Una frase impactante de la cultura musical del siglo pasado, salida del puño de nuestro amoroso cronista y compositor José Alfredo Jiménez, sentenció: «la vida no vale nada, comienza siempre llorando y así llorando se acaba». Sin embargo, dicha frase lanzada al aire es una sentencia que debemos romper; en un México que se empeña trágicamente en afirmarla todos los días, hay que levantarse a gritar con fuerza que la vida sí vale, y vale mucho.

Lo que presenciamos no son meras notas rojas ni episodios aislados de violencia criminal. El asesinato atroz de una familia entera —entre ellos Jonathan Samuel Meléndez Ochoa (Honas, de 38 años), su esposa embarazada Ana Paola (de 35 años y con 4 meses de gestación), la hija de ambos, Sofía (de 3 años), la trabajadora del hogar Aleyda Romero (de 21 años) y la mascota de la familia (una perrita Golden Retriever)— es la radiografía de una pérdida acelerada de humanidad. Todos ellos asesinados por dinero; un peso o cientos de miles jamás deben ser motivo para exterminar a una persona. Es el espejo roto de una sociedad donde la barbarie ha perdido todo límite.

Memorias de la violencia nos remontan al inicio de la guerra contra el narcotráfico en diversas ciudades del norte del país, cuando la brutalidad irrumpió con una crudeza que paralizó comunidades enteras. Recuerdo con dolor cómo en aquellas ciudades las personas comenzaron a normalizar el horror cuando prefirieron resolver un conflicto de dinero, una disputa de tierras o una deuda contratando a un joven sicario. Se volvió moneda corriente ponerle precio a la cabeza del otro y delegar en la juventud marginada la tarea de jalar el gatillo. Convertimos la existencia humana en una mercancía barata y sustituible.

Esta descomposición no surge de la nada. Al debilitarse las certezas colectivas, comunitarias y los vínculos profundos, el mercado ocupa ese vacío ofreciendo «experiencias» y consumo individual. El hedonismo se convierte en una ética de supervivencia psicológica: buscar la gratificación instantánea aquí y ahora, reduciendo el sentido de presente y futuro a lo que se puede comprar o disfrutar de inmediato.

Las redes sociales y los algoritmos aceleran este proceso mediante recompensas inmediatas de dopamina. Promueven la exhibición constante de estilos de vida basados en el confort, el lujo y la inmediatez, convirtiendo el propio deseo en una mercancía y el consumo en un espectáculo cotidiano.

En conjunto, este engranaje convierte a la persona en un consumidor permanente, donde el valor individual se mide por la capacidad de adquirir e interactuar en el mercado, despersonalizando las relaciones humanas y reduciendo la vida a un campo de descarte.

Así se depredó la humanidad, se mercantilizó la muerte y se redujo el tejido social a un espacio de descarte. Esto ha provocado una crisis de la condición humana donde todo el mundo parece querer hacer valer el mandato del desprecio por la vida, asumiendo que la violencia y el dinero son el único lenguaje válido para saldar cuentas o imponer poder.

Pero tenemos que volver a colocar la vida en el centro. La vida no es un insumo descartable; es el patrimonio humano más valioso. Como nos recuerda la letra de Fobia en su canción Vivo: «transformaremos mundos, inventaremos mares que cruzar, si nos perdemos nada pasará, ahora lo entiendo, amar es liberar». Porque esa capacidad de amar, cuidar y emancipar es lo único que nos permite compartir, aprender, sentir y emocionarnos en lo individual y en lo colectivo.

Por eso, cuando suceden hechos tan oscuros como estos, debemos aclararle al mundo entero, pero en especial a las y los niños, adolescentes y jóvenes de nuestro país, que asesinar a alguien no es normal. La muerte violenta no es un destino inevitable ni un trámite de la vida cotidiana. Contra la normalización del horror y la pedagogía de la crueldad, nuestra única trinchera posible es la articulación firme entre el amor que cuida y la indignación que moviliza.

Si mientras más enseñemos los verbos de la barbarie y olvidemos los de la dignidad, perderemos la narrativa, la percepción y la vida misma.

Unos dijeron: gritó, sometió, encañonó, amordazó, amarró, disparó y asesinó.

Nosotros nos negamos a que ese sea el único lenguaje que aprendan los adolescentes y la juventud. Frente a la pérdida de humanidad, nuestra tarea es reaprender y defender los verbos que salvan la condición humana: escuchó, se expresó, abrazó, acordó, cumplió y vivió.

Presidente fundador de Cauce Ciudadano A.C.

@carloscauce

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