Una de las voces más directas y críticas respecto del funcionamiento actual de la Organización de las Naciones Unidas es Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) y candidato a convertirse en su próximo secretario general.

Para el diplomático argentino, la ONU sigue siendo un organismo indispensable, pero “no está funcionando bien” y tampoco goza de la confianza necesaria entre los países para poder fortalecerlo.

En entrevista con EL UNIVERSAL, Grossi habla de su visión de la ONU, de las reformas que necesita y la urgencia de que “se acerque nuevamente a la gente”. Unas Naciones Unidas “que prueben que están agregando valor y que no son solo una institución burocrática más”, donde sea el posible el diálogo incluso con los actores más críticos, como Estados Unidos. Ello requiere, subraya, “restablecer la confianza en el organismo”.

Por eso, dice, se necesita en la Secretaría General una persona “con trayectoria”, más allá de que sea hombre, o mujer. Alguien que esté “en el terreno” y que sea capaz de liderar un organismo donde no sólo las grandes potencias, sino países como México y Brasil, desarrollen su papel “indispensable”.

Usted tiene más de 6 años al frente del OIEA. En ese cargo ha visto de cerca uno de los peligros más grandes a los que se enfrenta la humanidad, la amenaza nuclear. También ha visto el impacto de guerras como la de Rusia y Ucrania. ¿Está la ONU a la altura de los desafíos globales?

—Yo creo que la ONU debe estarlo. Es una institución indispensable en el orden internacional en el ámbito de la paz y la seguridad, pero también en otros ámbitos muy importantes como todas las temáticas vinculadas al desarrollo, a los derechos humanos, a lo humanitario.

El problema con las Naciones Unidas es que no está funcionando bien, no está funcionando como todos aspiraríamos a que funcionase.

Frente a la unión entre graves crisis internacionales que se acumulan y que se alimentan o retroalimentan, existe una necesidad de fortalecer el instrumento multilateral, que no está actuando de manera eficaz. Tenemos que mirar hacia el futuro e imaginar juntos qué Naciones Unidas queremos y cuáles son las Naciones Unidas factibles, realistas.

Usted ha sido una de las voces más directas sobre las reformas que se requieren en la ONU. ¿Hasta dónde llevaría usted esas reformas?

—Cuando hablamos de reformas, no debemos necesariamente asimilar la palabra reforma con reducción, con amputaciones indiscriminadas de funciones y de personal. Al mismo tiempo, debemos reconocer que con el paso del tiempo las Naciones Unidas han ido acumulando órganos y funciones que en muchos casos son reiterativos, que duplican lo que hacen otros, y también que existe una necesidad quizás de cierta racionalización en algunos sectores y en otros sectores refuerzos probablemente; es una tarea que debe encararse.

Debemos hacer de Naciones Unidas un instrumento más ágil, menos burocrático, que se focalice en lo que debe realmente hacer. Una organización que se ocupa de todo, finalmente termina no ocupándose de nada.

En materia de la preservación de la paz y la seguridad internacional no vemos, lamentablemente, a unas Naciones Unidas que estén involucradas o implicadas en la solución prácticamente de ningún conflicto interestatal internacional. En esto obviamente la función del secretario general es decisiva.

Entre lo que más se critica de la ONU está el Consejo de Seguridad y la forma como funciona el famoso poder de veto. ¿Es posible una reforma en ese sentido?

—Acaso es el gran tema que existe, pero eso no debiera ser una configuración de factores paralizantes. La reforma del Consejo de Seguridad es algo que no depende del secretario general, depende de los Estados miembros; y arribar a consensos acerca de un Consejo de Seguridad diferente del que tenemos es algo sumamente complicado, sumamente complejo.

Dicho esto, creo que no debemos caer en la trampa de la parálisis. El hecho de que el Consejo de Seguridad pudiese ser mejor o pudiese ser más representativo no quita que no debamos trabajar con él. Yo soy un realista en general, una persona que trata de solucionar problemas de manera práctica; es lo que yo hago en el OIEA.

Tenemos que mantener la ambición de un Consejo de Seguridad más representativo. Las conversaciones en el proceso intergubernamental que existe continuarán, pero mientras, hay un mundo que arde y al cual hay que atender.

El presidente de Estados Unidos ha criticado en múltiples ocasiones el propósito mismo de la ONU. ¿Usted ve posible el diálogo con Donald Trump, el mismo que se ha retirado de organismos como la Organización Mundial de la Salud, y lograr que mantenga sus aportaciones económicas?

—La visión de Estados Unidos es sumamente crítica. Al mismo tiempo, el presidente Trump ha dicho que las Naciones Unidas tienen un gran potencial. Sí, es una visión sumamente crítica, y al mismo tiempo Estados Unidos es un país indispensable. Nada puede funcionar en el plano internacional sin el concurso y la participación de Estados Unidos.

De modo tal que es prácticamente una necesidad para el secretario general buscar ese diálogo afanosamente. La función del secretario general, que es muchas veces un mediador, es justamente entender cuál es la posición de un país, por qué, cuáles son los temas que Estados Unidos considera que las Naciones Unidas están llevando mal; y eso aplica a otros países también. Hay que escuchar y ver por dónde uno puede acercar a ese país y evitar que se aleje más.

Uno de los problemas importantes que enfrenta la ONU es el tema de los recursos y las aportaciones. ¿Hay un plan de Rafael Grossi en este sentido?

—El plan es restablecer la confianza. Yo estoy convencido de que los grandes aportantes, y los pequeños con mucha más razón, al tener un equipo de conducción y un secretario general que les genere confianza, van a reiniciar, van a enhebrar nuevamente ese diálogo con la ONU, influyendo en la cuestión de los pagos. Yo creo que esto tiene que ver con una falta de confianza, con una insatisfacción generalizada acerca de cómo está funcionando el sistema.

