Cada año, madres provenientes de Centroamérica salen de sus países para buscar a sus hijos desaparecidos en su paso migratorio por México. Visitan albergues, cárceles, prostíbulos, plazas públicas. Tienen distintas historias, pero comparten un objetivo: encontrarlos vivos.
Doña Clementina cuenta que su hija salió de su país por cuestiones económicas: “[Su] vida fue muy distinta. Salió embarazada de un niño, que ya tiene 21 años. Ella me dijo: ‘Mamá, me voy a Estados Unidos para ayudarle’”.
Después de 23 años de búsqueda, no ha encontrado ninguna pista de su paradero: “Yo no me cansaré de buscarla hasta que me den una respuesta, así sean los huesos, sea polvo, sea viva. Como sea, no voy a descansar hasta encontrarla”.

EL UNIVERSAL publicó en abril del año pasado que entre 2014 y 2017 se registraron 228 extranjeros de 19 naciones que desaparecieron en México. De acuerdo con el Sistema Institucional de Información Estadística para Averiguaciones Previas de la PGR, los países del denominado Triángulo del Norte de Centroamérica (El Salvador, Honduras y Guatemala) encabezan las estadísticas.
Las barreras del idioma
“Ándate. Haz como si fueras yo” fueron las palabras que recibió María Hernández de su madre antes de salir de Guatemala para realizar la búsqueda de su hermano, Juan Hernández Torres, desaparecido desde hace 12 años.
María cuenta que su hermano salió de Guatemala cuando ella tenía 10 años: “Llamó diciendo que estaba en Phoenix, Arizona, y desde entonces no volvimos a saber de él. Mi madre ha sufrido mucho desde que no está, y aunque quisiera participar y estar con las madres que tienen el mismo dolor, no puede hacerlo, porque no habla español.
“Donde ella creció es rara la persona que entiende español, debido a la falta de escuelas. Por eso sólo habla chuj [maya]. Yo le digo que vamos a enseñarle a hablar [español], porque tal vez así pueda sacar su coraje y se dé cuenta de que no es la única que tiene un hijo desaparecido”, menciona.
“Mi hermano dio un anticipo al coyote antes de cruzar la frontera de Estados Unidos, pero en Phoenix le pidieron más dinero, que no tenía. Un amigo que viajó con él vio cómo lo golpearon y lo dejaron tirado en la calle. Mi mamá esperaba una llamada para pedir rescate, [porque] ellos [hubieran vendido] todo para pagarlo, pero jamás llamaron”, cuenta.
Morir buscando
“Mi hijo Pedro Antonio Hernández salió un 14 de diciembre de 1994 y no volví a saber de él. Iba con otro hermano y un primo. Él entró a un pueblito en México a pedir comida y Migración lo agarró. Yo lo he buscado en las caravanas y no he encontrado ninguna pista, pero a mí no me han dicho que murió, [entonces tengo] la esperanza de verlo”, contó Doña Nolbia a EL UNIVERSAL días antes de fallecer. Durante 24 años buscó a su hijo sin obtener respuesta.
“En las caravanas nosotras visitamos cementerios, y ahí yo siempre me preguntaba: ‘¿Le estaré poniendo flores a mi hijo?’ En una ocasión nos encontramos al cónsul de Honduras y yo le dije: ‘¿Por qué aquí hay un cónsul que no hace nada por los migrantes?’ Él me respondió que tenía miedo, entonces yo le respondí: ‘Si tiene miedo, ¿para qué está aquí?’, y ya no me dijo nada”, relataba.
El reencuentro
Entre aplausos, Doña Leticia Martínez, de Honduras, volvió a abrazar a su hija Yanira después de 14 años de no verla: “Mi hija tenía 26 años cuando salió del país; era madre soltera de tres hijos. Trabajaba en la maquila, pero ganaba muy poco”.
A pocas horas de reencontrarse con su hija, todas sus compañeras le ayudaron a arreglarse: “Se comunicó conmigo durante un año y medio, pero la última vez que lo hizo me dijo que la habían secuestrado”, indica.
“Me llamó susurrando y me dijo que no contestara números de México para que no me extorsionaran. Desde entonces no volví a saber nada de ella”. Doña Leticia ya había participado en las Caravanas de Madres Centroamericanas y 14 años después volvió a ver a su hija.
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