El presidente estadounidense, Donald Trump, está socavando el sistema electoral de Estados Unidos con denuncias de fraude que no ha podido probar y que, por el contrario, análisis tras análisis han desmentido. Acusa a China, pero deja convenientemente a Rusia fuera de los señalamientos. Para los expertos, Trump podría estar allanando el camino para declarar fraudulentos los comicios de este año, o los de 2028. Más allá del sistema electoral, las palabras de Trump se convierten en una amenaza para la democracia en EU y en otros países.

Trump y el desgaste democrático

José Joel Peña Llanes. Internacionalista y doctor en derecho

La democracia en Estados Unidos atraviesa un momento de tensión. Es significativo por tratarse de un país que ayudó a consolidar —y en ocasiones a imponer— la democracia constitucional, la división de poderes y las libertades civiles como modelo internacional.

Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha confrontado a las instituciones que limitan el poder presidencial. Sus ataques al Poder Judicial, el debilitamiento de agencias federales y la presión sobre organismos independientes, como la Reserva Federal y la Comisión Federal de Comercio, reflejan su idea de que estos deben supeditarse a la voluntad del gobernante.

A ello se suma el uso expansivo de órdenes ejecutivas e interpretaciones jurídicas controvertidas. Por ejemplo, la orden que intentó restringir la ciudadanía por nacimiento, declarada contraria a la Decimocuarta Enmienda por la Corte Suprema. Por ello, Human Rights Watch advierte en su Informe Mundial 2026 sobre la expansión del Poder Ejecutivo y el debilitamiento de los contrapesos democráticos.

Este comportamiento presenta rasgos del autoritarismo populista: se culpa a gobiernos anteriores de los problemas nacionales, se desacredita a las instituciones que cuestionan al líder y se ataca a la prensa crítica, que deja de ser un componente esencial de la democracia para convertirse en adversaria.

Lo que ocurre en el llamado “faro de la democracia” no es un fenómeno aislado. Forma parte de una tendencia internacional de desconfianza hacia los gobiernos, los parlamentos y las instituciones. Ese desencanto abre espacio a liderazgos que prometen soluciones inmediatas, pero debilitan las reglas que limitan el poder.

La democracia no depende solo de las elecciones. Requiere tribunales independientes, instituciones sólidas, libertad de prensa y respeto al Estado de derecho. Cuando un gobernante convierte estos contrapesos en enemigos, no fortalece al Estado: debilita la democracia y perjudica a la población.

La batalla por el relato

Scarlett Limón Crump. Analista Internacional

Cada vez que Donald Trump desafía una institución, desacredita una elección o convierte un tema en el centro de la conversación pública, ocurre el mismo patrón: la oposición responde y la prensa verifica. La pregunta es si esa dinámica realmente contiene su influencia o, por el contrario, revela una debilidad más profunda de la democracia estadounidense.

Durante los últimos años, buena parte del peso de confrontar el discurso de Trump ha recaído sobre el periodismo. Investigaciones, verificaciones y coberturas exhaustivas han buscado frenar la desinformación y exigir rendición de cuentas. Esa labor es indispensable. Pero también obliga a preguntarnos si la prensa está ocupando un espacio que, en realidad, corresponde a la oposición política.

El problema no es que los demócratas carezcan de propuestas. Es que, con demasiada frecuencia, han construido su estrategia en función de responder a Trump. Cuando él instala un tema, la discusión gira alrededor de ese tema. Cuando redefine los términos del debate, sus adversarios terminan aceptando ese marco. En política, quien logra establecer la conversación parte con ventaja.

Mientras la oposición responde con datos y argumentos, Trump ofrece un relato. Uno que divide el mundo entre élites y ciudadanos, entre patriotas y enemigos, entre quienes “recuperarán” el país y quienes supuestamente lo amenazan. No es una narrativa compleja, pero sí consistente. Y las narrativas no solo explican la realidad; también organizan las emociones y construyen identidad.

En ese vacío, la prensa ha terminado funcionando como el principal muro de contención. Sin embargo, ahí aparece una paradoja. El periodismo puede investigar, revelar abusos y verificar hechos, pero no puede reemplazar a una oposición capaz de disputar el sentido del futuro. Cuando los medios se convierten en el adversario más visible del poder, también se vuelven el blanco perfecto para quienes buscan desacreditarlos y reforzar la idea de que existe una élite empeñada en perseguirlos.

Quizá la pregunta no sea si la prensa está haciendo suficiente. Quizá la verdadera pregunta sea por qué esperamos que haga el trabajo de la política. En una democracia, el periodismo debe fiscalizar al poder; la oposición debe ofrecer una alternativa. Cuando esas funciones se confunden, no solo se debilita el debate público. También se fortalece el relato de quienes han entendido que, antes que ganar una elección, hay que ganar la conversación.

