Después de la operación que derivó en la captura de Nicolás Maduro, en Venezuela, el siguiente objetivo de Estados Unidos en América Latina es Cuba. El gobierno del presidente Donald Trump está presionando para lograr una transición en la isla. Idealmente, el diálogo debería ser con quien represente los intereses de los cubanos, pero en la práctica, todo indica que será el mismo régimen. México, en este escenario, puede ayudar, incluso mediar, pero no resolver el antagonismo estructural que enfrenta a Washington con el país caribeño.

Cuba: tiempo de indefiniciones
Luis Herrera Lasso M. Internacionalista mexicano
Cuba llega al año 2026 a uno de los peores momentos de su historia. El sistema político centralizado, la economía cerrada, la enemistad con Estados Unidos y la pérdida de apoyos del exterior, han llevado a ese país a una situación crítica. Los ocho millones de cubanos viven hoy en día en el umbral de la pobreza.
Desde el triunfo de la Revolución cubana (1959), Estados Unidos ha intentado por todos los medios revertir el socialismo en ese país: con el embargo económico, con una fallida invasión (1961) y con varios intentos de asesinato de su líder, Fidel Castro. En seis décadas no fue posible alcanzar su objetivo.
Para Estados Unidos intervenir en Cuba en el momento actual resulta muy complicado. Cambiar el régimen político mediante una invasión promete ser un desastre, como sucedió en Irak y Afganistán, países en los que el intento de democratización fue un rotundo fracaso.
En ausencia de apoyos económicos del exterior (petróleo y alimentos) la vía de profundizar la asfixia económica en Cuba con medidas adicionales al embargo provocaría una crisis humanitaria con éxodo migratorio de las proporciones de Venezuela.
Los cubanos en Estados Unidos (2.4 millones) esperan con ansia un cambio, lo más cercano posible a la apertura económica y política, condición para regresar e invertir en un nuevo modelo. Los cubanos en Miami han logrado acumular capital político al interior de Estados Unidos y mantienen sus redes en la isla.
Sin embargo, si bien el actual modelo cubano parece a todas luces inviable, no se vislumbra un cambio drástico de la noche a la mañana con las posibles acciones de Estados Unidos. El desgaste interno del modelo, acentuado por la escasez de alimentos y medicinas, ha provocado el desencanto de dos generaciones que ya no creen en la ideología de sus padres y abuelos y buscan una Cuba distinta. Estados Unidos será sin duda el factor externo más importante en este proceso, para bien o para mal, eso aún está por verse.
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El interlocutor ideal y el interlocutor inevitable
Por: María Muriel. Abogada y Maestra en Resolución de Conflictos
Estados Unidos está haciendo todo lo posible por presionar a Cuba para un cambio de liderazgo. De este escenario surgen dos preguntas fundamentales: Si se inician negociaciones formales, ¿quién sería el interlocutor ideal y no solamente el esperado? Y más aún, ¿quiénes pueden o deben liderar una transición si se busca una salida real a la dictadura actual?
El interlocutor ideal no necesariamente sería quien hoy concentra el poder institucional, sino quien represente genuinamente los intereses de la población cubana. Un actor que tenga como prioridad la crisis económica, la falta de libertades y el desgaste social acumulado durante décadas. Si la intención es impulsar una transición auténtica, el diálogo no puede limitarse a intercambios entre élites políticas, sino que debería incluir a actores sociales con legitimidad ante la ciudadanía.
En ese sentido, la oposición al régimen podría aspirar a conducir un proceso de transición si contara con respaldo interno suficiente y con un acompañamiento internacional estratégico. Sin embargo, la fragmentación, la represión y el exilio han debilitado su capacidad organizativa dentro de la isla. El apoyo de Estados Unidos, por sí solo, no garantiza legitimidad si no existe una base social sólida que sostenga el cambio.
Lo que parece más probable es que el interlocutor designado termine siendo el régimen actual o sectores vinculados a él. Esta opción, si no se acompaña de un liderazgo civil fuerte, podría resultar en una transición limitada que reproduzca un modelo autoritario bajo una nueva forma de control externo. La experiencia reciente en la región muestra que incluso cuando Estados Unidos ha intervenido con fuerza para debilitar o desplazar a un régimen autoritario, como en el caso de Venezuela, el resultado no ha sido una democratización genuina sino una reconfiguración del poder.
