San José

Para reducir la saturación carcelaria y aminorar el riesgo de contagio de coronavirus en los penales, una alternativa por la que han optado los gobiernos latinoamericanos es liberar a reos.

Sin embargo, con la población penitenciaria relegada al último boleto en la lucha por reinsertarse a la socioeconomía en América Latina y el Caribe, el temor es que se ahonden los fenómenos regionales de indigencia callejera y de inseguridad, y violencia criminal.

Los presidiarios liberados enfrentan una nueva realidad derivada de la pandemia de Covid-19: la perenne desigualdad social, del desempleo por el cierre forzoso de fuentes laborales y de la exclusión. Una vez fuera de prisión, el temor es que fracasen en su reintegración paulatina y plena a la sociedad, caigan en el desamparo y terminen reincidiendo y volviendo a prisión.

Diversas instancias mundiales sugirieron en abril pasado que, ante la emergencia sanitaria por la propagación del virus en las cárceles, los países podrían evaluar alternativas a la reclusión y liberar a categorías específicas de encarcelados de ambos sexos que tampoco amenazan la seguridad. Países como Perú, Ecuador, Colombia y Argentina han anunciado la liberación de cientos de presos, en medio de violentos motines por el hacinamiento y el temor al contagio.

“Pueden volver a delinquir, [pero] lo cierto es que en el interior [de los presidios] está en peligro su vida y un Estado no puede llamarse Estado de derecho si no vela por la vida y la dignidad” de hombres y mujeres que viven en esos sitios, alegó la peruana Gloria Cano, secretaria general de la (no estatal) Federación Internacional por los Derechos Humanos (FIDH), de París.

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“Las prisiones de América Latina están superpobladas. Son una bomba de tiempo. Por el tremendo hacinamiento peligra la salud de los internos. Se requieren con urgencia medidas sanitarias y liberar espacios. No puede haber distanciamiento si una celda para dos la comparten seis”, alertó Cano.

“Una persona privada de libertad pierde su libertad, pero no la dignidad y el Estado es garante de ello. Se le exige [al Estado] sanidad y medidas posibles para el aislamiento o, por lo menos, para el distanciamiento que evite el contagio”, dijo.

La ministra de Justicia y Paz de Costa Rica, Fiorella Salazar, aclaró a EL UNIVERSAL que un requisito para liberar presos en forma temporal y prevenir su infección “es valorar que tengan afuera un ambiente viable” para trabajar, pernoctar, alimentarse y educarse.

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La enfermedad que brotó en China a finales de 2019 sacudió a los gobiernos latinoamericanos por temor a una transmisión masiva en sus reclusorios y exihibió un explosivo panorama preexistente en la mayoría de las prisiones por aglomeración.

Entre las alternativas están conceder libertad condicional o anticipada a delincuentes primarios, sin peligrosidad y próximos a cumplir condena, y sustituir detención provisional por la domiciliaria.

La meta es favorecer a individuos de alta exposición por padecimientos crónicos, adultos mayores, embarazadas y jefas de hogar.

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América Latina y el Caribe tienen aproximadamente un millón 600 mil reos, según World Prison Brief, informe del (no estatal) Instituto para la Investigación de Políticas de Crimen y Justicia, de Londres, con datos a septiembre de 2018 y a octubre de 2019.

El conflicto sanitario repercutió en marzo y abril con motines y otras protestas en Venezuela, Colombia, Brasil y Perú: hay centenares de presos contagiados y contagiando.

La vía de liberar a algunos para impedir que se enfermen choca con la realidad de que, ya antes de la pandemia, la zona carecía de condiciones socioeconómicas adecuadas para asimilarlos y reacomodarlos y todo se agravó con el primer caso en Brasil en febrero.

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“No hay control efectivo a las medidas alternas al arresto preventivo”, afirmó el guatemalteco Elvyn Díaz, del (no estatal) Instituto de Estudios Comparados de Ciencias Penales, de Guatemala. A juicio de la hondureña Migdonia Ayestas, directora del Observatorio de la Violencia de la (estatal) Universidad Nacional Autónoma de Honduras, descongestionar las instalaciones permite precaver la contaminación, aunque coloca a los reclusos “en un dilema: no se les ha dotado de habilidades y destrezas para entrar al mundo laboral.

“Les toca difícil y la alta probabilidad de fracaso los lleva a reincidir y volver al ciclo de prisión. Cargan estigma y discriminación. Un empresario no les dará trabajo formal o informal”, lamentó Ayestas: “Se les trata como parias”.

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