La ha vuelto a recordar al mundo una verdad fundamental: la energía sigue siendo el núcleo de la . En las últimas semanas, los mercados del gas natural y del gas natural licuado (GNL) han reaccionado con fuerza ante el riesgo geopolítico, lo que ha provocado un aumento de los precios en toda Europa y Asia, y ha modificado los flujos comerciales en tiempo real.

En Europa, los precios de referencia del gas natural en el centro de comercio TTF de los han subido notablemente, impulsados por los temores a interrupciones en el suministro y por la intensificación de la competencia por los cargamentos de GNL. En Asia, los precios al contado del GNL (medidos por el índice Japan-Korea Marker) han seguido una trayectoria similar, volviendo a subir hasta niveles que no se veían desde el punto álgido de la volatilidad tras la guerra de Ucrania. La lógica subyacente es sencilla: en un mercado mundial del gas cada vez más interconectado, cualquier amenaza a los flujos a través del estrecho de Ormuz se traduce inmediatamente en una prima de riesgo más elevada en todo el mundo.

México, sin embargo, ha vivido una realidad muy diferente. Gracias a la extraordinaria expansión de la producción de gas natural en Estados Unidos —en particular, la procedente de las formaciones de esquisto de la cuenca del Pérmico— y a una red de gasoductos profundamente integrada, México ha disfrutado de un acceso a gas abundante y relativamente barato. En la actualidad, más de 70% del consumo de gas natural del país se cubre mediante importaciones procedentes de Estados Unidos. Esto ha contribuido a mantener unos precios competitivos de la electricidad, a impulsar el crecimiento industrial y a contener las presiones inflacionistas.

Lee también

Pero esta aparente estabilidad no debe confundirse con seguridad energética. Se trata, de hecho, de una forma de dependencia estructural, que podría convertirse rápidamente en un lastre en condiciones adversas.

Imaginemos un escenario en el que se interrumpa la producción o el transporte de gas estadounidense. Fenómenos meteorológicos extremos, como la ola de frío de Texas de 2021, ya han demostrado lo rápido que puede colapsar el suministro. Un aumento de la demanda interna, impulsado por olas de calor, la expansión industrial o el rápido crecimiento de los centros de datos, que consumen mucha energía, podría tensar el mercado estadounidense y reducir la disponibilidad de exportaciones. En un entorno con mayor tensión política, las restricciones a la exportación podrían incluso surgir como una herramienta de gestión energética interna.

En cualquiera de estos escenarios, México se enfrentaría a un impacto inmediato: precios más altos, menor oferta y una presión creciente sobre su sistema eléctrico y su base industrial. Lo que hoy parece una ventaja podría transformarse rápidamente en una vulnerabilidad estratégica.

Lee también

Lo que hace que esta situación resulte especialmente llamativa es que la dependencia de México del gas importado coexiste con vastos recursos nacionales infrautilizados. Por un lado, México produce volúmenes significativos de gas asociado en sus yacimientos petrolíferos, especialmente en el sureste. Sin embargo, una parte sustancial de este gas se pierde a través de la quema y la ventilación. En los últimos años, México se ha situado entre los principales países del mundo en cuanto a quema de gas, desperdiciando miles de millones de pies cúbicos al año, gas que, de otro modo, podría capturarse, procesarse y utilizarse para generar electricidad o abastecer a la industria.

Por otro lado, el país cuenta con considerables reservas de gas no convencional, especialmente en la cuenca de Burgos y otras formaciones de esquisto que comparten similitudes geológicas con yacimientos estadounidenses de alta productividad. Estos recursos permanecen en gran medida sin explotar, limitados por restricciones normativas, la falta de inversión y una estrategia energética que ha priorizado el control estatal sobre la participación privada.

El resultado es una contradicción estratégica: México importa gas barato mientras deja sin explotar sus propios recursos, o incluso los quema.

Corregir este desequilibrio no requiere abandonar el papel del Estado, sino más bien redefinirlo. Pemex, por sí sola, carece de la capacidad financiera y tecnológica necesaria para desarrollar plenamente el sector del gas en México. El camino a seguir pasa por crear mecanismos de colaboración con el sector privado, atraer inversiones, implementar tecnologías avanzadas y acelerar la producción.

Lee también

Afortunadamente, la presidenta Claudia Sheinbaum ha declarado recientemente que México debe impulsar su producción de gas natural. Esto podría materializarse en forma de contratos de servicios, empresas conjuntas o modelos híbridos que mantengan la supervisión estatal al tiempo que permiten la participación privada. El objetivo no debe ser ideológico, sino pragmático: maximizar el valor de los recursos nacionales para fortalecer la seguridad energética. Pero el papel del sector privado es de vital importancia.

Al mismo tiempo, México debe invertir en infraestructura para capturar, procesar y transportar el gas que actualmente desperdicia. Reducir la quema de gas no sólo mejoraría la eficiencia económica, sino que también reportaría beneficios medioambientales al reducir las emisiones de metano y carbono. Una vez más, la empresa privada puede desempeñar un papel crucial.

La situación mundial actual ofrece una clara advertencia: la seguridad energética no se basa únicamente en el acceso a proveedores externos fiables, sino en la capacidad interna para producir, gestionar y salvaguardar los recursos nacionales. México tiene el gas. Tiene la demanda. Y tiene la oportunidad.

Lee también

*Director ejecutivo de Hurst International Consulting y Fellow en el Wilson Center

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.