El manual de la desconfianza: Cómo la retórica de Trump arma a la derecha latinoamericana

Pedro Isnardo De la Cruz y José Antonio Dorantes. Especialistas en temas de política electoral y comunicación política

¿Qué ocurre cuando la estrategia política ya no busca ganar votos, sino invalidar el conteo antes de que comience?

Licencia para atacar al árbitro

Las constantes denuncias de Donald Trump contra el sistema estadounidense funcionan como un escudo para que la derecha latinoamericana cuestione sus propios procesos electorales.

Si la democracia más sólida califica sus propios comicios como defectuosos, los actores locales tienen más incentivos para acusar de fraude sin presentar evidencia.

Esta dinámica reduce el costo de deslegitimar a las autoridades electorales independientes y debilita el consenso de respeto a las instituciones.

Una excusa permanente ante la derrota

Sembrar dudas sobre el sistema antes de la jornada electoral funciona como un blindaje político.

Si el candidato conservador gana, la victoria reafirma su poder porque venció a un sistema que estaba en su contra.

Si pierde, la narrativa de manipulación electoral le permite desconocer el resultado oficial.

Con ello, logra mantener movilizada a su base, justificar la confrontación y erosionar la gobernabilidad de sus rivales.

Al atacar las reglas democráticas, la derrota dejó de ser un resultado normal para convertirse en algo inaceptable.

Cuando aceptar el conteo de votos se vuelve opcional, la estabilidad de un país deja de depender de las urnas y queda a merced de la polarización.

La difícil ingeniería de la democracia estadounidense

Jesús Isaac Flores Castillo. Miembro del Servicio Exterior Mexicano y candidato a doctor en Seguridad Internacional por la Universidad Anáhuac. Las opiniones expresadas son a título personal.

Estados Unidos no fue diseñado para maximizar la democracia; fue diseñado para garantizar la supervivencia de la república. Esa premisa explica buena parte de las instituciones que aún distinguen a su sistema político. A 250 años de la independencia, la primera democracia presidencial del mundo conserva, con apenas 27 enmiendas, la Constitución escrita más antigua aún en vigor. La pregunta es si el diseño que le dio esa extraordinaria estabilidad sigue respondiendo a las exigencias democráticas del siglo XXI.

En The Federalist Papers, Alexander Hamilton y James Madison defendieron una república donde la voluntad popular gobernara mediante instituciones capaces de moderar los impulsos del momento. De esa lógica surgieron el Colegio Electoral, un Senado concebido para los estados antes que para la población y una Cámara de Representantes cuyo tamaño permanece prácticamente congelado desde 1929. El resultado es que cada distrito electoral reúne hoy, en promedio, a más de 760 mil habitantes, una de las proporciones más altas entre las democracias desarrolladas, mientras la presidencia continúa eligiéndose de forma indirecta y unos cuantos estados concentran buena parte de la competencia electoral.

Sin embargo, la historia constitucional estadounidense también es la de una adaptación constante. La abolición de la esclavitud, la expansión del sufragio y el reconocimiento efectivo de los derechos civiles muestran que la fortaleza del sistema ha residido menos en reformar su Constitución que en reinterpretarla y ampliar progresivamente el alcance de sus principios.

Ninguna democracia liberal puede permitirse aplicar sus propias reglas de una forma que haga posible su destrucción. Todas enfrentan un dilema permanente: deben ser suficientemente abiertas para representar la voluntad popular y, al mismo tiempo, suficientemente sólidas para impedir que esa misma voluntad erosione las instituciones que hacen posible la propia democracia. Los acontecimientos de los últimos años parecen confirmar que los padres fundadores comprendieron bien ese riesgo.

SAVE Act; ¿salvará o hundirá el proceso electoral?

Dra. Alina Gamboa Combs, profesor de la Facultad de Estudios Globales, Universidad Anáhuac México

La propuesta legislativa en Estados Unidos, “Safeguard American Voter Eligibility Act” o “SAVE Act” busca endurecer las reglas para registrarse y votar en elecciones federales en este país. En esencia, exige una prueba documental de ciudadanía para inscribir o actualizar el registro electoral. Sus defensores argumentan que, si la propuesta de ley pasa, fortalecerá la integridad electoral y evitará que personas no ciudadanas participen en las elecciones federales. Los críticos sostienen que, como ya es ilegal que personas no ciudadanas voten, son pocos los casos que se presentan; en cambio, si se aprueba la ley, esta impondría barreras a los ciudadanos.

