Nos estamos acostumbrando a insultarnos.

No es una exageración. Basta mirar el lenguaje que domina buena parte de la conversación política: descalificaciones, etiquetas, estereotipos y palabras que ya no buscan convencer al adversario, sino quitarle legitimidad.

Lo preocupante no es que la política sea apasionada. Siempre lo ha sido. Lo preocupante es que cada vez resulte más fácil convertir una diferencia de opinión en una diferencia moral: el que piensa distinto no está equivocado; es malo. No merece una respuesta; merece un insulto.

Hace 25 años, el mundo conoció una de las expresiones más brutales de la violencia política. El 11-S cambió nuestra manera de entender la seguridad y el terrorismo. Pero también dejó una lección sobre el peligro de convertir el miedo en una forma de mirar al otro. Durante años, determinadas identidades quedaron asociadas, injustamente, con la amenaza. El estereotipo terminó haciendo lo que siempre hace: borrar las diferencias entre millones de personas para convertirlas en una sola categoría.

Hoy esa lógica aparece en lugares mucho más cotidianos. Ya no necesariamente necesitamos una guerra o un atentado para construir enemigos. Basta un discurso político, una elección, una red social o una manifestación.

En Chile tuvimos recientemente un ejemplo. Durante su visita al país, el presidente argentino Javier Milei participó en el Foro Madrid y volvió a recurrir a un lenguaje de confrontación al referirse a sus adversarios políticos como “zurdos mugrosos”. La expresión puede ser interpretada como una provocación propia de su estilo. Pero el problema es precisamente que hemos comenzado a considerar normales este tipo de expresiones.

Una democracia puede soportar que un presidente tenga adversarios. Lo que debería preocuparnos es cuando el adversario deja de ser alguien con quien se debate y se transforma en alguien a quien se deshumaniza.

Y sería un error pensar que esto es patrimonio de una ideología.

En México, la controversia por la presentación pública de nombres de periodistas por parte de Luisa María Alcalde volvió a poner sobre la mesa los límites entre el escrutinio y la estigmatización. La propia Alcalde rechazó que se tratara de una “lista negra” y defendió el carácter técnico del ejercicio. Pero más allá de la denominación, hay una cuestión que merece atención: cuando desde el poder se individualiza públicamente a periodistas, especialmente en contextos de fuerte polarización, el mensaje puede terminar siendo más importante que la etiqueta utilizada.

El periodismo tiene precisamente la incómoda tarea de cuestionar al poder. No necesita ser complaciente, ni neutral frente a todo, ni coincidir con quien gobierna. Necesita poder preguntar sin convertirse por ello en enemigo.

Lo mismo ocurre con el antisemitismo que ha aparecido en algunas manifestaciones en México. Se puede criticar al Gobierno de Israel, sus decisiones militares o su política hacia los palestinos. Eso forma parte del debate democrático. Otra cosa muy distinta es trasladar esa crítica a los judíos como colectivo. Del mismo modo, combatir el terrorismo no puede convertir a los musulmanes en una categoría sospechosa.

El mecanismo es el mismo: convertir una realidad compleja en una identidad y después atribuirle características comunes. Así nacen los estereotipos. Y cuando los estereotipos se repiten lo suficiente, terminan pareciendo verdades.

La política contemporánea parece haber descubierto que la indignación moviliza. Que el insulto circula más rápido que el argumento. Que llamar “facha”, “comunista”, “zurdo”, “fifi”, “globalista” o “terrorista” puede resultar mucho más efectivo en redes sociales que explicar una política pública.

Pero hay un costo. Una sociedad que se acostumbra a insultar termina acostumbrándose también a dejar de escuchar. Y cuando dejamos de escuchar al otro, la polarización deja de ser solamente política y comienza a convertirse en una forma de convivencia.

No se trata de pedir una política sin conflicto. Eso sería ingenuo. Las democracias necesitan confrontar ideas, denunciar abusos y defender convicciones. Tampoco se trata de relativizar discursos de odio o de exigir equidistancia frente a toda injusticia.

Se trata de algo mucho más básico: recordar que el adversario sigue siendo una persona.

A 25 años del 11-S, quizás esa sea una de las lecciones que todavía tenemos pendientes. El odio no comienza necesariamente con la violencia. Muchas veces comienza mucho antes, cuando aceptamos que una palabra puede reducir a millones de personas a una etiqueta y que un insulto puede reemplazar un argumento.

Porque una democracia no se deteriora únicamente cuando alguien rompe sus instituciones. También lo hace cuando sus ciudadanos dejan de reconocerse como parte de una misma comunidad.

Nos estamos acostumbrando a insultarnos. Y quizá deberíamos preocuparnos antes de acostumbrarnos a algo peor: dejar de escucharnos.

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