La vida rota: historias de feminicidio en América Latina

Campira, Lili y Lucía vivieron la violencia de género que impera en la zona, un fenómeno sobre el que hace falta legislación y acciones de los Estados: Cepal

La vida rota. Historias de feminicidio en AL
Ilustración: DANTE DE LA VEGA. EL UNIVERSAL
Mundo 08/03/2020 02:53 Carolina Romero Actualizada 07:02
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Campira, Lili y Lucía nacieron y crecieron a miles de kilómetros de distancia —en México, Colombia y Argentina, respectivamente—, y a pesar de que pareciera que no tienen nada en común más allá de ser mujeres latinoamericanas, ese hecho hace que compartan una misma realidad de violencia que culmina con los miles de feminicidios registrados cada año en la región.

Las páginas y portales de los diarios de esos tres países se tiñeron de rojo cuando sus historias salieron a la luz.

Entonces se supo que en 2016, Campira fue asesinada por su novio, quien acomodó la escena del crimen para hacerla pasar como un suicidio; que en 2018, Lili fue víctima de un intento de feminicidio cuando su expareja la apuñaló en el cuello con una botella de cerveza mientras le repetía: “Si no eres mía, no vas a ser de nadie”, o que en ese mismo año, Lucía fue drogada y abusada sexualmente por varios hombres, quienes abandonaron su cuerpo sin vida en la puerta de un hospital.

Los casos ocurrieron en tres países de Latinoamérica que han legislado para combatir la violencia de género.

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Actualmente, de los países que conforman la región, sólo 13 cuentan con normas jurídicas integrales de atención a ese fenómeno: México, Guatemala, Nicaragua, Venezuela, Panamá, Paraguay, Uruguay, Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, así como El Salvador. A pesar de la legislación, todos están entre las 20 naciones con más feminicidios en la zona.

En 2018, más de 3 mil 800 mujeres fueron asesinadas de manera violenta en la región, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

El Salvador ocupa el primer lugar, con 6.8 asesinatos por cada 100 mil mujeres, seguido de Honduras, con 5.1; Santa Lucía, 4.4; Trinidad y Tobago, 3.4, y Bolivia, 2.3.

A la fecha, sólo 18 naciones han tipificado el delito de feminicidio.

En México, desde 2007 se encuentra en vigor la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, no obstante, el país se ubica en el octavo sitio del listado de las 20 naciones latinoamericanas más peligrosas para ser mujer.

De acuerdo con información de la Cepal, la tasa de asesinatos es de 1.4 por cada 100 mil mujeres.

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Durante 2018, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) reportó 898 homicidios a mujeres en el país; el año pasado, la cifra aumentó a 976, y durante enero de 2020 sumaron 320.

La Cepal ha identificado como parte de la problemática que algunas naciones no consideran como feminicidios a la totalidad de las muertes de mujeres perpetradas por parejas o exparejas, aun cuando han existido denuncias previas de violencia doméstica.

Además, solamente una minoría de países de la región registra como feminicidios a las muertes por razones de género de las mujeres transexuales, transgénero o trabajadores sexuales.

“El prejuicio y el estigma siguen impidiendo que ciertos grupos de mujeres sean tratadas de manera igualitaria por los mecanismos de impartición de justicia”, considera el organismo.

Sin embargo, el tema “no es únicamente legislativo, de los sistemas judicial y penal ni tampoco es aislado, sino que es parte de las formas de control a la mujer”, afirmó Alejandra Valdés, coordinadora del Observatorio de Igualdad de Género de la Cepal, en entrevista con EL UNIVERSAL.

Consideró que hay impunidad en los casos en la medida en la que los países no los atienden ni tampoco legislan de manera integral al respecto, pero resaltó que la violencia extrema y los homicidios dolosos a mujeres son fenómenos que han ocurrido históricamente en América Latina.

“Lo que es nuevo es el concepto y la tipificación de los delitos como feminicidios”, aseguró, y mencionó que las acciones para combatirlos empiezan por buscar un cambio en las estructuras mentales de la sociedad, en las que se cosifica a la mujer, así como en los patrones culturales violentos de los hombres, pero también en las mujeres y en su percepción del lugar que ocupan en la ciudadanía.

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“Esto es una muestra de que los Estados están fallando en una estructura que empieza en la escuela, donde todos hemos aprendido que las mujeres son débiles y que se les puede dominar; sigue en el sistema de salud y pasa después a que las autoridades no garantizan el derecho a la seguridad y, luego, tampoco el de la justicia”.

Ante el terreno que ha ganado la voz del movimiento feminista en América Latina, cuya principal ventana son las redes sociales, dijo que esa presencia mediática de las mujeres en la opinión pública abre la posibilidad a que sus demandas logren incidir en modificaciones a la ley.

“Poner sobre la mesa los problemas que viven las mujeres en la región hace que los Estados avancen para enfrentar la violencia. Estamos ante un movimiento que enfrenta a la cultura de privilegio masculino en muchos países y que ha logrado que el mundo voltee a ver la situación de América Latina. Aunque aún queda mucho camino por andar”, sentenció.

