Había tomado la decisión de no volver a escribir sobre Marina del Pilar. Francamente me parecía suficiente. Baja California tiene demasiados problemas como para seguir perdiendo el tiempo en una historia que, además de interminable, ya resulta vergonzosa para quienes vivimos aquí.

Pero esta semana fue imposible.

Las entrevistas concedidas durante su gira por la Ciudad de México volvieron a colocar a Baja California en la conversación nacional. No por una buena noticia, ni por una inversión importante, ni por un logro en materia de seguridad. Otra vez por el escándalo. Y cuando muchos pensábamos que ya habíamos escuchado todas las explicaciones posibles, apareció una nueva frase que seguramente pasará a la historia del anecdotario político mexicano. La famosa “emboscada psicológica”.

Confieso que hoy recibí varias llamadas. Unas de amigos, otras de periodistas y algunas del extranjero. Todos querían comentar exactamente lo mismo. Nadie preguntó por la seguridad, por la economía o por los problemas del estado. Todos hablaban de la “emboscada psicológica”. Unos entre risas, otros con auténtica sorpresa. Ahí entendí que el problema ya no era local. Cuando una frase así se vuelve motivo de burla nacional, el daño rebasa cualquier estrategia de comunicación.

Durante mucho tiempo pensé que el personaje con mayor interés en afectar políticamente a Marina del Pilar era Jaime Bonilla. Hoy ya no estoy tan seguro. Empiezo a creer que quien más daño le ha hecho forma parte de su propio equipo. No sé si sea su asesor, su estratega o quien toma las decisiones de comunicación, pero si alguien quisiera escribir un manual para destruir una imagen, difícilmente lo haría mejor.

La explicación fue un error. Después vino otro. Apelar a que es madre y mujer para despertar empatía ciudadana termina contradiciendo una causa que ella misma defendió durante años. La igualdad por la que tantas mujeres han luchado consiste precisamente en eso, en ser evaluadas con la misma exigencia, con los mismos derechos y también con las mismas responsabilidades.

Lo más delicado es que esta crisis dejó de pertenecer exclusivamente a Baja California. La propia presidenta Claudia Sheinbaum terminó diciendo que Marina del Pilar y Jaime Bonilla deben resolver sus diferencias. El problema es que ya no son sólo sus diferencias. Cada entrevista, cada audio, cada filtración y cada explicación obliga a Palacio Nacional a cargar con un costo político que nunca debió asumir.

Mientras tanto, los asuntos que realmente importan siguen esperando. La violencia no da tregua, la competitividad del estado se debilita, la movilidad empeora, el agua continúa siendo una preocupación y la confianza de muchos ciudadanos se erosiona todos los días. La agenda pública fue secuestrada por una crisis que el propio gobierno ha sido incapaz de cerrar.

Por eso también crecen las especulaciones sobre la necesidad de cambiar la conversación pública. No afirmo que el caso de Ernesto Ruffo haya sido utilizado con ese propósito. Lo que afirmo es que cada vez son más los ciudadanos que lo creen. Y cuando una percepción de esa magnitud comienza a instalarse, el problema deja de ser jurídico para convertirse también en político.

Morena probablemente no pagará una factura electoral inmediata. Su estructura sigue siendo muy sólida. Pero la confianza funciona de otra manera. No se pierde de golpe. Se desgasta poco a poco. Cada explicación desafortunada, cada contradicción y cada nuevo escándalo le arrancan un pedazo.

Tal vez por eso la preocupación ya no debería ser Jaime Bonilla. El verdadero problema es otro. Cuando el mayor daño político proviene de quienes todos los días tienen la responsabilidad de defenderte, no hace falta buscar enemigos afuera. Ya viven dentro de casa.

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