Un hombre que ronda los sesenta entra con un semblante inquietante.
Su postura, su lenguaje pausado y su corporalidad anuncian que carga una tristeza profunda; más que una depresión, es el estado resultante de lo que él describe como la tiranía de la soledad: sin amigos, sin pareja, sin hijos.
Esta realidad, lejos de ser aislada, tiene un eco contundente a nivel estadístico: la proporción más alta de indicios de depresión en el país se concentra en la población de 60 años y más, alcanzando un 12.5 %.
Competente en el quehacer laboral, trabaja bajo la modalidad de home office, entrega los reportes a otro, lejano en lugar y circunstancia.
Me plantea una idea que le da vueltas en la cabeza: invertir para traer a Moya.
Resulta que DroidUp —una empresa china— ha desarrollado un robot humanoide biomimético, diseñado como compañía social.
Hasta ahora, la robótica resolvía tareas en fábricas y hogares para hacer el trabajo más seguro o asumir deberes menos gratificantes: en el hogar, aspiradoras; en la fábrica, ensambladoras; incluso hemos llegado a tener robots meseros.
La inteligencia artificial, sumada ahora a un cuerpo robótico femenino, demasiado humano, busca reproducir algunos rasgos de la interacción típica: puede caminar, mantener contacto visual, conversar, sonreír, guiñar y realizar expresiones faciales.
Además, la piel y la temperatura corporal buscan asemejarse a las de los seres humanos. Moya puede ser la compañía deseada, la novia que comprende, dialoga y acompaña.
Pero, ¿qué dice eso de nosotros cuando la aspiración es sustituir el vínculo amoroso con algoritmos?
La pregunta parece pertenecer todavía a la ciencia ficción, pero ya no.
La tecnología puede acompañarnos, escucharnos, responder cuando hablamos, recordar nuestros gustos y permanecer disponible sin reclamar, sin cansarse y sin abandonarnos.
¿Qué lugar queda para el otro humano? ¿Qué lugar queda para nosotros en lo afectivo?
Una relación humana tiene aquello que una máquina sabe evitar: el conflicto, la frustración, el rechazo, la espera, el desencuentro.
Amar a alguien implica aceptar que el otro no está diseñado para nosotros.
Tiene deseos propios, días malos, silencios, contradicciones y la posibilidad de marcharse.
Y amar es una decisión por encima de un cálculo algorítmico, es reconocer la diferencia, aceptarla, abrazarla.
Moya, en cambio, puede ser programada para acompañar, y eso se puede confundir con una especie de amor.
Don Juan no está buscando una máquina para facilitar su vida.
Está buscando una presencia. Y esa diferencia es enorme.
No quiere que Moya aspire la casa, prepare la comida o entregue un reporte.
Quiere llegar a casa y encontrar a alguien que le diga: “¿Cómo estás?”, que dé, de alguna forma, testimonio cotidiano de su existencia: quiere ser mirado.
Tal vez por eso la discusión sobre los robots humanoides no debe comenzar preguntando qué tan parecidos son o serán a nosotros, sino qué tan solos estamos para necesitar que una máquina se nos parezca.
La soledad no es solamente estar sin alguien.
Es dejar de sentirse esperado y querido.
Y quizá el verdadero peligro de Moya no sea que algún día llegue a parecer demasiado humana, sino que nosotros seamos demasiado robóticos.
Que olvidemos cómo sentir, amar y desear. Que perdamos la capacidad de intentarlo.
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Jorge García Maldonado
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