Hace algunos años sostuve que “sin discurso no hay recurso”. Lo hice con la intensión de sustentar que en la esfera pública se requiere esgrimir datos, diagnósticos, argumentos y propuestas para conseguir financiamiento. Sigo convencido de ello, pero también de que, en el juego de las palabras, igualmente vale el señalamiento de que “sin recursos, no valen los discursos”. Lo digo porque en el caso del financiamiento de la salud de nuestra población, llevamos muchos años estacionados o, en el mejor de los casos, con mínimos e insuficientes pasos hacia adelante.
Junto a esa realidad, existe otra que es igualmente negativa pero aún más dolorosa. Me refiero, por supuesto, al uso de la mentira, al engaño a la población, al uso de la fantasía como herramienta de supuesta transformación y mejoría. Eso es lo que hemos tenido desde hace ocho años en los programas y las instituciones de salud. Baste evocar la enfermiza insistencia en que llegaríamos a tener un sistema igual al de Dinamarca, solo para corregir y señalar que sería incluso mejor que el de esa nación. Pero igual se pueden recordar la megafarmacia, la vacuna Patria, los ventiladores de CONACyT, los médicos especialistas cubanos o las numerosas fórmulas para resolver el desabasto.
Desafortunadamente esas dos condiciones no se han resuelto. La primera en nada y la segunda en muy poco. Me explico. La falta crónica de financiamiento para la salud persiste y el uso de la ilusión como fórmula resolutiva, si bien se debe reconocer que ha disminuido, todavía se detecta al creer, por ejemplo, que la organización de un Servicio Nacional de Salud es asunto de buenas intenciones transformadas en un decreto como el del pasado mes de abril, en un proceso costoso e inútil de credencialización o en el ajuste de las listas de medicamentos para atender el desabasto.
Para resolver un problema lo primero es reconocerlo y dimensionarlo. Esto vale para la vida personal, pero también en la administración pública. De esto han carecido los últimos dos gobiernos. No acepto, pero me explico, el caso de López Obrador, un político mitómano y pérfido. Pero del actual, francamente es incomprensivo, salvo por el miedo al pasado y los compromisos establecidos que cada vez se difuminan más. Deseo que pronto cambie la actitud de los funcionarios.
Por desgracia los efectos de lo anterior son contrarios al interés nacional. La inversión anual per cápita que hace nuestro país en salud equivale a 1,588 dólares según los datos proporcionados a la OCDE, mientras los otros tres países latinoamericanos de la organización, Colombia, Costa Rica y Chile, destinan respectivamente 18, 22 y 136 por ciento más que nuestro país. En un mundo en constante cambio, permanecer en el mismo sitio equivale a retroceder. Así nos está pasando. Ahora hay muchas naciones de nuestra región que nos han rebasado en los principales indicadores de salud.
A lo anterior se suma que México vive dos transiciones muy avanzadas: la demográfica y la epidemiológica. Lo anterior se demuestra al recordar dos datos. Primero, que las tres principales causas de muerte son no transmisibles y representan el 49 por ciento del total de las defunciones registradas en 2024. Segundo, que el número de personas de sesenta años y más es, según CONAPO, de 17.8 millones, mientras que 24 años atrás la cifra era de 7.8 y llegará a 35 millones en 2050. Urge reconocer los problemas, plantear una reforma integral del modelo, organizar un verdadero Servicio Nacional de Salud y destinarle los recursos requeridos. ¡Más recursos, menos discursos!
Exrector de la UNAM. @JoseNarroR
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