Campira: rostro visible en las marchas

“Mamá, no te dejes llevar por las apariencias”, le dijo Campira Camorlinga a Margarita Alanís cuando le presentó a su novio, Jorge Martínez Joy.

Si alguien le hubiera dicho a la señora que aquel joven amable, cariñoso y tan querido por sus nietos iba a ser quien le arrebatara la vida a su hija, jamás lo hubiera creído.

“Pero sí fue él”, contó Margarita a EL UNIVERSAL entre un sollozo que deja escapar el dolor que ha contenido desde hace cuatro años, cuando —el 31 de diciembre de 2016— Campira fue asesinada y su cuerpo fue hallado en su departamento en la Ciudad de México con múltiples golpes, las venas cortadas y las llaves del gas abiertas, emulando una escena de suicidio. En un inicio, el caso fue investigado por las autoridades como tal.

“A mí me interrogaron de una forma engañosa, querían que confirmara que mi hija se había quitado la vida.

“Yo no sabía lo que era un feminicidio, pero cuando me enseñaron las fotos de cómo encontraron a mi hija y me explicaron lo que es ese delito, supe que eso le había ocurrido a Campira, porque mi niña estaba llena de golpes, desnuda, y Joy le cortó el cabello y se lo llevó, como si fuera un trofeo”, mencionó Margarita.

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Campira nunca le contó a su mamá que su pareja hubiera sido violenta con ella, por el contrario, Margarita sólo supo de demostraciones de amor.

Joy fue apresado y actualmente libra una condena por feminicidio. Posteriormente, se le atribuyó el asesinato de otra mujer con la que también mantuvo una relación y de intentarlo con una tercera víctima. Por ello, se le conoció como El matanovias.

“Yo vivo en Acapulco y me quedé a cargo de mis dos nietos, pero en cada marcha contra los feminicidios que veo que realizan, las muchachas se llevan la foto de Campira. La recuerdan, le ponen una vela y no la conocieron. Le dan rostro a mi hija en un país en el que las mujeres víctimas de feminicidios se vuelven sólo números”.

La voz de una sobreviviente

“Usted es mía y yo hago lo que yo quiera”, le decía Edison Linares a Lili Hortua cada vez que se libraba de una nueva denuncia por golpearla y hasta amenazarla de muerte.

“Él se reía de mí y me decía: ‘Ya ve, no me hicieron nada, nunca me van a poder hacer nada. La fiscalía y la comisaría siempre están de parte de nosotros [los hombres] y yo a usted le puedo hacer lo que yo quiera’”, cuenta la joven colombiana.

Pese al miedo que le tenía, Lili se separó de Edison. Tras un año de no haberse visto ni hablado, viajó a visitar a sus padres al pueblo de Sutamarchán, en el departamento de Boyacá, donde también vivía la familia de su expareja. Ahí se lo encontró.

“Yo amo a las niñas, la amo a usted. Vuelva conmigo”, le rogó hincado y con el rostro bañado en lágrimas, pero Lili le dijo que no quería una vida llena de violencia para su familia. Edison se levantó, se secó la cara y se fue corriendo.

“Yo me quedé esperando un taxi para que me llevara a casa de mis papás, que no sabían que iba a visitarlos. Estaba en una fuente en un parque, cuando me empujaron. Era él. Estaba tomado y llevaba una botella de cerveza en la mano, la reventó en el borde de la fuente y comenzó a apuñalarme el cuello”, contó Lili.

Le hizo tres cortadas y luego la sometió en el piso. Lili le imploraba que pensara en las niñas y que no le hiciera daño por ellas, pero Edison le contestó: “Si usted no es mía, no va a ser para nadie”, y le atravesó la vena yugular.

“Me dejó ahí tirada y se fue gritando que me había matado. Estaba feliz de lo que había hecho”, narró.

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Un turista llamó a la policía y a la ambulancia. Ocho días después, Lili se despertó en el hospital.

Las hijas de la joven motivaron su recuperación: “No me deprimí ni me puse a pensar en las cosas malas, sino en la oportunidad de vida que Dios me dio. La experiencia fue muy dura porque tú nunca te imaginas que una persona con la que conviviste, a la que le entregaste lo mejor de tu vida, haya sido capaz de hacerte eso”.

Edison se encuentra preso por el delito de tentativa de feminicidio; sin embargo, Lili aseguró que tuvo que llegar a ese extremo para que, después de múltiples denuncias, las autoridades la voltearan a ver.

Lucía Pérez, un caso de impunidad

En 2016, el caso de Lucía Pérez sacudió a Mar del Plata, Argentina.

La joven de 16 años fue drogada, violada en varias ocasiones y asesinada por un grupo de hombres que lavaron su cuerpo para ocultar el crimen, la vistieron y abandonaron en la puerta de un hospital para hacer pasarlo como una sobredosis.

Así se investigó el caso e imperó la impunidad, pues en 2018 un tribunal absolvió a los acusados de los delitos de feminicidio y abuso sexual.

El caso revolucionó al movimiento de mujeres en el país sudamericano y abrió la puerta a replantear la forma en que están tipificados los feminicidios y cómo deben investigarse.

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