una guerra entre rivales criminales ni de una orden de ejecución, sino de algo mucho más cotidiano y reconocible: negocios, relaciones personales y confianza.

Eso no lo vuelve inexplicable. Lo vuelve distinto.

Porque una persona puede desenvolverse correctamente en determinados ambientes y de manera opuesta en otros. Puede ser afable con unos y manipuladora con otros. Puede cumplir acuerdos y engañar cuando encuentra la oportunidad. Puede proyectar una imagen de normalidad mientras quienes han tenido conflictos con ella conocen otra cara.

No existe contradicción necesariamente. Todos podemos mostrar facetas muy diferentes dependiendo del contexto, del interés y de lo que está en juego.

Por eso, cuando se investiga una conducta potencialmente violenta, las apariencias sirven poco. Importa más reconstruir patrones: qué hizo antes, cómo resolvía sus conflictos, qué ocurría cuando era confrontado, qué estaba dispuesto a hacer para obtener un beneficio y qué límites había cruzado previamente.

Quizá por eso nos resulta tan cómoda la figura del monstruo. El monstruo pertenece a otra especie, debería ser reconocible y nos permite imaginar que sabríamos identificarlo si se acercara.

La realidad es menos tranquilizadora.

Todo indica que detrás de esa apariencia ordinaria había alguien capaz de cruzar —en todos los sentidos— límites extraordinarios. La sentencia determinará su responsabilidad penal; la investigación tendrá que explicar cómo llegó hasta ahí.

Pero tal vez la pregunta correcta nunca fue cómo parecía.

Sino qué hacía cuando nadie estaba mirando.

POSTDATA – Imposible no pensar en el pequeño de 6 años sobreviviente de la masacre de su familia. ¿Cómo reconstruir una vida después de semejante pérdida? ¿Cómo ayudarlo a crecer sin que esta tragedia termine definiéndolo para siempre? No tengo respuesta.

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