En el mes, el presidente de Estados Unidos, , aprobó un nuevo decreto que revisa el orden y el número de las vacunas recomendadas durante la infancia, exige ampliar el intervalo entre algunas dosis e insta a los estados, que tienen competencia en esta materia, a revisar sus protocolos. La decisión, impulsada por su secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., una de las figuras más reconocidas del movimiento antivacunas, representa un giro en la política sanitaria estadounidense tras décadas de directrices federales relativamente estables. Sumado a la nueva pirámide alimentaria promovida desde el gobierno, constituye una transformación silenciosa y, a decir de expertos, peligrosa, del sistema de salud de Estados Unidos.

La medida deja vacunas contra la influenza, el Covid-19, la hepatitis A y B, el rotavirus y la meningitis bajo criterios de riesgo o de decisión compartida entre padres y médicos, mientras ordena revisar el calendario federal de .

Desde su llegada al Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS), Robert F. Kennedy Jr. ha impulsado cambios de gran calado que sus seguidores celebran como una necesaria ruptura con el “establishment médico”, pero que para amplios sectores de la comunidad científica y sanitaria representan un giro riesgoso.

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El secretario ha convertido su promesa de Make America Healthy Again en una nueva política de salud pública que ha implicado despidos masivos, la eliminación o congelamiento de miles de millones de dólares en fondos para investigación científica y una revisión radical de posturas oficiales del gobierno sobre temas sensibles como las vacunas y las recomendaciones alimenticias. El secretario ha ordenado a los CDC abandonar su afirmación de que las vacunas no causan autismo, pese a que esta relación ha sido exhaustivamente estudiada sin que se haya encontrado evidencia que la respalde.

Expertos en salud han advertido de un posible repunte de enfermedades prevenibles mediante vacunación, en un año en el que EU ya ha registrado su mayor número de casos de sarampión en 35 años. El equipo defiende estos cambios bajo el argumento de que EU aplica un número mayor de vacunas infantiles que otros países desarrollados y que es necesario “armonizar” el calendario nacional con el de naciones como Dinamarca, Suecia o Noruega.

Sin embargo, los expertos subrayan que los sistemas de salud europeos operan en contextos radicalmente distintos, con coberturas universales, mayor seguimiento médico, menor desigualdad social y tasas de pobreza infantil significativamente más bajas; muchos de esos países compensan calendarios más reducidos con sistemas de vigilancia epidemiológica más robustos y una mayor confianza institucional.

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“Tomar a Dinamarca como modelo sin considerar las diferencias estructurales es científicamente irresponsable y peligroso”, dice Andrew Racine, presidente de la Academia Americana de Pediatría (AAP).

Kennedy ha prometido lanzar estudios a gran escala sobre posibles factores ambientales vinculados al autismo y en eventos junto a Trump ha promovido hipótesis no comprobadas (en algunos casos desacreditadas) que ligan vacunas, el uso de Tylenol y trastornos del neurodesarrollo. Investigadores advierten que, aun si se presentan como “exploratorias”, estas iniciativas pueden legitimar teorías conspirativas y socavar décadas de educación sanitaria.

Paralelamente, se anunciaron recortes millonarios en proyectos de investigación y la cancelación de contratos para el desarrollo de vacunas basadas en tecnología de ARN mensajero. Para críticos como el profesor Lawrence Gostin, de la Universidad de Georgetown: “EU corre el riesgo de quedar científicamente debilitado durante años, si no décadas”; recalca que se trata de un retroceso institucional que va a ser difícil de reconstruir.

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En ese mismo marco de revisión de consensos, el HHS presentó un giro significativo en las recomendaciones nutricionales oficiales, con una reformulación de la tradicional pirámide de alimentos. En el nuevo esquema, las carnes —especialmente las rojas—, los huevos y otros productos de origen animal aparecen ahora en la cúspide de las preferencias dietéticas, mientras que los cereales, granos integrales y aceites vegetales pierden el protagonismo que habían mantenido durante décadas.

El equipo de Kennedy alega que las guías anteriores contribuyeron al aumento de la obesidad, la diabetes y otras enfermedades metabólicas. Nutricionistas advierten que con el nuevo esquema, pueden aumentar riesgos cardiovasculares. Además, explican, la carne no es accesible para todos, por lo que el cambio puede agravar las desigualdades nutricionales en los sectores de menores ingresos.

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