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Cuba: entre crisis cotidiana y la transición incierta
Por: Yu Chen Cheng. Asociado COMEXI. @Chennie_tw
En Cuba, la palabra “transición” suena enorme, pero la crisis se vive en cosas pequeñas: el apagón que corta la noche, el refrigerador que no aguanta, la ambulancia que tarda, la farmacia vacía. En febrero de 2026, la crisis energética y de combustible volvió a colocarse en el centro del problema ya que la isla produce solo alrededor de 40% del combustible que necesita y depende de las importaciones; por eso, cuando se aprietan las sanciones o se interrumpen envíos, la vida diaria se encoge de inmediato.
Ese contexto cambia la pregunta. No es: “¿habrá transición?”, sino ¿una transición mejoraría la vida de la gente? Podría, pero no de forma automática. Hay certeza de que cualquier cambio que no estabilice energía, alimentos, medicinas y transporte, se quedará en discurso. Hoy el país está tan tensionado que reportes describen hospitales deteriorados lidiando con cortes persistentes y con dificultades logísticas para que se tengan los insumos básicos.
Aun así, hay señales de algo que ya se está moviendo por debajo del gran debate político: el sector no estatal creció y, según datos oficiales, en 2024 llegó a 55% de las ventas minoristas, superando al Estado por primera vez en décadas. Eso importa porque sugiere que mucha gente ya está intentando transitar sin que nadie lo declare como abriendo negocios, resolviendo la situación a través de redes familiares, sobreviviendo con creatividad. Pero también implica riesgos de que, si el cambio llega sin reglas claras, la desigualdad puede dispararse y la economía informal volverse aún más cara e injusta de lo que está ahora.
Por eso la transición es incierta, no por falta de deseo, sino por falta de condiciones. Una transición favorable tendría que comenzar por lo elemental y verificable como más electricidad confiable, más combustible disponible, más suministro mínimo y más reglas sencillas para operar y generar. En la práctica, esa es hoy la esperanza cubana, no heroica y no ideológica; una esperanza de llegar a tener una vida con normalidad. Y si la normalidad regresa, aunque sea poco a poco, entonces sí: la transición dejaría de ser una promesa y se volvería un alivio real para todas las personas.
¿Podrá Cuba trascender dentro de la crisis y crear una transición pacífica?
Mediación posible, reconciliación imposible
Por: Scarlett Limón Crump. Analista Internacional
Hablar de Cuba desde México es hablar de historia, principios y cálculo estratégico. Desde la Doctrina Estrada, nuestro país ha defendido la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Esa postura explica el respaldo diplomático a La Habana incluso cuando Washington endurece su política.
Pero la pregunta es inevitable: ¿hasta dónde puede llegar la ayuda mexicana? México puede enviar asistencia humanitaria, cooperación médica o apoyo energético. Puede acompañar a Cuba en foros multilaterales y sostener una narrativa regional de soberanía. Sin embargo, los límites son claros: no puede sustituir el impacto estructural del embargo estadounidense ni comprometer su integración económica con Estados Unidos sin asumir costos mayores. La ayuda es relevante, pero no altera la arquitectura de sanciones.
¿Puede entonces México mediar entre Cuba y Estados Unidos?
México tiene credenciales singulares: relaciones diplomáticas ininterrumpidas con Cuba desde 1959 y, al mismo tiempo, una interdependencia profunda con Washington. Esa doble interlocución lo convierte en puente potencial. Pero la mediación exige voluntad real de ambas partes y capacidad de ofrecer incentivos concretos. Hoy, el conflicto está atravesado por política interna estadounidense y por la crisis económica y política cubana. Ninguno de esos factores depende de México.
Como advierte Chantal Mouffe, la política no elimina el conflicto: lo organiza. El objetivo democrático no es borrar el antagonismo, sino transformarlo. Pretender una reconciliación total entre Cuba y Estados Unidos ignora que el desacuerdo no es coyuntural, sino estructural. México puede facilitar el diálogo, pero no puede suprimir los antagonismos que definen la identidad política de las partes.