Las principales implicaciones para la ciudadanía estadounidense se relacionan con temas de accesibilidad, ya que muchas personas no cuentan con los documentos necesarios, sobre todo las personas mayores, los habitantes de zonas rurales o los de bajos ingresos. Asimismo, las mujeres casadas que cambiaron de apellido, los ciudadanos naturalizados y las personas trans pueden encontrarse con problemas ya que sus documentos no coinciden con su nombre actual. Para varios de estos grupos, cumplir con el requisito implica incurrir en gastos adicionales y realizar trámites complejos.

En términos políticos, el SAVE Act se ha convertido en un punto de conflicto entre republicanos y demócratas. Los republicanos, quienes redactaron la propuesta, la presentan como una medida de seguridad electoral. Los demócratas, por el contrario, lo consideran una forma de supresión del voto. Por el momento, la propuesta de ley no ha avanzado en el Senado, aunque el presidente Donald Trump está presionando para que se apruebe.

Desde 1990, en México se requiere una credencial para votar, lo cual se interpretó como un paso hacia elecciones más confiables y como una pieza central de la transición democrática. Lo curioso es que, en Estados Unidos, donde existía confianza en el sistema electoral, la SAVE Act parece generar desconfianza.

Trump: El silencio sobre Moscú

Solange Márquez. Analista internacional. X: @solange

Donald Trump acusa a China de interferencia en el tema electoral… ¿Y Rusia? No menciona para nada a los rusos, aunque de eso sí hay pruebas, de que quisieron influir para beneficio de Trump y contra Biden.

El pasado 16 de julio, en un discurso a la nación desde la Sala Este de la Casa Blanca, Donald Trump acusó a China de lo que llamó la mayor filtración de datos electorales de la historia, alegando que Beijing había adquirido ilícitamente los registros de 220 millones de votantes.

La realidad parece contradecir al presidente de Estados Unidos. Uno de los documentos presentado por la Casa Blanca como "Desclasificado por el presidente Trump el pasado 3 de julio", fechado en agosto de 2020, retrata a Rusia como el país que ha intentado vulnerar el sistema electoral estadounidense y señala que habría actuado en contra del exvicepresidente Joe Biden y de lo que consideraba un establishment anti-Rusia. El documento del Consejo Nacional de Inteligencia subraya que algunos actores vinculados al Kremlin habrían buscado “impulsar la candidatura del presidente Trump en redes sociales”.

Sobre China, si bien el documento reconoce que Beijing preferiría que Trump, a quien veía como “impredecible”, no ganara la reelección, también señala que no buscó interferir en la elección. Un punto que contradice lo dicho por el presidente estadounidense. Cinco días después de acusar a China, Trump restó importancia a lo que él mismo había denunciado, afirmó que Estados Unidos hacía lo mismo y sostuvo que, en todo caso, aquello había ocurrido hacía mucho tiempo.

La contradicción entre los dichos del presidente y los propios documentos que la Casa Blanca desclasificó para probar la injerencia china obliga a la pregunta: ¿Por qué ahora, y por qué China y no Rusia, si las pruebas de la injerencia rusa son, a diferencia de las que pesan sobre China, contundentes?

La respuesta es muy incómoda para Trump y tiene dos vertientes. La primera es la legitimidad electoral. Reconocer la participación de Rusia en la vulnerabilidad del sistema en 2020 pasa también por reconocer el informe Mueller y las pruebas de la interferencia rusa en las elecciones de 2016, que habrían beneficiado al propio Trump. Abrir ese expediente pondría, de nueva cuenta, bajo la lupa su propia elección para el primer mandato.

La segunda vertiente es estratégica y responde al "ahora". A unos meses de los comicios de noviembre, y con los pronósticos en contra, Trump necesita un enemigo externo, una pieza indispensable del discurso populista, al que imputar el designio de destruir al país desde adentro. China sirve a ese propósito; Rusia lo arruina, porque los mismos documentos la muestran actuando a favor de Trump. Al nombrarla, el relato de una elección amenazada desde fuera se viene abajo: el foco vuelve, otra vez, a su propio arribo a la Casa Blanca en 2016. De ahí la instrumentalización de China como elemento narrativo de choque y el cuidadoso silencio sobre Moscú.

Las dos vertientes empujan en el mismo sentido: pronunciar el nombre de Rusia mancha el origen de su primer mandato y, a la vez, desactiva el enemigo que hoy necesita con tanta urgencia. Por eso Rusia debía permanecer innombrable y por eso no se entiende el error de desclasificar documentos que la exhiben por un lado y por el otro exoneran a quien se pretendía culpar: China.

