Hace unos meses tuve el gusto de reunirme con don Luis Bustamante y con don Zeferino Sánchez, dos hombres de intachable trayectoria en la vida pública y privada. De esas conversaciones que dejan mucho más que una buena sobremesa. Los años, las responsabilidades y, sobre todo, la capacidad de observar y analizar con serenidad, les han dado una perspectiva que vale la pena escuchar.
En algún momento de aquella charla, don Zeferino pronunció una frase que desde entonces no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. “La sociedad bajacaliforniana necesita empezar a pensar en las causas y no en las caras.”
Confieso que aquella reflexión regresó con fuerza en estos días de euforia mundialista.
No sabemos qué ocurrirá el próximo domingo. En el futbol nadie puede garantizar un resultado. Lo que sí podemos afirmar es que la Selección Mexicana ha venido de menos a más. Ha crecido partido a partido, ha recuperado confianza y, quizá por primera vez en muchos años, no parece depender de una sola figura.
No hay un rostro que cargue por sí mismo con la esperanza de millones de mexicanos. No existe la sensación de que uno o dos jugadores sean los únicos capaces de salvar al equipo. Lo que hoy se percibe es algo distinto. Una selección construida alrededor de una causa común.
Eso no disminuye el talento individual de sus jugadores. Al contrario. Pone todavía más en valor el trabajo de Javier Aguirre, quien ha logrado una de las tareas más complejas de cualquier liderazgo. Ordenar capacidades, comprender emociones, sumar individualidades y ponerlas al servicio de un mismo propósito. Cuando eso ocurre, el brillo personal deja de ser el objetivo principal y el equipo comienza a jugar para algo mucho más grande que cada uno de sus integrantes.
Esa es precisamente la diferencia entre una colección de talentos y un verdadero equipo.
Lamentablemente, quienes no hemos estado a la altura hemos sido muchos ciudadanos. Mientras la Selección ha dado muestras de disciplina y compromiso, en distintos puntos del país la euforia se ha transformado en irresponsabilidad. Los festejos han dejado personas fallecidas, lesionados, actos de violencia y escenas que nunca deberían formar parte de una celebración deportiva.
Celebrar a México jamás puede significar poner en riesgo la vida de otros. Ningún triunfo justifica el libertinaje, la destrucción o la pérdida del sentido común. También esa es una lección de ciudadanía.
Sin embargo, este Mundial empieza a dejar una enseñanza que en realidad no es nueva. La historia de la humanidad la ha repetido una y otra vez. Las sociedades que logran superar sus grandes crisis son aquellas capaces de colocar el bien común por encima del interés individual.
Por eso la frase de don Zeferino trasciende por mucho al futbol. Pensar primero en las causas y después en las caras.
México lleva demasiados años atrapado en la política de los rostros. Elegimos personas antes que proyectos. Nos enamoramos de discursos antes que de resultados. Depositamos esperanzas en líderes providenciales cuando, en realidad, ningún país serio se transforma por obra de un solo hombre o una sola mujer.
Las caras cambian cada tres o seis años. Las causas permanecen durante generaciones.
Hoy más que nunca necesitamos construir una causa que vuelva a unir a los mexicanos. No alrededor de un partido político, de una ideología o de un gobierno, sino alrededor de aquello que verdaderamente importa. Seguridad para nuestras familias. Justicia para las víctimas. Educación de calidad para nuestros hijos. Salud digna. Estado de derecho. Combate frontal a la corrupción. Crecimiento económico. Instituciones fuertes. Esas deberían ser las causas capaces de convocarnos a todos.
Para lograrlo hace falta dar varios pasos que parecen sencillos, pero exigen enorme madurez colectiva. El primero consiste en reconocer con honestidad nuestros problemas y la verdadera dimensión de los desafíos que enfrentamos. Ningún país puede resolver aquello que se niega a aceptar.
El segundo es dejar de dividir a los mexicanos entre buenos y malos según su preferencia política. Una nación no se construye alrededor de un partido, sino alrededor de un proyecto compartido de futuro.
El tercero exige recuperar la verdad y la realidad como principios de gobierno. Ninguna política pública puede ser exitosa si parte de diagnósticos equivocados o de narrativas diseñadas para proteger al poder antes que a los ciudadanos.
Finalmente, necesitamos comprender que México no es responsabilidad exclusiva de quienes gobiernan. También lo es de quienes votamos, participamos, exigimos, educamos a nuestros hijos y decidimos todos los días entre el interés personal y el bien común.
Quizá esa sea la mayor lección que este Mundial pueda dejarnos. Los grandes equipos no dependen de una estrella. Dependen de una causa que logra que todos jueguen para el mismo objetivo.
Ojalá algún día podamos decir lo mismo de nuestro país.
Porque al final, lo que hagamos, o dejemos de hacer, no será juzgado por las redes sociales ni por la próxima elección. Lo juzgarán las generaciones que reciban el México que les heredemos.

