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París.— Una exposición en el ayuntamiento de París reúne 300 imágenes del Mayo del 68 tomadas por Gilles Caron (1939-1970), fotoperiodista romántico por excelencia y símbolo de la revolución cultural que hace 50 años llevó a miles de jóvenes a las calles de Francia.
Caron participó como paracaidista en la guerra de Argelia en 1959. La brutalidad de la experiencia lo impulsó a documentar como fotógrafo el sufrimiento de las víctimas en el conflicto de Vietnam y en la Guerra de los Seis Días.
En 1968 volcó su mirada sobre su país. En Francia los estudiantes empezaban a denunciar un Estado demasiado rígido y se ganaron las simpatías de los obreros para lanzar una huelga de tres semanas que casi tira del poder al general Charles de Gaulle. Michel Poivert, comisario de la exposición, explica a EL UNIVERSAL: “Caron tenía una sensibilidad política más bien de izquierdas, pero, como explicó él mismo, sentía una gran admiración por el valor de los manifestantes del país”.
La muestra, que organiza la Fundación Gilles Caron y se puede visitar hasta el 28 de julio, presta gran atención a la evolución estética del reportero. Sus incursiones como fotógrafo de moda (retratando a estrellas como Brigitte Bardot o Serge Gainsbourg) y sus relaciones con los directores de cine de la Nouvelle Vague influyeron en el lenguaje de las instantáneas que tomó en el Barrio Latino de París, muy estetizadas y con un tratamiento casi teatral.
Su trabajo en las revueltas parisinas es un relato del aumento de la tensión en las calles. Inicia con las protestas contra la guerra de Vietnam, en febrero, y pasa al nacimiento del movimiento estudiantil en la universidad de Nanterre, en marzo, cuando los jóvenes le pidieron al ministro de Educación el libre acceso a las residencias femeninas. La detención de varios jóvenes hizo estallar las protestas y Caron pasó a retratar los disturbios.
En mitad de la tensión callejera, Caron cubre el viaje de De Gaulle a Rumania, cuando el presidente aún pensaba que los estudiantes díscolos se plegarían a las razones de Estado. El fotógrafo capta secuencias del rostro torturado del general mientras le llegan las noticias de las grandes manifestaciones en Francia, demostrando que se había equivocado.
A su vuelta, recoge los choques entre policías y manifestantes en el Barrio Latino. Son imágenes en blanco y negro cargadas de acción: las siluetas estilizadas de los estudiantes lanzando piedras, agentes con máscaras de gas, y el amanecer de las calles tras la batalla, cubiertas de barricadas de cajas de fruta y coches volcados.
Francisco Aynard, portavoz de la Fundación Gilles Caron, explica que, a pesar de su militancia, Caron se acercó con objetividad periodística a los sucesos: “Estamos frente a un testimonio, puesto que sigue por igual las manifestaciones del [sindicato comunista] CGT y las de apoyo a De Gaulle”.
Además del Mayo francés, la exposición tiene un breve recuerdo para los pasos que dio Caron ese mismo año: Biafra, Guinea Bissau y, por supuesto, México, con una selección de las fotos tomadas en las protestas estudiantiles de septiembre, en los primeros compases del movimiento que terminaría en la masacre de Tlatelolco.
A Caron comenzó a perseguirle la sensación de no ser más que un mediador inútil en las tragedias. Sus huellas se pierden en una carretera de Camboya, donde desapareció en 1970, presumiblemente víctima de los Jemeres Rojos de Pol Pot.
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