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La negativa del presidente estadounidense Donald Trump a condenar el ataque de extrema derecha en Charlottesville, Virginia, ha causado asombro y malestar en Europa.
En un continente donde el horror nazi dejó una profunda herida, la marcha supremacista del sábado, en la que el xenófobo James Alex Fields Jr. mató con un coche a una contramanifestante e hirió a otros 19, fue considerada una aberración incluso por los líderes de los partidos de extrema derecha.
Por eso, la tibieza de la respuesta de Trump, que condenó “a ambas partes” (supremacistas y contramanifestantes “de izquierda alternativa”), ha motivado reacciones de los líderes políticos y medios de comunicación. En Alemania cualquier símbolo nazi, incluso un saludo, es perseguido por la ley y la pasividad ante manifestantes de Charlottesville con esvásticas ha sido especialmente chocante.
La canciller alemana, Angela Merkel, definió las imágenes como “repulsivas” y pidió que este tipo de episodios sean condenados en todo el mundo. “Es racismo, violencia de extrema derecha, y deben ser tomadas acciones contundentes contra ello, sin importar en qué lugar suceda”, dijo Merkel en una declaración televisada. Pese a ello, evitó criticar a Estados Unidos, recordando que su país también sufre brotes de intolerancia.
La primera ministra británica, Theresa May, fue especialmente dura ayer con la indefinición de Trump. “No veo equivalencia entre esos con profundas ideas fascistas y los que se oponen a ellas. Creo que es importante que todos los que estén en un puesto de responsabilidad condenen las posiciones de extrema derecha”. La declaración es significativa, puesto que May ha sido acusada a menudo de ser demasiado tibia con Trump con la esperanza de lograr un buen acuerdo comercial con EU después de que Reino Unido deje la Unión Europea, en 2019.
Otros miembros del gobierno de May han criticado también a Trump, como el ministro de Prisiones, Sam Gyimah, que declaró: “El líder del ‘mundo libre’ pierde autoridad moral cuando no logra llamar al fascismo por su nombre”. El laborista Jeremy Corbyn pidió, incluso, que May retire a Trump la invitación para hacer una visita oficial a Reino Unido.
En Francia, el diario Libération lució en su portada una gran foto de los manifestantes de Charlottesville con antorchas y el titular “La Casa Blanca”, en referencia a la condescendencia de la administración Trump con los supremacistas blancos.
El diario alemán Die Welt recurrió al sarcasmo al explicar que, al condenar a “las dos partes”, Trump “también quiso incluir así a los neonazis”. En Reino Unido, The Guardian destacó que “Trump evita condenar a los supremacistas”. The Independent planteó que es difícil determinar quién es más digno de condena, “alguien que realmente admira a Hitler o quien cínicamente corteja a esa persona para lograr un beneficio electoral”.
Ni los partidos de extrema derecha europeos han sido tan comprensivos con los neonazis como Trump. A pesar de que simpatizantes de formaciones racistas hayan apoyado en redes sociales a los supremacistas, los líderes de las formaciones han sido más cuidadosos. Nigel Farage, ex líder del partido antinmigración británico UKIP y amigo de Trump, condenó en Twitter: “No puedo creer estar viendo saludos nazis en América en el siglo XXI”.
Florian Philippot, vicepresidente del Frente Nacional de la francesa Marine Le Pen, aseguró: “Hay que ser muy claro: estos supremacistas blancos, estos racistas, merecen una condena”.
Alternative für Deutschland, el partido xenófobo alemán, cercano al discurso de “America primero”, también quiso marcar distancias con el imaginario nazi. Georg Pazderski, uno de sus líderes, llamó a James Alex Fields Jr. “enfermo mental”.
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