En un hemisferio fragmentado, ser puente no es menor: es una forma discreta y estratégica de ejercer poder.
¿Un nuevo Mariel?
Por: Jesús Isaac Flores Castillo. Miembro del Servicio Exterior Mexicano y candidato a doctor en Seguridad Internacional por la Universidad Anáhuac. Las opiniones expresadas son a título personal.
La población que reside hoy en Cuba podría rondar los 8.6 millones de personas. Hace apenas unos años superaba los once millones. Si las estimaciones son correctas, la isla habría perdido cerca de una quinta parte de sus habitantes en un periodo muy corto, sobre todo por emigración. Caídas de ese tamaño suelen verse en guerras o en crisis profundas. En este caso, el trasfondo es el deterioro económico, la escasez crónica y una crisis energética que ha paralizado transporte, industria y servicios básicos.
La magnitud del éxodo invita a compararlo con el Mariel de 1980. Sin embargo, el contexto es distinto. Entonces hubo una apertura explícita del puerto y una salida masiva concentrada en pocos meses. Hoy no existe un puente marítimo ni condiciones políticas para reproducirlo.
La migración actual ocurre por múltiples rutas. Muchos salen en avión hacia terceros países y después continúan por tierra hasta Estados Unidos, donde sigue vigente la Ley de Ajuste Cubano, que permite solicitar residencia tras un año de estancia regular, incluso después del fin de la política de “pies secos, pies mojados”. Existen también programas de permiso humanitario que han creado incentivos perversos y redes informales.
La crisis es severa, pero no necesariamente anuncia un cambio político inmediato. A diferencia de otros momentos históricos, la emigración actual no opera de manera clara como válvula de escape. Muchos de quienes se marchan son jóvenes en edad productiva, mientras que quienes permanecen enfrentan un entorno más envejecido y con menos margen económico. El resultado no es necesariamente menor presión política, sino un país más frágil y con menos capacidad de recuperación.
El impacto rebasa la isla. En Estados Unidos, la comunidad cubanoamericana conserva una influencia considerable, especialmente en Florida, un estado con peso determinante en elecciones presidenciales. Las decisiones sobre Cuba no sólo responden a consideraciones diplomáticas, sino también al cálculo político interno.
En 2026, Cuba no es la imagen dramática de barcos saliendo en masa. Es una salida silenciosa pero incontenible que está erosionando generaciones y trasladando parte del futuro cubano a otras costas, donde también se decide su destino político.
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El exilio cubano: entre la intervención y la libertad
Por: Nicole Bratt Bessudo. Internacionalista.
Donald Trump ha sentenciado a Cuba como una “nación fallida” con los días contados. Sin embargo, ante la retórica del colapso y especulaciones sobre las posibles negociaciones con La Habana, surge una pregunta de suma importancia: ¿Dónde queda hoy el exilio cubano en esta ecuación?
Para 2024, más de dos millones de cubanos se posicionaron como el tercer grupo latino más numeroso en EE. UU. Y mientras que Washington D.C. baraja las cartas sobre acuerdos migratorios, los ciudadanos en el exilio han dejado de ser espectadores para vocalizar sus exigencias.
La clave aquí es Venezuela. En febrero de 2025, ante la presión estadounidense, el régimen Madurista comenzó a aceptar vuelos de deportación masiva; menos de un año después, en enero de 2026, militares estadounidenses irrumpieron en su residencia a las dos de la mañana para trasladarlo a una prisión en Nueva York.
Hoy, las voces en Miami piden exactamente lo mismo para Cuba.
En las calles de la Pequeña Habana ya no se habla solo de embargos, sino de una intervención directa. No obstante, el papel de este exilio es una moneda con dos caras. Por un lado, controlan los canales de información que perforan la censura y son el pulmón financiero de la isla a través de las remesas, con la capacidad de asfixiar o dar oxígeno a la economía cubana a voluntad.
Pero por el otro, se enfrentan al miedo.
Mientras los líderes toman el podio, miles en Miami callan. Saben que sus palabras en libertad pueden traducirse en represalias contra sus seres queridos en la isla. Además, ante la amenaza de deportaciones masivas, temen el regreso forzado a un país donde la luz y el alimento se han vuelto lujos.
