Antonina Vázquez Amador celebrará el Día de las Madres con la esperanza de ganar al menos 40 pesos por la venta de chácharas; su sustento diario.
Esta señora indígena de 60 años todos los días instala un pequeño puesto en el piso sobre la carretera que conecta Toluca con Temoaya, donde acompañada por su esposo, espera a que pase algún interesado que pague cinco o 10 pesos por juguetes, televisiones o taladros inservibles que ellos ponen a la venta.

La otomí es madre de siete hijos, el más pequeño tiene 10 años y aunque antes se dedicaba a la venta de manteles tejidos para complementar el dinero que ganaba su esposo, chofer de una camioneta que vendía por todo el país productos de cambaceo, la inseguridad la llevó a decidir que juntos se dedicaran a la pepena.
“Es que mi marido estaba arriesgando su vida. Se iba lejos, hasta Cancún llegó un día. Pero lo asaltaban, le pegaron, lo amenazaron con la pistola y mejor decidimos que ya no saliera. Aquí pusimos el negocito que a veces da, otras no tanto”, dijo.
En el punto donde establece su puesto sólo hay pasto seco, ni siquiera hay árboles que la cubran del sol que en los últimos días, en Toluca alcanza hasta los 24 grados. Pero ella se dijo acostumbrada a la espera, porque antes, cuando vendía sus tejidos, pasaban días y a veces una semana sin que llegara un cliente que aceptara el precio de su trabajo, aunque era barato casi todos regateaban.
Antonina y su familia son originarios de Los Trojes, en Temoaya, donde hace un par de años vendía agua de coco, pero se rompió su vitrolera y no tuvo dinero para reponerla.
Todos sus hijos, menos el menor “hicieron su vida”, pero le piden ayuda para que se haga cargo de los nietos algunas mañanas. Así que desde el miércoles recibió a dos nietos pequeñitos, les dio el desayuno, peinó a la bebé con unas coletas y salió a trabajar. “Me hace feliz que me pidan ayuda, porque pienso que todavía me necesitan”, expresó.
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