Se habla mucho de países como Estados Unidos o como Rusia, los gigantes. ¿Qué pasa con naciones como México, como Brasil? ¿Cuál es el papel que, desde su punto de vista, deberían de jugar en un organismo como la ONU? ¿Usted ve un escenario donde puedan tener un rol más activo?

—Absolutamente, yo creo que ya lo juegan, ya juegan un papel importantísimo. Es decir, el papel de México, no solo allí, en tantas otras instancias internacionales; el papel de Brasil. Son los dos países más grandes de Latinoamérica y el Caribe y, por lo tanto, tan importantes para los balances y los equilibrios del poder global.

México, que es el país de Tlatelolco, que es el país de tantos procesos de paz, que es un país comprometido con la visión multilateral y de paz y de concordia en el mundo —es una confluencia de culturas y de civilizaciones—, tiene un papel indispensable.

México y Brasil son países que están en una dimensión de actores realmente globales en el comercio por su peso específico. Y lo mismo sucede con otros países en otras regiones, en África, en Asia, que destacan por ciertas características que tienen, ya sea su población, su influencia cultural, su poderío económico o su capacidad tecnológica.

Todos estos países no solamente sostienen el sistema de Naciones Unidas, sino que están en el proceso de toma de decisiones de la organización. Pueden contribuir muchísimo en materia de operaciones para el mantenimiento de la paz, en materia de desarrollo, en materia de acciones humanitarias, y no se ve mucho que eso esté sucediendo. Y debemos preguntarnos, ¿por qué? Porque existe esta lenta desafección, desconexión.

En nuestro hemisferio occidental tenemos el caso de un país desarticulado, sufriente como Haití, y tenemos que ir a buscar fuerzas de mantenimiento de la paz al África porque nuestra región, que supo estar muy involucrada allí —México, Brasil, Argentina aportaban tropas, estaban presentes porque nos interesa a todos tener un vecindario donde prevalece la calma, la estabilidad, el crecimiento, la prosperidad—, nos hemos desentendido. Y hoy, con todo el homenaje a las fuerzas de Chad, de Kenia... ¿por qué no hay latinoamericanos allí? Son preguntas que nos tenemos que hacer y que también hablan de esta gradual desafección.

¿Por qué cree que usted debería ser el secretario general de la ONU? ¿Qué es lo que lo convierte en el mejor candidato?

—Yo creo que hay que tener debido respeto por todos los candidatos que hay. Nadie es mejor que ninguno, pero sí creo que hay determinados momentos y determinadas circunstancias que se adaptan mejor a ciertos perfiles. Y creo yo que los perfiles tienen que estar sostenidos en la trayectoria.

El OIEA es el único organismo presente y activo en varios conflictos internacionales. En la guerra entre Ucrania y Rusia, nosotros estamos allí protegiendo a la central de Zaporiyia, evitando que haya un accidente nuclear con consecuencias radiológicas. Yo mismo he cruzado la línea de frente bajo fuego en muchísimas oportunidades. Lo mismo pasa en Oriente Medio, y puedo citar el caso de Irán, el caso de Siria... En fin, esta tarea en cierto modo ya la estoy ejerciendo, con un marco más reducido al ámbito de la no proliferación, pero que son temáticas muy sensitivas y muy importantes en materia internacional.

Es eso lo que me da la confianza de pensar que esta tarea que yo realizo, es un ejemplo concreto de lo que puede hacerse a nivel de las Naciones Unidas.

¿Qué dice a quienes consideran que llegó el momento de que la ONU sea dirigida por una mujer?

—Respeto muchísimo esa opinión. Creo que la cuestión de género, de la igualdad de género, es muy importante y, de hecho, para referirme a lo que yo he hecho, en comparación con lo que otros declaran que harían: yo tomé un organismo altamente técnico y sofisticado con solamente 28% de mujeres profesionales y en cinco años lo llevé al 53% de mujeres profesionales en altos puestos de responsabilidad.

De lo que se trata es de elegir a la mejor persona, sea hombre o mujer, para el cargo, de acuerdo al momento, a lo que se necesita. Lo que debe ser sacrosanto es la igualdad de posibilidades de hombres y mujeres de ser candidatos, de estar presentes al momento de la elección.

En caso de obtener la candidatura, le va a tocar una época de una división profunda, de descreimiento en las causas, en el multilateralismo. ¿Cómo plantea retomar, recobrar no solo la fe de la que usted hablaba en la ONU, sino la unidad, esta idea de que hay que trabajar juntos?

—Debemos volver a acercar a las Naciones Unidas a la gente. Creo que las Naciones Unidas muchas veces están orbitando con un lenguaje incomprensible. Debemos reconciliar a las sociedades y a nuestros pueblos con la misión de las Naciones Unidas.

Eso requiere dos cosas. Requiere, por un lado, unas Naciones Unidas que funcionen, que prueben que están agregando valor y que no son solo una institución burocrática más. Pero, por otro lado, una política comunicacional y un secretario general que hable con la gente, que hable con la gente común, que esté en el terreno, que es algo que a mí me ha caracterizado.

Estoy convencido de que esas Naciones Unidas involucradas, esas Naciones Unidas de terreno, esas Naciones Unidas de proximidad, van a volver a enamorar a la gente con la idea. Estamos en una encrucijada en este momento con todas estas crisis que conversamos; también con un organismo que está allí, pero que está subutilizado o no utilizado, o utilizado mucho en cosas que no son tan consecuentes. Estoy convencido de que es posible volver a entusiasmar a la gente con las Naciones Unidas.

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