Así, el exilio se encuentra en una encrucijada. Tienen el potencial de aliarse con el gobierno para apoyar una política de mano dura, e incluso una intervención militar, con la esperanza de reconstruir una Cuba próspera y libre. Pero al mirar hacia el estrecho de la Florida, no pueden dejar de preguntarse: ¿a qué costo?
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Qué tipo de transición puede haber en Cuba? ¿Transición al estilo Venezuela?
Por: Yussef Nuñez. Analista de riesgos políticos y geopolítica. Asociado Comexi.
Cuba no es Venezuela: es el próximo tablero estratégico del Caribe. Después de que Nicolás Maduro fuera removido del poder en Caracas, La Habana ha quedado en la línea inmediata de visión de Washington como posible siguiente prueba de diplomacia coercitiva hemisférica. La pregunta no es si la presión continuará, sino si el objetivo será modificar conductas del régimen o impulsar un cambio sistémico. Cuba tiene un peso histórico e ideológico mayor que Venezuela para la política estadounidense, lo que eleva la probabilidad de metas más ambiciosas. En este contexto pueden delinearse tres escenarios. Primero, una transición negociada desde arriba, con presión calibrada, mediación externa y liberalización gradual a cambio de alivio sancionatorio. Segundo, un deterioro controlado derivado del agotamiento estructural —energía, divisas, migración— que genere mayor volatilidad y riesgos institucionales. Tercero, un endurecimiento autoritario, con cohesión reforzada del aparato de seguridad y mayor represión para contener el descontento.
La vulnerabilidad más inmediata del régimen es energética. La dependencia de petróleo externo convierte cualquier restricción en apagones, parálisis del transporte y presión social acumulativa. Además, el costo para terceros países de facilitar envíos o pagos amplía el alcance de la coerción y profundiza el aislamiento. Geopolíticamente, Cuba ha sido securitizada dentro de la estrategia estadounidense: un gobierno alineado con Rusia o China a 150 kilómetros de Florida se percibe como riesgo estructural, no solo ideológico. En un contexto de competencia entre potencias, la isla adquiere valor como nodo logístico y de inteligencia en el Caribe. Por ello, la transición difícilmente replicaría el modelo venezolano. El desenlace dependerá del equilibrio entre presión externa, capacidad represiva interna y viabilidad económica mínima del Estado cubano.
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Cuba no está sola
Por: Eduardo Tzili Apango. Profesor-investigador del área de Política Internacional de la UAM-Xochimilco
Ante las presiones de Estados Unidos, Cuba no está sola porque cuenta con ciertos márgenes de cooperación que se fundamentan en apoyos estructurales capaces de sostener servicios básicos y capacidad productiva. En el último año, la señal más clara es el papel de China como socio material: ha pasado a ser el principal benefactor externo de la isla al impulsar un paquete de infraestructura, con el eje en energía, transporte, puertos y telecomunicaciones..
En febrero de 2025 el gobierno cubano inauguró el primero de un plan de 92 parques solares respaldado por China. Cabe señalar que 55 de esos parques estaban previstos para 2025 con una meta cercana a mil 200 megawatts, mientras el resto se programó hacia 2028. Esa arquitectura no es simbólica. En febrero de 2026, con financiamiento y donaciones de equipo chino, Cuba había instalado ya más de mil megawatts de generación solar, precisamente mientras Washington endurecía el cerco energético.
En lo comercial, los tableros internacionales colocan a China entre los socios relevantes de Cuba. En WITS del Banco Mundial, China figura con 11.45% del total reportado en ese corte de datos. Cuba además se incorporó a la Franja y la Ruta en 2018, marco de cooperación de largo plazo que hoy se traduce en proyectos concretos.
En este contexto, la cooperación con China adquiere un significado estratégico que trasciende la retórica diplomática, pues se cimenta en la inversión en capacidad instalada que reduce la vulnerabilidad energética y amplía márgenes de maniobra. Cuba enfrenta presiones severas, pero no lo hace en aislamiento. La pregunta sería hasta qué punto esa cooperación estructural podrá traducirse en resiliencia económica sostenida frente al endurecimiento del cerco estadounidense.
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