El pasado 14 de septiembre de 2026, Volker Türk, Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, lanzó una advertencia sobre el avance acelerado de la inteligencia artificial y pidió tanto a gobiernos como a empresas emprender una acción urgente para establecer los mecanismos que permitan controlar los riesgos asociados con los sistemas más avanzados. Lo cito: “Estamos al borde de un cambio irreversible, que nos afecta no solo a nosotros, sino a las generaciones futuras de la humanidad. Todos los derechos humanos están amenazados por esta tecnología, incluido el derecho a la vida”.

El mismo día, Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, dio a conocer su compromiso de inversión de 1.4 billones de dólares dirigidos a la creación de centros de datos para los próximos ocho años, proyectaba pérdidas operativas de 74,000 millones de dólares para 2028, y también declaró para la revista Time que “la gente odia los centros de datos, al menos por ahora”. La coincidencia de fechas respecto a las reacciones de las empresas privadas, los gobiernos y las organizaciones mundiales sugiere que el debate central no es la aceleración de la IA, que no minimizo, sino la carrera económica que no logra autofinanciarse de cara a una demanda que tampoco puede encarecerse para el usuario común.

El año pasado, OpenAI generó ingresos por 13,100 millones de dólares y quemó, valga la expresión, 8,000 millones de dólares en sus procesos internos. La empresa tiene proyectado gastar 25,000 millones durante 2026 de cara a una meta de ingresos por 30,000 millones de dólares. La rentabilidad, leída así, no es tan evidente como el discurso público lo sugiere. Así pues, la directora financiera de OpenAI, Sarah Friar, expresó su preocupación por el ritmo de gasto en infraestructura frente a ingresos todavía insuficientes. Por su parte, Anthropic, la empresa detrás de Claude, logró una valuación de 965,000 millones de dólares en mercados secundarios y anuncia ya su primer trimestre con ganancias para los inversionistas, dato que varios medios periodísticos cuestionan por el momento.

La inteligencia artificial, tal como la hemos conocido hasta ahora, deriva en una revolución económica y política cuya dimensión depende del enfoque desde el que se lea. Altman tiene interés en que se perciba como revolución inevitable: eso justifica el gasto descomunal, atrae inversión y sostiene la valoración de la empresa. Los reguladores y organismos internacionales que no controlan el desarrollo de la IA tienen interés en que se perciba como amenaza existencial: eso genera la presión política necesaria para crear nuevas instituciones que la regulen. En ese cruce de incentivos, quien tiene poco conocimiento de la IA más allá de las herramientas comerciales como ChatGPT o Claude queda atrapado entre dos narrativas diseñadas por otros actores del sector con fines diversos.

El miedo a la superinteligencia existe y tiene bases reales. Que sistemas capaces de aprender y mejorarse a sí mismos alcancen en algún momento capacidades que superen la supervisión humana es un escenario que los investigadores más serios del campo toman en consideración. Geoffrey Hinton, uno de los padres del aprendizaje profundo, abandonó Google en 2023 precisamente para poder hablar libremente de esos riesgos. Stuart Russell, de la Universidad de California en Berkeley, lleva años argumentando que el problema central de la IA avanzada es el alineamiento de objetivos: cómo garantizar que un sistema poderoso actúe conforme a los valores humanos cuando esos valores son, por definición, complejos, contradictorios y difíciles de formalizar. Son debates legítimos y técnicos que merecen atención sostenida, porque la maldad y la manipulación radican de raíz en quienes programan a la máquina.

Lo que resulta sospechoso es la coincidencia temporal entre el escalamiento de esas advertencias y los problemas financieros e infraestructurales de las empresas que lideran el sector. Los centros de datos necesarios para entrenar los modelos más avanzados consumen cantidades industriales de energía y agua. El proyecto Stargate de OpenAI, Oracle y SoftBank, valorado en 500,000 millones de dólares, tiene su sede principal en Abilene, Texas, y sus promotores se han enfrentado a comunidades locales por el impacto en el suministro eléctrico y el consumo hídrico. La narrativa del miedo, en ese contexto, tiene una utilidad política precisa: si el problema es el riesgo existencial de la tecnología, la solución es la regulación multilateral que contrarrestaría la falta de inversión económica.

Por otra parte, el 15 de mayo de 2026, el Papa León XIV firmó la encíclica Magnifica Humanitas, un documento dedicado a los efectos de la inteligencia artificial sobre la dignidad humana, presentado junto a Christopher Olah, cofundador de Anthropic. La encíclica advierte que la IA “no puede considerarse moralmente neutra” y reclama “desarmarla” para “evitar que domine al ser humano”. León XIV pide regulación gubernamental, revaloración de los trabajadores, protecciones para menores y garantías de que los humanos, y no los modelos de IA, tomen las decisiones relacionadas con el uso de armamento. Señala también que la riqueza mundial “se concentra cada vez más en menos manos” y que en la era de la IA ya no es posible confiar únicamente en la mano invisible del mercado.

