Por VIOLETA HSU

México es de los pocos países que se sienta, a la vez, en las dos grandes mesas comerciales del planeta: la de Norteamérica, con el T-MEC, y la del Asia-Pacífico, con el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP). Conviene no perder de vista la segunda. El CPTPP —en vigor desde 2018 y hoy con doce miembros, del Japón al Reino Unido— es un acuerdo de alto estándar cuyo Artículo 5 mantiene abierta la puerta a nuevas adhesiones. Bien aprovechado, es el mejor complemento, no el sustituto, de la relación entre México con Estados Unidos y Canadá.

Para la industria mexicana es una oportunidad subutilizada: acceso preferencial a mercados dinámicos —Japón, Malasia, Vietnam, Singapur— para productos agroalimentarios, automotrices, de dispositivos médicos y manufactura avanzada, y también para servicios. Cuando concentrar el comercio en un solo destino se ha vuelto una vulnerabilidad, diversificar hacia Asia dejó de ser una meta de largo plazo para volverse una necesidad inmediata.

Pero exportar más manufactura exige, antes, asegurar los insumos que la hacen posible, y ninguno es tan crítico como el semiconductor. El dato es elocuente: Taipéi saltó del sexto al tercer lugar entre los proveedores de México en un solo año, con importaciones cercanas a los 46 mil millones de dólares en 2025 —7% de todo lo que compramos al exterior—, concentradas en chips, unidades de procesamiento y componentes de cómputo, buena parte de las cuales aterriza en el estado de Chihuahua. Es un comercio profundamente tecnológico que, sin embargo, ocurre sin tratado ni marco preferencial que lo ordene.

De ahí que los Estados Parte del CPTPP deban asumir la voluntad política de ampliar la membresía hacia las economías asiáticas de alta tecnología. El caso de Taipéi —que solicitó su ingreso desde 2021— es jurídicamente viable: el Artículo 5 admite la adhesión de “cualquier Estado o territorio aduanero separado”, y Taipéi ya coincide con México, con ese estatus, en la Organización Mundial del Comercio y en APEC. Sumar a un proveedor de esa escala al andamiaje de reglas del tratado daría certidumbre, trazabilidad y trato preferencial al insumo más estratégico de nuestro tiempo. México, con asiento en la Comisión de Libre Comercio de ese tratado, tiene voz para impulsarlo.

¿Y las sensibilidades de Washington, en plena revisión del T-MEC? Estados Unidos no busca cerrarse a los semiconductores asiáticos, sino reducir su dependencia de China y asegurar el suministro desde socios confiables: es la lógica de su Ley de Chips y de la llegada de TSMC a Arizona. Taipéi no es el problema; es parte de la solución. Integrarlo al perímetro de reglas de un acuerdo del que México y Canadá ya forman parte fortalece —no debilita— la seguridad de las cadenas de valor de Norteamérica: reglas de origen exigentes contra la triangulación, previsibilidad y acceso ordenado al chip que mueve automóviles, electrónica y equipo médico. Es la mejor póliza de friend-shoring para la región.

La tarea de México es doble: convertir el CPTPP en una verdadera política de exportación y usar su lugar en la mesa transpacífica para promover una ampliación estratégica de la membresía. No son agendas que compitan con Estados Unidos; son su complemento natural. En la reconfiguración de las cadenas globales de valor, quien asegure el acceso a los semiconductores tendrá la ventaja. México puede ser ese puente, y le conviene serlo.

Representante de la Oficina Económica y Cultural de Taipéi en México

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