Trump y Biden al fin debaten; nada cambia

Mundo 23/10/2020 05:40 Víctor Sancho / Corresponsal Actualizada 14:09

En último encuentro, chocan en temas como la inmigración, el racismo, el manejo de la pandemia y se acusan de recibir dinero de gobiernos extranjeros

Washington.— Las encuestas son pésimas para Donald Trump, la sangría de votantes es alarmante, y quizá por eso el presidente de Estados Unidos decidió cambiar de estrategia en el segundo y último cara a cara electoral frente a su rival Joe Biden. Indirectamente reconocía que ya va a la desesperada, en búsqueda de un salvavidas que todavía le dé un poco de aire para apostar por una reelección que parece estar lejos.

El cambio de juego fue significativo. Donde hace tres semanas hubo caos, este jueves hubo debate. Donde hace tres semanas hubo descontrol, este jueves hubo moderación.

Ambos llegaban preparados para la contienda, última oportunidad para mover al menos de 6% de electorado que todavía dice estar genuinamente indeciso con su voto. Era la última oportunidad real para contrarrestar a su rival, presentarse en oposición directa a su contrincante. Trump, dañado del primer envite por su carácter agresivo, pareció otro, en momentos educado y comprensivo.

Gran parte del éxito de la noche, del retorno a una normalidad de un debate tradicional y sin aspavientos ni escándalos, fue por el buen hacer de la moderadora, Kristen Welker.

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La segunda mujer negra en la historia en moderar un enfrentamiento electoral incluso recibió la felicitación de Trump al terminar la contienda. Ayudó también, y mucho, la amenaza de silenciar micrófonos: acabaron las interrupciones excesivas y el diálogo fue fluido.

La normalidad de la velada sirvió entonces simplemente para demostrar que Donald Trump y Joe Biden sólo comparten que son hombres blancos septuagenarios. Su visión del país es radicalmente opuesta, ya conocida de sobra por el electorado y la opinión pública, lo que hace prever que el debate, sin grandes escándalos ni errores ni salidas de tono ni frases memorables, tenga un efecto será mínimo.

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Especialmente cuando, a falta de 11 días de campaña, más de 48 millones y medio de estadounidenses ya han votado, superando la cifra de los votos anticipados de todo 2016. Parece que los votantes tienen claro qué van a hacer y un debate de este tipo, en una sociedad tan mediatizada, no va a afectar demasiado.

Sí que hubo novedades en las temáticas. Por primera vez se habló de migración, en parte gracias a que el día antes se supo que el gobierno de Estados Unidos todavía no ha conseguido reunificar a 545 niños con sus padres, después de ser separados en la frontera dentro de las políticas implementadas por la administración Trump para disuadir de la llegada de migrantes. Biden, sin tapujos, acusó al presidente de haber liderado una acción “criminal”, dejando a decenas de menores abandonados, solos, “sin lugar dónde ir”. Trump reviró, asegurando que les está cuidando muy bien y su gobierno está “intentando duramente” resolver ese asunto.

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La estrategia de Trump, como en casi todo, es culpar a los anteriores de todos los males, y también sucedió en inmigración, criticando las acciones de la administración Obama al respecto. Su retórica habitual lo traicionó, al escapársele que sólo los migrantes indocumentados con “bajo coeficiente intelectual” son los que aparecen en las cortes de migración para el seguimiento de sus casos.

Biden, por su parte, lanzó sus dos grandes propuestas en la materia: su prioridad de entregar al Congreso una propuesta de camino a la ciudadanía para los 11 millones de indocumentados que se estima que hay en EU, y la certificación para que el programa DACA, que da un respiro a la deportación a decenas de miles de jóvenes, sea permanente.

Tanto Trump como Biden demostraron que llegaban al evento preparados. Ambos tenían afilados sus cuchillos, esperando los mejores momentos para intentar dar una estocada. El presidente apostó por insistir en el historial de su rival como un político que no hizo nada en décadas de servicio público, y trató de lanzar un golpe bajo al tratar de dar relevancia a una acusación de corrupción ucraniana que medios conservadores están tratando que tenga visibilidad, en la que está involucrado uno de los hijos del exvicepresidente, Hunter Biden.

El demócrata, por su lado, se lanzó contra su negativa de hacer públicas sus declaraciones de impuestos, insinuando corrupciones o conflictos de intereses; le acusó de “poner gasolina a todos los fuegos racistas”; y puso de manifiesto la gestión deficiente del gobierno estadounidense ante la pandemia de Covid.

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“Alguien que es responsable de tantas muertes no debería seguir siendo presidente de Estados Unidos”, dijo Biden, quien alertó de un “invierno oscuro” por la falta de plan de la administración actual. “Asumo toda la responsabilidad. Pero no es mi culpa”, respondió Trump, acusando a China de todos los males pandémicos.

Al final nadie salió lastimado. Biden supo aguantar mejor el tipo y dar en el clavo en momentos cruciales, pero tampoco terminó de rematar a un rival que, enrocado en su discurso de siempre —y siendo el terror de los que se encargan de verificar datos y falsedades—, se defendió en su nueva versión moderada. Nada va a cambiar por este debate.

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