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Robert F. Kennedy, la promesa que no fue

A 50 años de su asesinato, la figura del senador ha quedado plasmada en la historia como “el último caballero progresista” de EU, el cual ha servido de inspiración para otros políticos, entre ellos el ex presidente Barack Obama
El senador Robert F. Kennedy en una imagen del 5 de junio de 1968, durante un discurso en el Hotel Ambassador, en Los Ángeles. Horas después fue atacado y murió el 6 de junio (AP)
06/06/2018
05:36
Víctor Sancho / Corresponsal
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Washington

Quizá menos conocido que su hermano John, Robert Francis Kennedy (1925-1968) fue una importante figura política en Estados Unidos, bañada con el paso de lo años con la mística de qué hubiera pasado si no hubiera sido asesinado en la cocina de un hotel de Los Ángeles, cuando lo tenía todo para ser el próximo presidente del país y revivir con más idealismo las políticas de John F. Kennedy.

“La historia recuerda a Robert F. Kennedy (RFK) como fue en su cruzada por ser presidente en 1968: un sanador racial, un tribuno para los pobres y el último caballero progresista. Su visión romántica para EU y el planeta convirtieron a Bobby en un optimista extraño en una era de cinismo político”, explica a EL UNIVERSAL Larry Tye, autor de Bobby Kennedy, the making of a Liberal Icon (Bobby Kennedy, la creación de un ícono liberal).

La cúspide de la carrera política y la vida de Bobby se encontró de bruces con uno de los momentos más turbulentos de la historia moderna de EU, una década de los 1960 marcada por los asesinatos de JFK y Martin Luther King, las luchas por derechos civiles, las revueltas y la Guerra en Vietnam.

Robert apareció en la campaña demócrata de 1968 con un discurso nuevo, conciliador. “Bobby habló del poder de alzarse por un ideal, mejorar el conjunto de los otros para eliminar las injusticias, y enviar pequeñas ondas de esperanza, tal y como dijo a estudiantes luchando contra el racismo en Sudáfrica. […] Creía en el poder de esas ondas, y en su habilidad de construir una corriente para derribar los más poderosos muros de opresión y resistencia”, dice Jack Bohrer, autor de The Revolution of Robert Kennedy.

Hasta entonces había vivido bajo la sombra de su hermano, de quien fue principal asesor y confidente. “Durante su vida personal dejó todo para conseguir las metas de su hermano”, apunta Bohrer a EL UNIVERSAL. La muerte de JFK le tocó sobremanera, adentrándole en una fase de duelo y reencuentro personal.

“Su vida después de eso fue buscar su camino. Lo que Bobby encontró fue un país y un mundo en un torbellino de cambio aterrador y turbulento, de alguna forma similar al cambio radical que vivió en su vida. A medida que Bobby avanzaba, empezó a urgir a los otros a entender el cambio, abrazar el cambio, que a pesar de ser doloroso era inevitable, necesario y bueno”, relata Bohrer.

Robert vivió algo parecido a una metamorfosis.

En sus primeros pasos en la vida pública pasó por momentos oscuros, descrito como “implacable” por sus operaciones políticas sin escrúpulos a la Maquiavelo, participante activo del mccarthismo y escéptico de Martin Luther King (sobre quien autorizó el espionaje del FBI); en su carrera presidencial, hablaba de revolución, de esperanza, de ideales y construir un mundo nuevo.

Su cambio, incluso, permitió que evolucionara su visión de King: según Bohrer, la relación “complicada” no frenó que Bobby “entendiera lo que MLK representaba”, y llegó a “admirar el compromiso en avanzar los derechos civiles y las protestas no violentas contra la guerra y la pobreza”.

Las tres balas que salieron del revólver del activista palestino Shirar Shirar —si bien últimamente se ha puesto en duda que este fuera el autor del asesinato— mataron a RFK la madrugada del 6 de junio de 1968, elevando su figura a la mística y a las elucubraciones sobre todo lo que apuntaba, podría haber sido y no fue.

“El asesinato de RFK cambió la política estadounidense”, confiesa Bohrer, una tesis en la que coincide Tye. “Muchos estadounidenses idealistas perdieron la esperanza”, apunta este último.

Ninguno de los dos duda en pensar que RFK hubiera derrotado a Richard Nixon en las elecciones de 1968 —“conocía las debilidades de Nixon mejor que nadie en EU”, recuerda Tye—, pero la muerte hizo cambiar la historia que parecía escrita. “Estados Unidos tomó un camino diferente”, se resigna Bohrer.

Sus formas y compromisos se mantuvieron intactos, e incluso fueron base sustancial para políticos contemporáneos.

“Sé que Barack Obama vio en RFK una inspiración”, dice Bohrer. “Se mantuvo como el modelo a seguir durante su presidencia”, añade Tye. No extrañó, por tanto, que coincidieran en apostar por la “esperanza” (hope) y el idealismo positivo, ni que en los primeros compases de su campaña presidencial Obama devorara una biografía de Bobby.

A cincuenta años de su muerte, Estados Unidos parece querer recuperar su figura. “Su visión resuena al menos tan fuerte en los actuales Estados Unidos polarizados de la misma forma que lo hizo entonces”, señala Tye, comparando las divisiones de la actual Unión Americana comandada por Donald Trump con la turbulenta década de 1960.

 

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