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El Movimiento San Isidro (MSI) surgió en diciembre del año 2018 en Cuba, tras la publicación del decreto ley 349. Este decreto establece límites para el arte y legaliza la criminalización de los artistas. A su vez, el decreto 349 constituye una actualización del artículo 226 que normaba la creación y justificaba la censura, pero introduce la figura de la policía cultural y monopoliza el derecho a crear. Desde su fundación, el principal objetivo del MSI ha sido enfrentar las prácticas de censura y hostigamiento del gobierno cubano a los artistas independientes y reclamar libertades civiles y políticas en el país.
El MSI fue fundado por los artistas y activistas Luis Manuel Otero Alcántara, Amaury Pacheco, Michel Matos, Yanelys Nuñez Leyva, Iris Ruiz, Afrik3Reina, Aminta D’Cárdenas y Nonardo Perea, pero posee una estructura flexible y horizontal que facilita la adscripción de quienes se sientan identificados con sus demandas. El manifiesto del grupo fue firmado, además, por Hamlet Lavastida, Soandres Del Rio, René Rodríguez, Sandor Pérez, Michel Perea, Verónica Pérez, Miguel Yasser Castellanos, Yoandry Quindelán, Lía Villares, Alejandro Taquechel, Tania Bruguera y Adrian Alejandro Monzón. Actualmente también son parte del grupo Katherine Bisquet, Anamelys Ramos, Claudia Genlui, Maykel Castillo y Denis Solís, entre otros.
Los antecedentes directos del MSI se encuentran en la larga historia de lucha política desde el arte en la isla, que ha sido silenciada por las instituciones culturales estatales. Particularmente después de los años 90, momento en el que el arte se conecta de una forma inédita con la política. Colectivos como Paideia, Tercera opción, el proyecto y la revista Diáspora(s), Espacio Aglutinador y Omni Zona Franca, son ejemplos de los cruces entre el arte y el activismo.
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El MSI es deudor de esa tradición de disputa por el derecho al disenso y la construcción de una comunidad política desde el arte. Desde sus inicios, el MSI apostó por crear redes productivas al margen de la institucionalidad artística y gestionó su autonomía, siempre en tensión con el poder Estatal, bajo el principio de articularse con colectivos activistas y otras voces disidentes, fuera del mundo artístico. El grupo convirtió la alternatividad en una ética frente a la función pública de la institución y las políticas de fomento del mercado del arte.
Las estrategias de trabajo del MSI han incluido el cuerpo como lugar de exposición y vulneración, la acción poética y la ocupación del espacio público, el uso de los símbolos de la nación y las guerrillas comunicacionales. Aunque muchas de estas formas no suenen a estas alturas nada disruptivas, las instituciones artísticas y políticas en Cuba las han empleado para desacreditar al grupo.
Las acciones del MSI usan la fuerza inventiva del arte para crear otros modos de organización e intervención en el mundo. Se apoyan en un repertorio de recursos que ha legado la historia del arte, desde celebrar un concierto de hip hop en la sede del MSI hasta un peregrinaje con la Santa Patrona de Cuba; o los plantones como protesta frente al encarcelamiento de activistas e intelectuales y las sentadas con meditaciones poéticas sobre el destino de la nación. El MSI usa el arte como forma de protesta frente a las restricciones, como espacio de agenciamiento político para allanar un camino donde quepan muchas cubas en la Cuba actual.
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