Y quizá esa sea en última instancia la mejor estampa de este episodio. Con la visita del presidente chino a Washington planeada para septiembre, la administración Trump muestra un dejo de desesperación para recuperar a los votantes que ha perdido en estos más de 18 meses de gobierno. Cabe preguntar finalmente: ¿Qué tan difícil se ve el panorama que para tratar de probar una supuesta interferencia electoral se presentan documentos que consignan la que se ejerció en su beneficio?

La desconfianza como estrategia

Georgina De la Fuente. Analista política y socia de Strategia Consultores

El pasado 16 de julio, Donald Trump dio un discurso para presentar lo que describió como evidencia sobre una supuesta interferencia china en la elección de 2020. En un mensaje transmitido en horario estelar, aseguró que los documentos confirmaban vulnerabilidades que permitieron el “robo” de aquella elección. Pero el análisis periodístico posterior mostró que los documentos no acreditaban manipulación electoral ni respaldaban sus afirmaciones.

El episodio difícilmente puede leerse como un hecho aislado. Desde 2020, la estrategia de sembrar dudas de la integridad de los comicios, incluso sin evidencia, ha demostrado ser eficaz para moldear la percepción pública sobre la legitimidad de los resultados. En aquella elección, el Partido Republicano promovió 76 demandas post electorales relacionadas a la elección presidencial, pero ninguna prosperó ni acreditó fraude alguno. Aun así, la ofensiva jurídica y mediática logró sembrar la percepción de una elección fraudulenta en una parte significativa del electorado republicano.

Llama la atención que, tras el discurso del 16 de julio, ninguna figura relevante de su partido retomó las acusaciones ni utilizó los documentos para alimentar la narrativa presidencial. El silencio resulta revelador en un contexto en el que la lealtad es fundamental para asegurar futuro político. En ese sentido, la estrategia parece responder menos a evidenciar un fraude que a la intención de construir un clima de desconfianza que permita cuestionar la legitimidad de un eventual resultado adverso. La crisis por el costo de vida y el rechazo a la guerra en Irán han fortalecido las expectativas demócratas a casi 100 días de la jornada electoral. La narrativa del fraude también contribuye a justificar propuestas para endurecer los requisitos de identificación para ejercer el voto.

La experiencia de 2020 demuestra que no se necesita ganar en tribunales para que una estrategia sea efectiva; le basta con erosionar la confianza ciudadana en las elecciones. Desafortunadamente, cuando la desconfianza se convierte en herramienta política, la principal víctima termina siendo la democracia.

Trump, salvando a América

Emiliano Hinojosa Ponce. Internacionalista

Donald Trump pretende “salvar a Estados Unidos” y a su sistema electoral a través de la Ley SAVE America. Su estrategia se basa en ejercer presión hacia John Thune, líder republicano del Senado, para que cancele el receso de agosto y pueda parar el filibusterismo. Thune, por otro lado, reconoce que obtener la mayoría no es una realidad legítima posible. Trump busca proyectar una inestabilidad electoral atribuida al partido de oposición, insistiendo en que las elecciones dependen de la ley para evitar fraude electoral. Mientras que ninguna investigación independiente hasta ahora ha sostenido las acusaciones de fraude, sí le ha servido para presionar al Congreso y avivar la conversación.

Esta insistencia no es novedosa, pues funciona como una estrategia política para impulsar su agenda. Los actores culpables son varios: Primero, China, al ser acusada del hackeo y robo de información de más de 220 millones de votantes estadounidenses a mediados de julio. Después, fueron los mismos demócratas al obstaculizar la ley. En la actualidad, es Thune, a quien acusa de carecer de voluntad propia dentro del Senado para cancelar el receso de agosto.

Esto evidencia que la Ley SAVE America es un paso más hacia el consistente proyecto político del presidente Trump. Enfocada en la persecución de personas indocumentadas que supuestamente incurren en el delito de votar sin la misma facultad, se escuda en ser una reforma técnica que brinda transparencia a los comicios. La pronta fecha de las acusaciones, por otro lado, indica una preparación del terreno para deslegitimar y anticipar cualquier resultado opuesto a los intereses de Trump.

Denunciar fraude electoral proyecta una conveniente inseguridad dentro de Estados Unidos, y estigmatiza a los actores que atentan contra la victoria republicana en noviembre. Es así como Trump, instrumentalizando la democracia, sienta las bases para socavar el sistema electoral y oponerse a resultados adversos a su proyecto, incluso antes de que se emita un solo voto.

El secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, insistió este mes
en una conferencia en Washington de irregularidades en el censo electoral. Foto: EFE
El secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, insistió este mes en una conferencia en Washington de irregularidades en el censo electoral. Foto: EFE

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