La dimensión geopolítica de este debate revela que el problema de la IA se ha convertido en un “problema” de poder antes que de tecnología. Estados Unidos, representado por Donald Trump, y China, liderada por Xi Jinping, se niegan a detener la carrera por el desarrollo de la IA. Estados Unidos ha convertido su liderazgo en inteligencia artificial en una prioridad de seguridad nacional equivalente a lo que fue la carrera espacial en los años sesenta. China ha invertido sistemáticamente en el desarrollo de modelos propios desde que las restricciones de exportación de chips avanzados de NVIDIA la obligaron a buscar alternativas. El modelo DeepSeek, desarrollado con chips menos potentes que los disponibles en Occidente, demostró que la brecha tecnológica era menor de lo que se suponía y sacudió al establishment tecnológico estadounidense. China no necesita a Estados Unidos.

En ese contexto, la urgencia con que las cabezas de la IA, desde Altman hasta Dario Amodei de Anthropic, han comenzado a pedir regulación y pausas en el desarrollo merece una lectura menos altruista. Amodei, por su parte, publicó un ensayo pidiendo pausar el ritmo de avance en capacidades y anunciar acceso permanente para evaluadores independientes; Altman lo respaldó públicamente. Esa convergencia entre los dos principales competidores del sector en torno a la necesidad de regulación podría leerse como responsabilidad corporativa. Sin embargo, también puede leerse como una captura regulatoria: las empresas establecidas apoyan la regulación que crea barreras de entrada para los competidores más pequeños y legitima su posición dominante. La regulación que ambas empresas piden, con sus centenares de páginas de evaluaciones de seguridad y sus requisitos de transparencia sobre los modelos, es exactamente el tipo de regulación que solo las empresas con recursos suficientes pueden cumplir.

La inteligencia artificial ya está transformando el mercado laboral de maneras que los indicadores macroeconómicos tardan en capturar pero que las personas experimentan en sus condiciones concretas de trabajo. La automatización de tareas cognitivas de nivel medio, la generación de código, la redacción de documentos, el análisis de datos, el servicio al cliente, afecta a segmentos del mercado laboral que hasta hace muy poco se consideraban inmunes a la sustitución tecnológica. Eso produce una tensión política que ninguna empresa de IA quiere encabezar abiertamente pero que todas generan de manera inevitable.

La pregunta es: ¿quién controla el proceso de decisión sobre el ritmo y la dirección del desarrollo tecnológico? León XIV lo reduce a una sola frase: el control de la inteligencia artificial no debe permanecer “en manos de unos pocos.” Ese principio es correcto. El problema es que la arquitectura actual del sector, con cinco o seis empresas concentrando la mayor parte de la capacidad de cómputo, los datos de entrenamiento y el talento disponible, produce exactamente lo contrario de lo que ese principio pide.

El temor en la población, como instrumento, existe y en buena parte está fundado en razones reales que los propios gurúes de la tecnología han instalado con declaraciones sobre superinteligencias y cambios irreversibles. Cuando las empresas que no han demostrado rentabilidad, que enfrentan problemas de infraestructura y consumo energético, y que compiten en una carrera geopolítica, comienzan a pedir pausas y regulaciones, podemos interpretar que el modelo de negocio mismo que intentan venderle a la masa no es funcional; y como abogado del diablo es necesario decir que sí, por supuesto, existe un temor a una revolución sin humanos.

El temor, más allá de residir en la pérdida de la humanidad misma, se reduce a la pérdida de capital y de competitividad entre naciones. Nosotros, la audiencia, somos los espectadores que padecemos no saber qué es en verdad la Inteligencia Artificial ni cómo nos afecta. Pensar que se sabe de IA por utilizar ChatGPT o Claude como asistente personal nos convierte apenas en usuarios de un sistema, no en conocedores. Clientes, pues, de un sistema que al facilitarnos la vida nos infunde temor porque la máquina es un semidiós programado para hacernos olvidar todo aquello que nos hace infelices, por lo menos en la inmediatez. Recordemos que la IA agentica que está al alcance de nuestras manos se potencia por la mercadotecnia.

Debo decir que llama mi atención la desesperación de los medios de comunicación y sus conductores, tanto en México como el extranjero, al declarar: “ahora sí nos da miedo la IA”. ¿Acaso no se dan cuenta de que suman a una histeria sinsentido que se replica en ignorancia? Al final, valga el reduccionismo, siempre se puede desconectar “el cable”… la energía suministrada no es infinita. Quizá es ahí donde deben emplazarse los esfuerzos…

Maestro comunicación política estratégica por la FLACSO y candidato a maestro en Inteligencia Artificial aplicada por el ITESM.

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